“Como un mar, alrededor de la soleada isla de la
vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin.”

En la prisión provincial de Cádiz, permanecería desde el día 2 de febrero de 1940 hasta el día 12 de junio de 1.942.
Más de dos años en aquel cementerio
viviente. Fueron los peores años de la postguerra. La falta de alimentos que
sufría el pueblo español, se agudizaba más si cabe en aquella prisión.
España estaba, después de la guerra,
empezando a producir. Pero todo debía salir fuera de sus fronteras. Era el
débito que teníamos con los países llamados del Eje, por haber auxiliado a
Franco en su lucha contra la República. Alemania e Italia eran los países a
los que más se les debía.
Quien verdaderamente estaba pagando
aquellas deudas era el pueblo español. El pobre pueblo español, porque el
otro, el rico, no tenía carencias de ningún tipo
En la cárcel de Cádiz, el pan no existía.
Pero los responsables de la cárcel lo suplían perfectamente: por las mañanas,
una taza de caldo de carne Maggi. Unas pastillas que producían aquel
maravilloso reconstituyente. Cada pastilla valía 0,25 pesetas. Pesaba entre 10
y 15 gramos .
Con una pastilla se sacaban 10 raciones de caldo. Para el almuerzo, caldo de
zanahorias, muy bien condimentadas con agua y sal, que por aquellos lugares
nunca han escaseado. Si eras amigo del que repartía el rancho, te podían tocar
cuatro o cinco rodajas de zanahoria que, en muchas ocasiones, se asemejaban a
las morcillas, por lo negra que se encontraban, no por el sabor ni las
proteínas que contuviera. Por la noche, para la cena, vuelta a empezar: las sobras del desayuno y
del almuerzo eran repartidas como si de un nuevo plato se tratara.
El aceite era tan escaso que los platos,
una vez finalizada la comida, no tenían que lavarse, bastante agua ya habían soportado.
Para esta cárcel, con una población reclusa
de unos 1500 hombres, solo existía un ataúd. Todos los días se producían bajas
por el hambre. Cuando el "cupo" aumentaba, en ella introducían a dos
y hasta tres cadáveres, para que en el exterior de la cárcel nadie se alarmara
por tantos muertos.
A Paco, como a muchos de los allí
encerrados, su familia, con un sacrificio verdaderamente grande, le enviaba
cajones con comida. Casi nunca podía
disfrutar de esos alimentos. La mayoría de ellos llegaban abiertos,
habiéndoseles sustraído la gran mayoría de alimentos, y el resto, lo que a él
accedía, la mitad de las veces se encontraba en mal estado.
Gracias a los pocos alimentos que le
llegaban, Paco pudo sobrevivir a aquel infierno. Un año y medio duró aquella
situación.
A más de un compañero de prisión vio morir
por desnutrición y por las malas condiciones en las que tenían que vivir, si a
aquello se le podía llamar vivir. Más
valía estar muerto que en aquellas penosas condiciones.
El régimen franquista había encontrado el
mejor pelotón de ejecución que se podía imaginar: la cárcel de Cádiz.
La disciplina interna de esta cárcel
también ayudaba. Aunque los prisioneros no tenían que realizar trabajos o tarea
alguna, eran constantes los recuentos de presos. A cada rato, un oficial de
prisiones pasaba por las brigadas. Todos debían ponerse a pie firmes y
contestar con un “presente” ante la lectura de su nombre y apellidos por parte
de dicho oficial.
Muchos no podían ni ponerse en pie. Debían
de ser ayudados por sus compañeros, ante el temor de las represalias que
pudieran sufrir por no hacerlo. A otros, debido a su gran debilidad, ni tan
siquiera les salía la voz.
En esta cárcel, todos los elementos se
unían en contra de los presos. El hambre, la falta de ropas, los tratos
vejatorios, incluso el propio edificio se mostraba en contra de aquellos
hombres. Las humedades, la falta de luz, las enfermedades, el hacinamiento… Todo en contra de los internos.
En cuanto a las enfermedades, el tifus
exantemático fue la más popular de la posguerra. El piojo que transmite esta
enfermedad (el piojo verde), encontró en esta cárcel, y en muchas más, su
hábitat natural, haciendo mella rápidamente en cuerpos debilitados por el
hambre y la fatiga.
En 1941, se produjo una epidemia de este tifus que afectó a muchas cárceles españolas.
Detectada en Madrid en febrero, el movimiento y traslado de presos hizo que se
extendiera rápidamente a otras cárceles españolas.
La
tuberculosis fue otra de las enfermedades que afectaron directamente a los
presos. Hasta tal punto llegó la situación que la propia dirección de prisiones
se vio obligada a crear hospitales antituberculosos.
A finales del año 1941, sobre los meses de
noviembre y diciembre, se agudizó la falta de alimentos en esta cárcel. Muchos
fueron los que murieron en esas fechas a consecuencia de las enfermedades
propias contraídas por la escasez de alimentación y la baja calidad de la poca
que recibían.
Paco veía cómo su cuerpo tomaba formas
esqueléticas. Los dolores estomacales y en todo su cuerpo eran constantes,
además de las altas fiebres que, cada vez más a menudo, le daban. ¿Sería ese
lugar el último que viera? Moriría allí. Estaba convencido.
Había perdido toda esperanza de salir en
libertad. Habían perdido la guerra y eso le había condenado a una muerte más o
menos cercana. Había intentado sobrevivir, escapar de aquel horror que
significaban las cárceles y campos de concentración franquistas, pero la vida
no le daba ninguna oportunidad. Una y otra vez todos sus deseos, sus planes de
futuro, se veían interrumpidos.
Perdió toda esperanza. Ese sería el último
lugar que vería en este mundo. No volvería nunca más a pasear por el campo, por
las calles de su pueblo con los amigos. Y a la familia jamás la volvería a ver.
La desidia y la desesperación se adueñaron
de su mente. Solo quería morir cuanto antes, sin más sufrimientos.
Pasadas unas semanas, y gracias a varios
compañeros que constantemente le recordaban que, aunque habían perdido la
guerra, no debían perder la dignidad ni mucho menos la vida, Paco fue alejando
de su mente los fantasmas que los fascistas le enviaban constantemente.
Aquello hizo que las ansias de vivir, de
luchar contra todo lo adverso que le estaba deparando la vida, renacieran en su
interior y le dieran fuerzas para salir airoso de aquella prueba macabra que el
destino le había enviado. Aunque con bastantes kilos de menos, y con los pocos
alimentos que le llegaban, de los muchos que su familia le enviaba, pudo
sobrevivir a aquel "holocausto".
No se volvió a repetir aquella situación
caótica y exterminadora, aunque la alimentación continuara siendo escasa y
pobre, al menos la cantidad había aumentado. La cárcel había visto reducida su
capacidad en más de un tercio durante aquellos dos largos meses.
Lo que sí continuaron fueron los malos
tratos físicos y psíquicos, cosas que, ni en la época de más debilitamiento de los presos, con una gran
mayoría de ellos en cama, y muchos, muchísimos muertos, habían cesado.
Llegó el
día 12 de junio de 1942 cuando, por fin, Paco iba a salir de aquel
maldito lugar. Una vez recibida la noticia de su traslado, recogió todas sus
pertenencias (pocas, por supuesto) y emprendió el camino hacia un nuevo destino.
Por fin saldría vivo de aquel edificio de
enfermedades y muertes.
Lo que había realizado tantas veces, volvía
a suceder: los guardias civiles, las manos esposadas, el tren. Esta vez no viajaba con otros
presos. Solo él y sus guardianes.
Una vez más cambiaban el rumbo de su vida
sin que él supiera ni hacia dónde, ni el porqué.
-Y ahora, ¿qué había hecho? – se
preguntaba.
Recorrió andando las calles gaditanas,
desde la prisión hasta la estación de tren, franqueado por dos guardias civiles.
Ya en el tren, fuera de aquellos muros que
tanto le habían hecho sufrir, y donde a tantas gentes había visto morir, se
sintió más aliviado. Respiraba profundamente, queriendo impregnar sus pulmones con aquel olor a
campo que tanto había añorado. El respirar un aire puro, distinto al viciado de
la prisión, le dolía. Tenía que hacerlo de forma suave, sin poder aspirar todo
lo que él quería. No volvió la vista
hacia atrás. Solo dio un adiós lleno de una mezcla de odio y de pena. Odio, por
todo lo que para él había significado el tiempo de permanencia en aquel maldito
lugar. Pena, por aquellos hombres que allí quedaban y que, posiblemente, nunca
más los volvería a ver.
En aquel pequeño compartimento del tren,
reservado exclusivamente para él y sus acompañantes, Paco olvidó todos sus
sentimientos, por el momento, y se centró en lo que, tras aquellas ventanas, su
vista admiraba. Ríos, montes, valles. Su vida entera eran aquellas hermosas
vistas, las que hacía tiempo, no veía. Respiraba aquel aire que entraba por las
rendijas de las ventanas, llenándole los pulmones de vida. ¿Cómo había podido
aguantar tanto tiempo sin respirar aquel aire tan puro?- se preguntaba.
El olor a chorizos y morcillas le llevó de
nuevo a la realidad. Los acompañantes habían decidido que era la hora de comer,
y habían sacado de sus mochilas aquellos manjares tan exquisitos. La boca se le
hacía agua. Pero no eran para él. Aquellos guardias sabían del hambre que
llevaba, ya que habían realizado más de una vez aquel trayecto. Pero quedaron
mudos. Solo el ruido que forma el encuentro de los dientes con la comida rompía
aquel silencio.
Por fin, llegaron a su destino inicial,
Madrid. Desde la estación hasta la cárcel Modelo (actualmente es el Cuartel
General del Ejército del Aire), el recorrido lo hicieron andando. Había sido
una de las cárceles más modernas de toda España, y la más importante de Madrid,
pero los efectos de las bombas la habían medio destruido. Años más tarde, esta cárcel dejaría de
funcionar al construirse una nueva en Carabanchel, adonde fueron trasladados
los internos allí encarcelados.
Construcción de la cárcel de Carabanchel
Una vez en su interior, y habiéndosele
asignado una celda para pasar la noche, le dieron la cena: un plato de habas
cocidas.
Le supo a gloria. Después de todo un día
sin probar bocado, aquellas habas se le asemejaron al mejor de los manjares.
Durmió toda la noche, sin pensar en nada.
Era tal el cansancio que no le dio tiempo a nada más que extender el colchón en
el suelo.
Llegada la mañana, y al toque de diana,
Paco se despertó, recogió sus
pertenencias, lio el colchón, y se sentó en él a la espera de sus
fieles guardianes.
Nuevamente emprendieron el camino por las calles de Madrid. Esta vez,
con dirección hacia otra estación
de tren. Era la mañana del día 16 de
junio.
TALAVERA DE LA REINA
“Al trabajo le
llaman virtud los que no tienen que trabajar,
para engañar a los que trabajan.”
Presos en formación en el patio de la cárcel
El viaje duró apenas unas horas. Su nuevo destino: Talavera de
La cárcel de Talavera de la Reina era muy parecida a la
de Cádiz: fría, húmeda.
Allí no había gente mayor, todos eran
jóvenes, como él. Esto tenía
una fácil explicación. Se estaba
construyendo un canal, muy cercano a la cárcel, por lo que, aquellos parásitos
de la sociedad debían de contribuir a su
reconstrucción. España se había endeudado con Alemania e Italia en más
de 2000 millones de pesetas oro, por lo
que las inversiones públicas necesarias para hacer
frente a la reconstrucción de España eran realmente imposibles de asumir por
parte de un Estado cuya moneda oficial, la peseta, tenía en 1940 el 50% del
valor que poseía antes del inicio de la guerra civil.
A
principios de 1941, esto es un par de años después de finalizada la guerra
civil, constaban en el Fichero Fisiotécnico 103.369 penados, de ellos cerca de
10.000 mujeres, una cifra casi coincidente con la de los presos que entonces ya
habían sido juzgados y condenados por los numerosos tribunales civiles y
militares puestos en marcha en toda España durante aquellos años. Los más de
280.000 prisioneros políticos entonces encarcelados en toda España
representaban el 10% del conjunto de la población activa del país y eran, en su
gran mayoría, hombres de entre 20 y 40 años de edad. No obstante, los presos
políticos seguían aumentando sin cesar durante aquellos años. Según ha podido
documentar recientemente el historiador Antonio Miguel Bernal, solo entre los
años 1939 y 1943 el número de presos políticos del franquismo llegó a ser de
más de 550.000, también con una muy clara mayoría de jóvenes entre ellos.
Aunque fue personalmente el propio
Francisco Franco quien puso marcha este formidable negocio a costa de sus
prisioneros políticos, iniciado ya de hecho en mayo de 1937, al parecer fue el
jesuita José Antonio Pérez del Pulgar quien lo inventó e institucionalizó de
forma oficial, mediante la constitución del llamado Sistema de Redención de
Penas. En su texto de enero de 1939 titulado "La solución que da España al problema de sus presos políticos"
–para mayor inri, editado por Publicaciones Redención–, dicho sacerdote no
defendía ningún tipo de piedad ni clemencia para con los presos políticos del
franquismo –“no puede exigirse a la justicia social que haga tabla rasa de
cuanto ha ocurrido”–, sino que preconizaba para todos ellos poco menos que la
aplicación de la Ley
del Talión: “Es muy justo que los presos contribuyan con su trabajo a la
reparación de los daños a los que contribuyeron con su cooperación a la
rebelión marxista”. Algunas de
las empresas privadas que se lucraron con el trabajo forzado y apenas pagado de
gran número de prisioneros políticos del franquismo por espacio de más de dos
décadas, como lo hizo en concreto la empresa Dragados y
Construcciones fundamentalmente en la construcción de gran número de pantanos,
mientras que en el caso de Banús lo hicieron todavía hasta el año 1969 en todo
tipo de obras y construcciones. [1]
El canal, de varios kilómetros,
estaba destinado al trasvase
de agua para el riego de
toda la comarca, desde el río
Alberche. Era una forma más de hacer una España, grande y libre.
Otras obras importantes durante
el periodo franquista se realizaron de la misma forma: con la
mano de obra barata que suponían
los presos políticos. Franco y su equipo habían creado una red de centros que,
con la escusa de la redención de penas, aportaban mano de obra barata.
A mediados de agosto de 1937 se organizaron
los tres primeros Batallones de Trabajadores y Campos de Depósito de
prisioneros en Talavera de la
Reina (Toledo), San Pedro de Cardeña (Burgos) y Sigüenza
(Guadalajara).[2].
El coronel Juan Petritena era el jefe del
servicio de las Colonias Penitenciarias Militarizadas creadas por el régimen
franquista.
Estas colonias dependían de las autoridades
militares y se le asignaba la vigilancia exterior a la Guardia Civil o a
unidades del ejército. El régimen interno correspondía a los oficiales del
cuerpo de prisiones.
Así
mismo, estaban divididas en batallones, que a su vez se subdividían en
secciones (para la disciplina militar y régimen interno) y tajos y pelotones
(para la realización del trabajo).
Diez días permaneció en aquella cárcel,
hasta que le tocó el turno de ir a trabajar al canal. Aquella era una situación
nueva para él.
Por fin saldría al campo, a lo que él más
quería. Donde él se había criado. Aquello sería otra cosa distinta a la que,
hasta ahora, le había tocado vivir.
Formaron un grupo de diez presos, pero,
esta vez, al contrario de lo que hasta ahora había venido sucediendo, solo una
pareja de la Guardia
Civil les acompañaba.
Pero, ¿qué había pasado?- se preguntaba.
Para mayor sorpresa, los guardias hablaban
con ellos y no los esposaban.
-¿Estaría soñando?
Debió de pellizcarse para
ver que no era un sueño. Aquello era real.
Los guardias hicieron que se subieran al
cajón de una camioneta, la cual les
trasladó al destacamento que había junto a las obras del canal, donde fueron
entregados a un oficial.
A aquello le llamaban “el campamento de la Sal ”
Este campamento estaba dirigido por un jefe del
Ejército del cuerpo de Ingenieros, asistido por su Plana Mayor, compuesta por
un oficial de Ingenieros, uno de Sanidad y uno de Intendencia. Todos ellos
contaban con el auxilio material y espiritual de un capellán penitenciario
castrense que era suplido en muchas ocasiones por un resabiado sacerdote (en
muchos casos, con pistola al cinto) incrustado en el Destacamento, el cual
había sido enviado por el Cardenalato o el Obispado y efectuaba labores de
informador, proselitista y comisario político franquista.
Allí les dieron ropa nueva: un uniforme
militar italiano. Les dijeron que a partir de entonces tenían una nueva consideración: eran militares.
Ahora, además de los “empleos” que ya
tenía: el de prisionero de guerra y el de fuguista, tenía el de militar.
Ironías de la vida.
La
realidad era que el régimen franquista les obligaba a realizar el servicio
militar, aunque fueran prisioneros, y con la intención de disminuir, de alguna
forma, el número de prisioneros. Era también, y como decía la doctrina
franquista, una forma de “engrandecer a España con el trabajo”.
El destacamento del canal estaba formado
por varios barracones, con literas de
tres camas cada una. En cada barracón había entre 70 ú 80 literas. Salían a
trabajar en grupos de 15 hombres. Cada grupo formaba una brigada.
Existían varios tipos de brigadas: las de
pico y pala, las de la construcción, las de conductores, etc.
No era una cosa del otro mundo, pero, en
comparación con otros lugares, era un verdadero paraíso. Además, cuando salían
al campo, y, por supuesto, a escondidas de los guardias, cogían bellotas,
aceitunas, higos y todo lo que el campo, tan generoso como siempre, les podía
ofrecer.
Paco fue encuadrado en una de las brigadas
de pico y pala. En esta brigada permaneció varios meses trabajando en
desmontes, aperturas de zanjas, etc.
hasta que fue destinado a la de conductores. No es que debiera de
conducir un camión, cosa que Paco desconocía, sino que su función era la de
cargar y descargar los camiones del material necesario para la construcción del
canal.
Esto era de lo más solicitado, ya que,
aunque el trabajo era igual de penoso que las del resto de brigadas, tenían la
posibilidad de llegar al pueblo, hablar con las gentes y, si el guardia no era
muy malo, hasta podían entrar en los bares y charlar con la población civil.
El trabajo lo realizaban en un almacén
junto a la estación de ferrocarril. Allí, como casi todos los
presos, Paco conoció, entre a otras personas, a
una joven de muy buen corazón. María, era morena, alta y un poco
más joven que él. Con el tiempo, Paco entabló una buena amistad con esta
joven la cual, entre otras cosas, se ofreció a lavarle la ropa. Además, María
muchas otras veces le proveía de algo de comer. Gracias a ella, y a otros vecinos
del pueblo, con sus conversaciones y con sus ayudas materiales, Paco se fue
recuperando de la delgadez que, por la mala alimentación tenida desde su
ingreso en prisión, poseía cuando llegó a Talavera.
Según el decreto de Franco, los prisioneros
adscritos a los batallones de trabajadores, tendrían asignadas unas
remuneraciones por dicho trabajo. Una parte se la quedaba el Estado, en
concepto de “manutención” del penado, y el resto se le entregaría al propio
penado, o a su familia. Ni Paco ni su familia recibieron dinero alguno por
aquellos “servicios a la patria”.
Presos trabajando en la construcción de un canal

Presos trabajando en la construcción de un canal
El
profesor Francisco Moreno Gómez ha cifrado el jornal medio de un preso político
esclavizado por el franquismo en 4,75 pesetas, en el caso de ser un hombre con
esposa y un hijo a su cargo y que estuviese al servicio de algún organismo
público del Estado, y de 14 pesetas si trabajaba al servicio de una empresa
privada, de las que sólo 50 céntimos iban a parar al
propio preso, 3 pesetas eran destinadas a su familia, 1,40 eran retenidas en
teoría para su alimentación y las 9,10 pesetas restantes iban a parar a
Hacienda, aunque se ignora bajo qué concepto se les sometía oficialmente a tan
cuantiosa exacción fiscal. Este dinero era periódicamente
ingresado por el Patronato para la
Redención de Penas en una cuenta cifrada del Banco de España,
a nombre del entonces subsecretario de Presidencia del Gobierno, Luis Carrero
Blanco, conforme ha podido documentar y probar recientemente el profesor
Antonio Miguel Bernal, éste se quedaba con el 75% de los salarios.[3]
El trabajo era rutinario,
varios viajes diarios al pueblo donde debían cargar el camión del material
necesario que les tenían preparado en el almacén y trasladarlos al campamento
donde debían descargarlo. Así día tras día pero, aunque penoso, al menos tenía
la oportunidad de salir de aquel infierno que era el campamento.
Aunque los vecinos apenas si hablaban con
ellos, sobre todo de cuestiones políticas o sociales, ya que el miedo, como en
toda España, a las represalias era permanente, siempre recababan alguna noticia
que les hacían estar informados de lo que ocurría fuera. También las cartas de
los familiares llegaban con más regularidad que en otros sitios en los que Paco
había estado recluido.
Aunque no recibía la visita de su familia,
debido a lo alejado que se encontraba de su pueblo, esas cartas le mantenía
informado de lo que ocurría en el seno de la misma. Todo debía de escribirse de
una forma clara y sin que diera lugar a dudas sobre otra información ya que, al
ser estas leídas previamente por los funcionarios, podían ser requisadas,
además de recibir castigos por ello.
Varios meses habían pasado ya desde su
llegada y Paco albergaba esperanzas de poder terminar de cumplir su condena
en aquel lugar. Aunque el trabajo era duro, era preferible a estar
permanentemente encerrado, sin poder respirar el aire fresco del campo, y
además mal alimentado.
Pero su
destino no estaba allí. En la mañana del día 21
de abril de 1.944 se produjo una nueva
desilusión en Paco..
Le apartaron del batallón de trabajadores
en el que había pasado los últimos meses y le regresaron a la prisión de
Talavera de la Reina.
Varios días después y en compañía de otros
reclusos más junto a las mayores medidas
de seguridad, emprendieron el traslado hacia un nuevo destino. No había tenido
tiempo de despedirse ni dar las gracias por su ayuda a María, a la cual le
había tomado un cariño muy especial, y aquellas otras personas que le habían
tratado tan bien en aquel pueblo.
En
principio el viaje fue hasta Madrid donde hicieron noche. Esta
vez en la cárcel de la ciudad de San Sebastián de los Reyes. Más vieja y pequeña que la cárcel Modelo, pero, al fin y al cabo, cárcel.
Al
día siguiente emprendieron rumbo hacia su destino definitivo:
Chinchilla, en la provincia de Albacete.
PENAL DE CHINCHILLA
“¿Cuántas muertes más serán necesarias para darnos cuenta de que ya han
sido demasiadas?”
Bob
Dylan
Este era el lugar que el régimen franquista
había escogido para todos los que, a lo largo de su vida de condena, habían
sido protagonistas de alguna fuga del centro penitenciario donde se encontrara.
Un castillo muy cerca del pueblo. Una
fortaleza inexpugnable, de altos muros y con un solo acceso. Garitas de
distrito en distrito. Doble alambrada alrededor del recinto, y un gran foso que
bordeaba todo el edificio. Todo había sido concienzudamente estudiado. Su
interior era completamente un pozo. Un patio, pequeño, dos plantas y unos
sótanos que destinaron para las celdas.
Un preso en cada una de ellas. Todo milimétricamente estudiado. Era
imposible salir de allí. Hasta los guardias los habían escogido especialmente
para aquel lugar.
Nada más entrar, Paco se dio cuenta que
aquello era algo especial. Al fondo del patio, la figura de un hombre que jamás
olvidaría le revivía situaciones anteriores. Un hombre con el que
anteriormente, en la cárcel de Málaga, había sentido el terror y el miedo:
"El Estampillado".
La figura de aquel hombre hizo que por todo
su cuerpo recorriera un escalofrío como jamás antes había sentido.
Nunca supo su nombre, pero su figura jamás
la olvidaría.
Al "Estampillado" le llamaban así
por que tenía la cara parcheada, como las estampas, y por sus instintos
criminales. No en vano había sido uno de los mayores carniceros que la cárcel
de Málaga había conocido. Fiel aliado de “la Niña Estrada ” había
participado, directa o indirectamente, en la muerte de cientos de malagueños.
Disfrutaba maltratando a los prisioneros. El llamarles "hijos de la Pasionaria " o el
tenerlos, en pleno verano, a pies firmes en el patio de la prisión, hasta ver
caer a unos cuantos al suelo, eran parte de sus juegos preferidos.
Al entrar en esa prisión, y durante un
periodo de diez días, todos debían de pasar lo que allí se llamaban "el
periodo de prisión". Esto consistía en el aislamiento total, en unas
celdas, durante esos diez días, de todos los recién llegados. Cada preso en una
celda. Estas celdas median, aproximadamente 2,5 por 1,5, metros, incluido el wáter, sin ninguna luz exterior
que les alumbrara, ni por supuesto ventilación. Por las mañanas al toque de
diana, a los presos se les retiraban los colchones y se los entregaban por las
noches para dormir. Ni una silla, ni mesa... nada. Solo veían a alguien a la
hora de la comida. El guardia dejaba el plato y, poco después, se lo retiraba.
Esa era a la única persona que ellos veían durante el " periodo de
prisión".
Solos, sin más compañía que la de algún que
otro ratoncillo que aparecía de entre las viejas paredes de la celda.
Paco, en su aislamiento, envidiaba a los
ratones. Animales, decían las gentes, pero mucho más civilizados que los
hombres.
Ellos luchaban por su supervivencia, pero los
hombres no. Los hombres se mataban unos a otros por odio o venganzas
personales.
-¿Qué estaba pasando en
España? ¿Por qué tanta crueldad?
Muchas veces pensaba que se estaba
volviendo loco, ya que su único interlocutor era aquel diminuto animal.
Una vez pasado "el periodo de prisión"
las celdas se abrieron y les dejaron salir. Les llevaron al patio donde el
director de la prisión les esperaba. Se volvió a escuchar la arenga propia que
se utilizaba en todas las cárceles y campos de concentración españoles.
Que si eran muy malos, que si tenían que
cambiar, que si aquello no se parecía a ninguna de las cárceles en las que
habían estado, que si no iba a consentir nada anormal... El mismo sermón de
siempre.
Soportado
el soporífero discurso del director, rutina a la que ya aquellos hombres estaban acostumbrados, llegó
la hora de la asignación de la zona dentro del penal a la que cada uno de ellos
iría destinado.
El penal
lo formaban una serie de brigadas que albergaban a todos los prisioneros. En
cada una de ellas se alojaban entre 40 y 50 hombres.
.
Una vez "instalados" en su nuevo
hogar, pudieron salir a pasear por el patio. Allí, Paco encontró a compañeros
que ya los habían sido en otros lugares de internamiento. Estos les pusieron al
día en lo que respecta al funcionamiento del penal. Formas de actuar,
costumbres, guardias a los que ni siquiera se les podía mirar, y los que te
daban un poco de confianza...
No mejoraba en nada a los otros lugares
donde había estado. Malos tratos, poca comida y de pésima calidad. En esta
situación, Paco permanecería quince meses, hora tras hora, día tras día, noche
tras noche.
De aquel maldito penal era imposible
fugarse. No había forma humana de escapar de la red que tejían sus muros. Todos
tenían la necesidad de salir de allí, pero ¿cómo?
Todos los que allí se encontraban tenían la
condición de “fumistas”, prisioneros de guerra que habían pertenecido al
ejército republicano, y que en cualquier momento habían logrado zafarse de las
garras de sus enemigos. Pero lo que sus captores ignoraban eran que aún
seguían siendo luchadores y que, aunque los habían vuelto a capturar, allí se
estaban organizando
Poco a poco, día a día, pasito a pasito,
habían elaborado un plan para, ya que no podían escapar, al menos forzar la
situación de que fueran trasladados a otro lugar menos cruel que aquel.
Aquel penal ya había sido cerrado en la
época de la República
por sus malas condiciones, y ellos buscarían la fórmula de volver a cerrarlo,
ante la imposibilidad de una fuga masiva de sus internos.
Una madrugada, mientras dormían, se dio la
voz de alarma:
- ¡Fuego! ¡Fuego!
Sí, el penal estaba ardiendo por sus cuatro
costados. Todas las brigadas ardían. Pero ni uno de los presos se movía de su
lugar.
Las Organizaciones Obreras empezaron a
demostrar que estaban vivas. Y no solamente en este penal, sino en todas las
cárceles de España.
A través de los lavabos, los presos habían
realizado agujeros en los que habían ido introduciendo, poco a poco, palmas de las
que rellenaban los colchones. Una tarea laboriosa, callada y que les había
costado muchos días.
Aquella madrugada, al unísono, todas las
brigadas habían empezado a arder.
Con las maletas o petates en los que habían
puesto todas sus pertenencias, los presos se colocaron en uno de los rincones
de cada brigada, y esperaron, pacientemente, a que aquel plan diera sus
resultados.
Aquello fue dantesco, inimaginable. El
penal ardió por sus cuatro costados.
Una vez que lograron apagarlo, todos los
presos fueron trasladados a los sótanos del penal, donde quedaron recluidos. No
se podía hablar. No se podía salir de aquellos sótanos. Tenían requisado el
correo. Diez días en aquella situación permanecieron todos aquellos hombres.
Solo abandonaban el lugar para, ante un tribunal compuesto por tres jueces,
militares por supuesto, contestar a la misma pregunta que, uno a uno, les
hacían:
- ¿Quién ha pegado fuego al penal?
Y uno a uno, sistemáticamente, contestaban:
- El Penal.
- ¿Quién ha organizado el fuego?
- El Penal.
Ni las amenazas de aquellos jueces
militares, ni los malos tratos de los guardias hacían arrancar una sola palabra
más a aquella fracción del ejército republicano que, y a pesar del tiempo
pasado, y de los tratos recibidos, seguía vivo. No podían con ellos. El tiempo
pasaba y nadie cedía.
Cansados ya de aquella pérdida de tiempo,
decidieron el futuro de aquellas personas: serían trasladados y cerrarían, definitivamente por fin,
aquella cárcel.
Habían logrado su objetivo. Los presos
habían ganado la batalla y aquel lugar no volvería a ser testigo mudo de
asesinatos, malos tratos ni vejaciones. Saldrían de allí tal y como lo habían
planeado.
Cuenta J.A.D. en el periódico
digital La Verdad.es ,
que en el año 1946 una simple orden del director general de Prisiones, del 23
de febrero, comunicaba la supresión de la prisión central de Chinchilla y el
traslado de sus presos al Puerto de Santa María. Se acabó su historia.
Se justificaba la decisión en
la reducción de la población penal, el deficiente estado de conservación y la
falta de agua.
Un detalle revelador del estado
en que se encontraba es que la prisión de Albacete, a la que se concedían los
utensilios del viejo penal, los rechazó por inservibles.
Tal vez, porque me crie a la sombra del penal de Chinchilla, viendo
cada día bajar a las mujeres de los presos políticos a rebuscar carbonilla en
las vías del tren para intentar calentar a sus hijos que se morían de frío,
hambre y diarreas en las cuevas de la falda del castillo, esperando que sus
padres acabaran de morir muros adentro.
Tal vez, porque docenas de veces vi llegar a mi casa derrapando el
camión militar del Rincón con una pila de hombres ensangrentados en la caja
para que mi padre los remendase o certificara su defunción, y eran presos
políticos aplastados por el derrumbe de las galerías terreras que excavaban en
el cerro para almacenar bombas, con guardias armados y perros de presa
apostados en la bocamina. O porque, cuando inauguraron esos polvorines, asistí
a la misa solemne oficiada por el obispo dentro de una galería, con un obús a
cada lado del altar y los presos de rodillas. O porque, muerto mi padre,
encontré los informes de autopsias que describían cadáveres comidos de piojos y
cicatrices de torturas, sin rastro de alimento en el cuerpo, los pulmones
deshechos por la tisis y el tiro de la "ley de fugas" con trayectoria
de entrada por la espalda y de salida por el pecho.
(Manifiesto de primavera de Ángeles Cáceres).
(Manifiesto de primavera de Ángeles Cáceres).
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