CIUDAD RODRIGO
“A los verdugos se les reconoce siempre,
tienen cara de miedo.”
Jean-Paul Sartre
Antigua Audiencia y prisión de Ciudad Rodrigo (Salamanca)
Paco
llevaba una vieja maleta en la que transportaba un poco de ropa, una pastilla
de jabón que su madre le había mandado en uno de los paquetes, y una cuchilla
de afeitar. Esas eran sus únicas pertenencias. El dinero lo tenían, quien
tenía, requisado por las autoridades carcelarias.
Una vez se hubieron apeados del tren, una
fina lluvia les daba la bienvenida a aquellas tierras. Apenas si pudieron
vislumbrar el camino que debían recorrer, a causa de la oscuridad de la noche.
El nuevo “hogar” que tenían
reservado las autoridades franquistas para aquellos presos se encontraba a un
kilómetro, aproximadamente, de la estación de tren de Ciudad Rodrigo. Conforme
se acercaban, pudieron comprobar que aquello no era otra cosa que una nueva
prisión de distinta forma, pero prisión al fin y al cabo.
Son varias las versiones que sobre este
tema se dan. Mientras algunos investigadores dicen que en Ciudad Rodrigo lo que
existió fue una cárcel provisional instalada en el propio castillo de la
ciudad, otros manifiestan que fue un campo de concentración, cuya vida fue de
tan solo un año, y del que formaba parte el edificio del castillo.
La verdad es que aquello no era otra cosa
que un viejo caserío, semiderruido, con
un amplio patio interior. La parte superior estaba destinada a albergar las
oficinas y habitaciones de los funcionarios. La parte inferior, las
habitaciones destinadas al cuerpo de guardia. El patio, rodeado por columnas.
Allí no existían brigadas, ni celdas, ni nada por el estilo. Eran las columnas
del patio las que servían de “aposentos” de los presos.
Los funcionarios de esta, con su director a
la cabeza, les esperaban a la entrada de la misma. Una vez el capitán de la Guardia Civil
entregó las documentaciones pertinentes, les fueron retirando las esposas. Aquel
caserío era el penal de Ciudad Rodrigo, pueblo de Salamanca, cercano a la
frontera con Portugal, regado por el río Águeda y cercano a la sierra de la Peña de Francia y las Hurdes.
Era la noche del 30 de septiembre de 1939
cuando, una vez efectuado el recuento de todos ellos, el director de la prisión
les indicó cuáles serían sus aposentos.
Los que habían permanecido más tiempo en
prisión, conocedores de todas estas situaciones, se apresuraron a elegir la
"mejor habitación".
Estas "habitaciones" eran mucho
más cómodas que las que les tocaron a otros que no pudieron acceder a una de
ellas. Estas “habitaciones” tenían la ventaja de proteger del frío que, durante
el otoño, empieza a despuntar en esas tierras españolas.
Pocas de esas "habitaciones", a
la llegada de estos presos, quedaban libres, ya que, una mayoría de ellas se
encontraban
ocupadas por presos que
habían sido trasladados desde Cataluña, de entre 60 y 70 años de edad. No
obstante, aquellos hombres eran solidarios y pudieron acomodarlos junto a
ellos.
Paco, aferrado a sus pertenencias, se colocó
junto a una de aquellas columnas y se puso en cuclillas.
- Hola, hijo – le saludó su compañero de
“habitación”.
- Hola – le respondió con voz medio apagada.
- Me llamo Antonio, ¿y tú?
- Paco- miró aquel cuerpo medio esquelético
tendido sobre el suelo, del que le separaba una fina manta de rayas de color
marrón, con la cabeza apoyada sobre una maleta, colocada en la base de aquella
columna - ¿Cómo estás?
- Ya ves, aguantando – movió su cuerpo,
intentando recomponerlo y ponerse más derecho, expresando con ese gesto las
pésimas condiciones en las que se encontraba.
- Puedes dejar tus cosas en esta parte –
señaló la parte vacía de la base de la columna, junto a su maleta. – Si te
colocas en ese otro lado te morirás de frío – le aconsejó refiriéndose a la
parte que quedaba expuesta al exterior de los soportales.
Una vez acomodados, pasaron a recoger la
comida. Después de tres días, desde el día anterior a su partida de Málaga, sin
probar bocado, un poco de lentejas aguada les supo a gloria.
Esa fue una de las novedades que existía en
esta prisión. Otra de las novedades es
que no existía el toque de corneta. Aquí, un funcionario daba unas palmadas con las que llamaba la atención de todos los presos, y
comentaba, en voz alta, lo que se pretendía.
Eran las cuatro de la madrugada cuando,
después de comer, se dieron las palmadas y la orden de dormir.
No era fácil dormir en tales
circunstancias. La escasez de ropa, la falta de mantas, además de la falta de
un techo que aminorara las inclemencias climatológicas se unieron para que no
pudieran pegar ojo en toda la noche.
Al despuntar el día, se oyeron las palmadas
del funcionario y la orden de recoger jabón y toallas para pasar al lavabo.
Su compañero Antonio, hombre de unos 63
años, de pelo cano, se le apreciaba una ligera calvicie, desde el comienzo de
las sienes hasta la coronilla. Era, como la mayoría de los que allí se
encontraban, de Cataluña. Este le fue explicando los rituales diarios de
aquella cárcel.
Todos en fila, salieron al exterior de la
prisión. Desde la puerta, hasta los lavabos, dos hileras de soldados, entre los
cuales pasaban, encabezando la comitiva, el funcionario, y detrás, todos los
presos. El final de ese pasillo era los lavabos: una alberca con el agua
congelada debido a las bajas temperaturas sufridas durante la noche. Debían de
romper el hielo con las manos para poder coger agua con la que asearse. Todos
sin excepción alguna tenían que desnudarse de cintura para arriba, lavarse bien
la cabeza, espaldas, pecho, brazos... Todo era concienzudamente revisado por un
funcionario. El que no lo hiciera tenía su castigo: lo introducían directamente
en la alberca para su escarmiento.
No, la higiene no estaba mal en aquel
lugar. Pero en otoño, con bajas temperaturas y mal alimentados, pocos
aguantaban el baño matutino.
Una de las mañanas, un anciano, de unos 70
años, de pelo blanco, medio encorvado y casi esquelético, se dirigió a uno de
los guardias y le dijo:
- Guardia, por favor, ¿podría no desnudarme
hoy?, es que he tenido mucha fiebre esta noche y no me encuentro bien.
El guardia le miró de arriba a bajo,
notándose en dicha mirada el desprecio y el odio que desprendía hacia aquel
anciano. Llamó a otros dos guardias y comentó:
-¡Oíd bien! Este tío no se quiere bañar. ¿Qué hacemos con él?
No hubo más palabras. Entre los tres le
desnudaron completamente y, asiéndolo por los brazos y piernas, lo lanzaron al agua helada de la alberca,
entre risas y frases como:
– ¡Lávate ya, rojo del demonio!
– Ese cuento
se lo cuentas a otro.
Cuando sus compañeros lo sacaron, aquel
pobre hombre estaba más muerto que vivo. Lo trasladaron a su
"habitación", donde aquella noche, ayudado por el frío reinante,
falleció.
Cuando, al día siguiente los funcionarios
descubrieron el cadáver, se lo comunicaron al director. Este hizo su
presentación oficial ante los recién llegados diciendo:
- No quiso un caldo, y se tomó tres tazas.
Ya me iréis conociendo. Mi nombre es Pedro Morales Fraile. Procurad andar bien,
si no queréis seguir sus pasos.
Al igual que en la cárcel de Málaga, se
sucedían diariamente, y a horas distintas, el rito de las formaciones, el
recuento de los presos, los vivas y las arengas reglamentarias del
funcionario de turno, o del director de la prisión.
Cada día, conforme se acercaba el invierno,
los efectos del frío hacían mella entre los presos. Raro era el día que no
aparecía uno de ellos muerto por congelación junto a una de las columnas, en el
corredor del patio, o en el propio patio. Ni el que se juntaran varios de ellos
en un rincón del patio, a fin de mitigar el frío reinante, o que se dieran
friegas con las manos para entrar en calor, podían evitar que la muerte hiciera
su aparición. La falta de comida y abrigos estaba acabando con las pocas
fuerzas que tenían. Eran los mayores los primeros que caían enfermos o,
directamente, morían. La muerte se había establecido allí de forma definitiva.
Una de las mañanas, un grupo de presos,
guiados por un funcionario, y escoltados por soldados, fueron a trabajar a la
iglesia del pueblo.
La Iglesia, aliada con el nuevo régimen, el
cual le estaba dando una serie de privilegios que antes no tenía, adquiría un
poder incluso más importante que el Ejército o la propia Guardia Civil.
Muchas son las obras que, para la Iglesia,
debieron realizar los presos en la posguerra española: reparación de
campanarios, iglesias, conventos…Todo ello con la mano barata que
proporcionaban los presos.
Dos de aquellos presos, en un descuido de
sus vigilantes, echaron a correr y se dieron a la fuga.
Mejor hubiera sido que no lo hicieran.
A los pocos minutos se dio aviso a la Guardia Civil y los
campos de Ciudad Rodrigo se convirtieron en un verdadero hormiguero de hombres,
caballos y perros, a la caza y captura de aquellos dos pobres hombres. Aquello
parecía una cacería en la que, las piezas a cobrar, eran dos
"rojos".
Poco tardó la aventura de aquellos hombres
en finalizar. Fueron capturados y trasladados nuevamente a la prisión. Todos
los presos, junto a los guardias, estaban formados en el patio, cuando la Guardia Civil entregó
a los dos escapados. Traían las ropas rotas, desgarradas por los mordiscos de
los perros que les habían capturados, y ensangrentados por los golpes
propinados por sus captores. El director de la prisión les dio un recibimiento
muy particular: se abalanzó sobre ellos dándoles patadas y puñetazos por todos
lados. Aquello no era una persona, más bien parecía un animal salvaje
enfurecido.
Cuando sació sus instintos, les mandó
desnudarse, retirarles las mantas y las pocas ropas de abrigo que tenían, y les
ató a unas argollas que estaban incrustadas en las columnas. Les había atado
corto, con lo que no podían ni tan siquiera sentarse. Así los dejó durante todo
el día. Nadie podía acercarse a ellos, a riesgo de correr la misma suerte, desnudos y atados a las argollas.
Cuando llegó la noche, los demás presos, a
rastras, se acercaban para, frotándoles con las manos, hacer que tuvieran un
poco de calor. Esto se tenía que
realizar de forma silenciosa, ya que los funcionarios no dejaban que nadie se acercara
a ellos y con riesgo de que, si te descubrían, correr la misma suerte que
aquellos dos infelices. Igualmente, y de vez en cuando, el director efectuaba
una visita a los dos hombres, para que, en ningún momento se durmieran.
- ¡Venga, hijos de la Pasionaria ! - les decía
- ¡Arriba ese pecho, que os vais a congelar!
Poco aguantaron los dos presos. A la mañana
siguiente ya habían muerto. El frío reinante, y los tratos del director habían
acabado con sus vidas.
Esa situación duró varias semanas, hasta
que, un buen día, el director de la prisión abandonó aquel lugar. Los rumores
se habían extendido inmediatamente por toda la prisión: el teniente que estaba
al mando de los soldados había denunciado la situación que se estaba
produciendo, los malos tratos que, no solo el director consentía, sino que él
mismo ejercía, y lo habían trasladado a
otra cárcel.
Allí continuaría con su particular forma de
tratar a los prisioneros enemigos. Pero al menos allí, en Ciudad Rodrigo, ya no
realizaría más acciones a las que estaba acostumbrado.
La cosa había cambiado. Seguía estando en
una prisión. En una prisión franquista. Pero, al menos, las aberraciones que
aquel hombre ejercía sobre los presos, habían cesado.
Pero el nuevo director, aunque no ejercía
la violencia física contra los prisioneros, tenía otra forma de extender el
miedo por toda la prisión. Este lo hacía de forma psicológica. Les llamaba a su
despacho y les contaba cosas inciertas sobre el estado de sus familiares, de
sus padres, esposas o hijos. Les quitaba las ganas de vivir lentamente, de
forma que solo los sádicos saben hacerlo.
Muchos de ellos se suicidaron, al decirles
que sus padres habían muerto; o que le habían dado por muerto y su mujer se
había vuelto a casar… Otros simplemente enloquecieron.
Los discursos que ante los prisioneros se
marcaba este nuevo director también influían psicológicamente entre ellos.
-“Sabéis que habéis perdido la guerra –les
decía- y que por ello no sois nada. Ahora estáis para hacer lo que nosotros,
los vencedores, queramos. Vuestras vidas está en nuestras manos y por Dios que
vais a pagar muy caro el haber luchado contra nosotros.”
Por suerte para Paco esta nueva situación
no duró mucho tiempo.
El día 20 de octubre de 1939, como era
habitual, y por la mañana, se les indicó a los presos que preparaban sus cosas
que había traslado. No había más información. Nadie sabía nada de su nuevo
destino. Tampoco podían preguntar. Aunque lo hicieran, la respuesta era una
negativa, o una callada.
Se despidió con un fuerte abrazo del que
había sido su compañero, no solo de “habitación” sino también de sus
confidencias. Este quedaría allí y, pensaba Paco, no dudaría mucho tiempo, ya
que su salud se había deteriorado bastante.
Menos de un mes había durado su estancia en
Ciudad Rodrigo, pero la había vivido intensamente. Los acontecimientos habidos
allí le habían hecho sentirse en permanente alerta.
Un largo pasillo de guardias civiles y
soldados les conducirían, una vez más, desde la prisión a la estación de tren
de Ciudad Rodrigo. Esposados de dos en
dos fueron introducidos en un tren destinado al transporte de ganados. La
situación, como se puede imaginar, era incómoda a todos los efectos. En una
mano, la maleta, y la otra, esposada a su compañero.
En este tren no había asientos, por lo que
los guardias les obligaron a sentarse apelotonados en el suelo del vagón. El
olor a ganado persistía en el ambiente, mientras en el suelo aún quedaban
restos de los excrementos y orines dejados por los animales que había
transportado aquel tren.
CAMPO
DE CONCENTRACIÓN DE CASTUERA
“El que vive de esperanzas corre el
riesgo
de morirse de hambre.”
Benjamin Franklin
Campo de concentración de Castuera (Badajoz)
Este tren, especial para
aquellos presos, no hacía ningún tipo de escala. Era totalmente directo desde el punto de partida, hasta el nuevo destino:
Castuera, en la provincia de Badajoz.
El viaje duró mucho menos que el anterior.
La distancia más corta y el no hacer paradas contribuyeron a ello.
Una vez en la estación de
destino, se efectuó el mismo procedimiento que en la de partida. Guardias
civiles los vigilaban desde la estación hasta la prisión.
Cuando salieron de aquel vagón, el cambio
de temperatura fue radical y a algunos, el clima reinante y las malas
condiciones en las que habían viajado no les ayudaban a caminar. Varios de
aquellos hombres, nada más bajarse del tren, cayeron desmayados al suelo.
Pero los guardias debían cumplir con su
horario y obligaron a otros presos a que los llevaran a hombros hasta el lugar
de destino. Entre todos se tenían que ir relevando para evitar, debido a las
pocas fuerzas que les quedaban, caer
ellos también.
Esta prisión no era como las anteriores en
las que Paco había estado, era un campo de concentración.
Era el primer campo de concentración que
Paco veía, y lo asimilaba a los del resto de España. De hecho,el de Castuera
era el mayor campo de concentración de España.
Estaba situado
en una explanada cerca del pueblo y de la vía férrea. A la izquierda había un
montículo bastante alto.
Tenía 10
calles de barracones. Cada calle tenía 10 barracones. Estaba rodeado todo el
campo por una alambrada de 4
metros de altura y 4 de ancha. Las dimensiones de los
barracones eran de 15, 50
metros de largo por 4,50 metros de ancho.
Los barracones
tenían las paredes de madera y los techos de uralita o de chapa. No había
camas, por lo que los prisioneros tenían que dormir en el suelo, que era de
tierra, apiñados unos contra otros para mitigar el frío, Muy pocos eran los que
tenían alguna manta. Paco, como la mayoría de los prisioneros, solo llevaba la
ropa, gastada y raída. Cada barracón disponía de dos ventanas. Y nada más.
En cada
barracón se hacinaban unas 90 personas, dependiendo de las entradas y salidas
que se producían.
Por tanto, en aquella época en el campo de
concentración de Castuera convivían unos 8500 o 9000 prisioneros.
Este
campo ocupaba una extensión de unos 75.000 metros cuadrados . Pegadas por fuera al perímetro
de zanjas estaban establecidas garitas, con unos cuarenta centinelas.
Allí,
una paliza, un tiro, no tenían la más mínima importancia, además de ser cosa
habitual.
Este campo de concentración, entre otros,
estaba vigilado por falangistas. Este cuerpo paramilitar estaba alentado por el
odio hacia las personas que profesaban ideas de izquierdas, por lo que, para
ellos, matar a uno de los presos, más que una necesidad de evitar una fuga, era
toda una satisfacción. Había un rojo menos, y eso, para ellos, era lo
verdaderamente importante. Más tarde, con Paco ya fuera del mismo, la
vigilancia correría a cargo de
legionarios.
El jefe del campo era el comandante Ernesto
Navarrete, natural de la población de Fuente de Cantos[1].
La situación en este, como en casi todos
los campos de concentración, era insostenible.
En el campo de concentración de Castuera,[2] había
tres sacas a la semana, los soldados custodios disparaban hacia los barracones
de los prisioneros, el que hacía diana sobre algún prisionero, se le concedía 2
meses de permiso .
La paliza estaba garantizada si los
prisioneros se agrupaban en el campo o se retrasaban al toque de corneta para
izar o bajar la bandera. Muchos de los castigos eran en parte por el temido
“cabo de varas” que no era más que un prisionero de buena conducta a las
órdenes directas del jefe de campo, y su uniforme consistía a parte del usual,
era un blusón acampanado .
Tampoco nos podemos olvidar de la tan
conocida ley de fugas”[3]
.
Entre los barracones había una explanada a
la que los presos llamaban “la plaza” y que era el lugar donde debían formar
cada vez que les citaban. Al final de la plaza había instalada una gran cruz de
cemento. A la derecha de la plaza se encontraba la bandera.
Cuando llegaron, ya habían servido la cena,
si cena se le puede llamar a lo que allí ponían de comer, por lo que, a los
recién llegados, después de todo el día sin comer, les dieron una lata de
sardinas, para cada dos presos. La lata contenía cinco sardinas. Esa fue la
cena, sin más pan, ni nada supletorio. Hasta el día siguiente no les dieron
mantas.
Aquella noche, Paco no pudo dormir. Las
condiciones, al igual que en su anterior destino, eran pésimas, tirados en el
suelo, como si fueran perros.
Había, en dicho campo de concentración, una
forma muy particular de ir al servicio durante la noche. Cada preso disponía de
una pequeña lata donde, y tumbado, sin poder levantarse, hacían sus necesidades.
Si alguno se levantaba, estaba expuesto a
recibir una ráfaga de ametralladora.
Los guardias que les vigilaban estaban
deseosos de que uno de aquellos presos se levantara para abatirlo a tiros.
Treinta duros y quince días de permiso se escondían detrás de cada preso que
moría abatido por las balas de sus vigilantes.
Las buenas disposiciones dictadas por la Inspección y los
Servicios Sanitarios plasmadas en los papeles a título oficial, las más de las
veces se quedaron tan solo en eso, en buenas disposiciones. Piojos, miseria,
hedor y enfermedad fueron los compañeros habituales en el auténtico devenir de
la vida del prisionero.
Hacinados, mal equipados (cada uno dependía
casi exclusivamente de las pertenencias personales que portara en el momento de
ser apresado, y no siempre se les permitió conservarlas) y peor alimentados,
por mucho que la propaganda del régimen hablara de dietas modélicas, variadas y
ricas en calorías, la vida del preso se convirtió en una rutinaria lucha por sobrevivir. [4].
Por las mañanas, cuando después del toque
de diana se abría la puerta del campo, todos debían de correr para recoger el
agua que deberían beber y poder asearse, de una charca próxima al recinto.
Había que apresurarse en llegar de los primeros. Los últimos lo que recogían
era agua embarrada. Deberían dejarla en el plato, para que se asentara el
barro, y así poder beber de ella.
Un día, para comer una sardina y un pedazo
de pan. Otros, un puñado de altramuces amargos. Unos morían de hambre. Otros a
golpes. Otros, desesperados, intentaban salir de aquel infierno y caían bajo
las balas de los falangistas, los legionarios, o quien estuviera vigilando.
Ni los perros se acercaban al lugar, por
temor a que acabaran con ellos a tiros.
Un prisionero del campo de concentración de
Castuera, Juan Misut Cañadilla, retrató perfectamente el drama que a diario se
vivía en el campo de concentración de Castuera,
en el poema titulado El campo de la cruz negra[5]
¡Campo de concentración
de la ciudad de Castuera!
Cementerio de hombres vivos
en purgatorio de ideas
que esperaban anhelantes
el final de la tragedia.
Un espacio rodeado
por espinosa alambrera
con foso profundo y ancho
guardado por centinelas
que cantaban por la noche
sus fatídicas alertas.
Noventa y dos barracones
con armazón de madera
y techumbre de uralita
que destilaban candela,
donde diez mil prisioneros,
ocultaban su pobreza
entre nubes de piojos
y lecho de dura tierra.
Todas las plagas humanas
hacían acto de presencia
pero sobre todo el hambre,
un hambre feroz y terca,
que manchaba voluntades
y sobornaba flaquezas
al no tener al alcance
para comer ni la hierba;
ni agua para lavarse,
ni asiento para las piernas;
por retrete varias zanjas,
pico y pala a toda vela…
Cinco días llevaba ya Paco en aquel
infierno cuando, por la mañana, sintió mareos. Quería permanecer consciente,
pero la debilidad que ya su cuerpo tenía, no le dejaba. Sentía cómo sus fuerzas
le abandonaban, y perdió por completo el conocimiento.
Varios minutos permaneció desmayado. Cuando
volvió en sí, los compañeros le habían trasladado al barracón donde se
encontraba la enfermería. No había ningún médico, ¿para qué, si aquello era la
antesala de la muerte?. Solo un enfermero, que también era prisionero e incapaz
de recetarle cualquier tipo de medicina ¿o es que no había medicinas en aquel
lugar?. Lo cierto es que no necesitaba medicinas, necesitaba comer. Era la
enfermedad que causaba más muertes, además de los fusilamientos, en aquel campo
de concentración.
Comprendió que, si no hacía algo, no duraría
mucho tiempo vivo.
Una vez fuera de la enfermería, la idea de
fugarse empezó a rondarle la cabeza.
Difícil de llevar a cabo una fuga de aquel
lugar se lo habían puesto, pero no tenía más remedio que intentarlo.
Difícil, por no decir imposible, era la
fuga de aquel lugar de muerte y horror, rodeado de alambradas, fosos y
centinelas. Pero él estaba decidido. Tenía que encontrar la forma de salir de
aquel lugar, aunque, en ello le costara la vida. Más valía morir en el empeño,
que de hambre o a golpes en aquel maldito lugar.
Sin embargo, no podía decir nada a nadie.
Los infiltrados por parte de las autoridades, al igual que aquellos que creían
que, por delatar a sus propios compañeros, les dejarían libre, hacían que todo
el plan que se preparara permaneciera en el más absoluto de los silencios.
Ese, entre otros, era uno de los temas de
conversación más habituales entre los prisioneros.
El campo estaba rodeado por una doble
alambrada de espinos, con crucetas cada medio metro. Enredadas en ellas, latas
y cencerras, por si alguien trataba de escapar, hacer sonar tan rudimentaria
alarma. En cada una de las esquinas del campo, sobre una torreta, una
ametralladora, y en espacios de cada diez metros, un centinela. Además, y
rodeando todo el perímetro del campo, se había excavado una zanja de unos dos
metros de profundidad, por un metro y medio de ancho.
Muchos eran los que lo habían intentado,
pero ninguno lo había conseguido hasta entonces. O bien morían al intentar
atravesar las alambradas por las balas de los centinelas, o eran atrapados
y posteriormente fusilados delante de
todos, para escarmiento de estos.
Los prisioneros
estaban a cargo de las comisiones de clasificación del Estado mayor del ejército del sur (21 División nacionalista) y el trabajo judicial les obligo a
crear la Auditoría
de Mérida (Decreto 8 nov. 1939) Los prisioneros eran clasificados como:
1. A, afectos al régimen
2. Ad, adheridos dudosos
3. B, desafectos sin pruebas
4. C y D, izquierdistas destacados [6]
Él no sabía en qué grupo le habían
encuadrado, pero seguro que tenía que estar en uno de los peores.
Desde el interior del campo de
concentración, Paco veía los verdes campos, palpaba la libertad, pero no podía
acceder a ella. Tenía que salir de allí como fuera.
En el campo de concentración las letrinas,
que era el lugar destinado para que los presos hicieran sus necesidades
fisiológicas, era una amplia zanja en el suelo, situada fuera de los límites demarcados
por las alambradas. El porqué las letrinas estaban situadas fuera de aquel
infierno fortificado, Paco no lo supo.
Posiblemente las habían realizado fuera
porque las primitivas, debido a la falta de agua y limpieza, estaban repletas
de inmundicias. Aún así y todo, el campo despedía un olor casi insoportable.
Este campo de concentración estuvo
operativo desde abril de 1939 hasta el 20 de febrero de 1940, en el que fue
desmantelado.
Paco, después de llevarse todo el día
pensando la forma de fugarse de aquel maldito lugar, encontró la fórmula para
hacerlo.
Sabía que durante el día existía vigilancia
exterior junto a las letrinas, pero al atardecer la retiraban. Eso le daba una
ventaja. Otra de las ventajas que barajó fue lo que le había ocurrido el día
anterior.
Aquel desmayo era una
baza a su favor.
Llegado el anochecer, y antes de que se
retirara la vigilancia, Paco se acercó a las letrinas. Se puso en posición de
estar defecando, y, cuando creyó que nadie le miraba, se dejó caer en aquel río
de excrementos que llenaba la zanja. Se lanzó de espaldas, como si de una
piscina se tratara, y aguantó la respiración todo lo que pudo.
Creía que los pulmones le iban a estallar.
Todo el cuerpo le temblaba. Pudo sacar levemente la cabeza, para intentar respirar algo de aire.
Los guardias daban las últimas órdenes de
retirada hacia el campo a los que quedaban cerca de las letrinas.
- ¡Mirad bien, que no se quede nadie!- ordenaba uno.
- Aquí no hay quien pare - le replicaba
otro - estos huelen peor que los muertos.
- Maldita sea, llevas toda la razón.
Vámonos antes que vomite.
-¿Qué pasaba?- se preguntaba Paco - ¿Le
habrían visto y se hacían los locos, o es que, verdaderamente, había logrado
burlarles?
La duda le embriagaba, pero ya no podía dar
marcha atrás. Si lo descubrían, pondría como argumento el que se había
desmayado.
Todos sabían que el día anterior ya le
había sucedido. Era la baza que tenía
escondida en la otra manga.
Era el anochecer del día 22 de diciembre de
1.939. Paco permaneció inundado en los excrementos, mezclados con la orina,
estancados en la zanja durante bastantes meses, hasta que oscureció totalmente.
“Se llama memoria a la facultad de
acordarse de aquello que quisiéramos olvidar.”

Respiró más tranquilo. La primera parte de
su plan estaba sucediendo tal como lo había planeado.
Logró salir de la letrina y, a rastras,
empapado en aquel líquido viscoso y nauseabundo, y, tiritando de frío, se
arrastró hasta una zona de árboles cercana.
El corazón le latía de tal forma que
parecía que se le saldría de su sitio. No observaba nada extraño. Ningún
movimiento de guardias dando la voz de alarma, ni perros ladrando y rastreando.
Nada. El silencio solo era roto por los ruidos normales del campo.
Se sentía libre, pero aún temeroso de que
los guardias pudieran darle alcance. El camino sería largo y peligroso, desde
aquel maldito infierno hasta la sierra de Alozaina, su pueblo, lugar al que
había pensado llegar. Allí se uniría a los guerrilleros que luchaban contra las
tropas de Franco, y defendería, hasta la muerte si era preciso, su libertad.
Llevaba recorridos apenas unos doscientos
metros, cuando oyó ruidos distintos a los anteriores. Alguna persona, o tal vez
un animal, se movía entre aquellos árboles.
En la oscuridad de la noche, observó la silueta de un hombre. De pronto,
aquel ruido cesó. La silueta humana que antes percibía, se había inmovilizado.
- Ya me han cogido - pensó - pero, ¿cómo
habría podido suceder?
No había observado nada anormal, y ahora
esto. ¿Sería de los suyos? ¿O un enemigo más?
Tenía que ser uno de los suyos. Ningún
soldado, o guardia civil iría solo aquella noche, y mucho menos por aquellos
parajes.
No obstante, la duda era razonable. No se
fiaba, no se podía fiar de nada ni de nadie.
Ya no podía aguantar más aquella situación.
Se decidió a dar el primer paso y, si era necesario, vendería cara su libertad.
En la oscuridad tanteó en el suelo buscando
algo con lo que defenderse. Un trozo de rama gruesa se pegó a su mano
derecha. Siguió palpando, ahora con la
mano izquierda, hasta que encontró una piedra. Ya se encontraba bien armado
para hacer frente a sus captores. No era gran cosa pero, prefería morir
luchando antes que volver a aquél maldito lugar. Además, si le apresaban con
vida, su muerte sería más lenta y dolorosa.
- Compañero - preguntó con una voz que
apenas si él mismo se escuchaba.
- Hola - respondió la otra persona.
En su voz se notó el estado de tranquilidad
que le había producido aquella palabra.
- ¿Eres tú, Camargo?- preguntó Paco al que,
por aquella voz la había asociado a uno de sus compañeros de prisión.
- Si, Santos, soy yo- le respondió con la
tranquilidad del saber que está junto a un amigo.
- Pero, ¿qué haces aquí?
- Lo mismo que tú, huir.
-Pero – titubeó – ¿cómo lo has hecho?
- Igual que tú, vi cómo te lanzaste a las
letrinas y decidí hacer lo mismo. Es preferible morir huyendo que permanecer un
día más en ese lugar.
- Pues vámonos antes de que se den cuenta de
nuestra escapada.
Joaquín Camargo, su compañero, había
realizado el plan de fuga en las mismas condiciones que Paco. Los dos
emprendieron el camino bajo el manto de la noche de aquellas tierras frías,
hacia otras más cálidas, las de la libertad.
Apenas si hablaban durante el camino. Solo
andaban y andaban. Querían dejar aquel horror atrás cuanto antes, y poner de
por medio la mayor tierra posible.
Dejaron atrás la llanura que bordeaba los
alrededores del campo de concentración y llegaron, ya bastantes alejados, a lo
alto de una loma cubierta de encinas. Fue entonces cuando, con unos matojos de
hierbas mojadas por el rocío de la noche, pudieron asearse un poco, aunque el
hedor no desaparecería tan fácilmente. Para poder disimular aquel fétido olor,
además de aliviarse de las ropas más manchadas, se frotaron con plantas
olorosas que el campo les ofrecía.
Aún no había amanecido cuando decidieron
subirse a una de las encinas para poder comer algo. Se dieron el más abundante
banquete que jamás habían pensado. Las bellotas les sabían a los más ricos
manjares que pudieran existir. Con razón, Cervantes decía que "la mejor
salsa para la comida, era el hambre".
Una vez saciada su hambre, continuaron la
marcha. En ese momento, no sabían hacia dónde iban, qué rumbo llevaban. Andaban
y andaban, sin saber adónde se dirigían.
La cena les había producido sed. Pero agua,
no encontraban por ninguna parte.
Había ya amanecido cuando por fin, después
de mucho andar, encontraron un pequeño riachuelo pudiendo saciar su sed, cuando ya creían que no
encontrarían agua alguna. Aprovecharon el río para desprenderse de aquellas
inmundicias en las que habían tenido que sumergirse y que aún les quedaban, así
como lavar las ropas que llevaban
puestas.
Una
vez secas estas, reanudaron la marcha.
Andaban y andaban. Pusieron rumbo al sur.
Bordeaban los pueblos que se encontraban en su camino para no ser vistos. Caminando de noche, y durmiendo, o más bien,
descansando de día, encaramados en la copa de cualquier árbol. Se turnaban en
la vigilancia para evitar ser sorprendidos.
Durante el camino lo habían decidido. Lo
mejor sería dirigirse hacia Sierra Morena. Estaba más cerca que el pueblo de
Paco y, además, aquello estaba plagado de
hombres y mujeres que luchaban contra la Dictadura española.
Cerca ya de Sierra Morena, cuando, desde
una colina oteaban el horizonte para buscar un lugar seguro donde descansar y
pasar el día, Paco observó, a lo lejos, cierto movimiento.
- Fíjate, Joaquín - dijo señalando en la dirección que veía los
movimientos - ¿qué ves allí a lo lejos?
- ¡Guardias! - respondió sin apenas mirar.
- No hombre, fíjate bien.
- Parecen pastores.
- Exacto, son pastores.
- Bueno, son pastores, ¿y qué?
- ¿No te das cuenta? Si hay pastores, hay
comida.
- Llevas razón, pero, ¿cómo le pedimos la
comida, sin saber de qué parte están?
- Esperaremos a que se alejen de la choza
para dar de beber al ganado. Seguro que allí guardan la comida. Entonces
bajaremos y comeremos.
Así lo hicieron. No tardaron mucho los
pastores en alejarse del lugar para dar de beber a las ovejas, pero a ellos les
pareció una eternidad.
Una vez alejados los pastores, arrastrándose por el suelo, ya que había
amanecido totalmente, y para evitar ser descubiertos, se acercaron a la choza.
Lo que encontraron ante sus ojos hacía
tiempo que no lo veían. Chorizos, morcillas, tocinos, pan. No es que hubiera
gran cantidad, pero su solo olor les invitaba a comerlos. En un saco
introdujeron parte de aquellos manjares y volvieron a su puesto inicial,
arrastrándose para evitar ser sorprendidos. Se dieron el mejor almuerzo que
jamás habían podido soñar. En aquellos momentos, no envidiaban ni al propio papa de Roma. El lo tendría todo, pero ellos tenían algo que él carecía:
juventud, cansancio, y hambre, mucha hambre.¿Cuánto tiempo llevaban sin comer
algo sólido, sustancioso?. Habían perdido la cuenta del tiempo transcurrido
desde la última vez que alguno de ellos había saboreado algo tan exquisito.
Localizaron un lugar junto a un arroyo,
entre juncos, que les pareció seguro. Allí descansaron durante un buen rato. Ya
en las estribaciones de Sierra Morena lo mejor sería caminar de día y descansar
por la noche, debido a lo escarpado de los accesos. Podían tener un traspiés y caer por
cualquiera de los barrancos que en grandes cantidades se prodigaban por aquel
lugar. También, por la noche, podrían encender alguna hoguera, con lo que,
además de mitigar el frío nocturno, alejarían a los lobos y cualquier otra
alimaña.
Sabían que, aquellas noches frías de la
navidad, los guardias no patrullarían, por lo que podrían descansar mucho más
relajados.
Al segundo día, observaron otro rebaño de
ovejas. Esta vez se armaron de valor y decidieron hablar con los pastores.
Tenían confianza en que no les delatarían. No podían aquellos hombres, que
seguramente habían dejado a sus familias para alimentar al ganado, ser malas
personas y dar el chivatazo a las autoridades. Querían saber cómo llegar hasta
donde se encontraban los que
luchaban en la sierra.
Tres pastores que ejercían la trashumancia,
guiaban sus rebaños por aquellas tierras. Conforme se iban acercando a ellos,
empezaron a oír los ladridos de los perros que acompañaban a los pastores.
Sabían del riesgo que ello les suponían, pero no tenían más remedio que
acercarse a los pastores. Estos inmediatamente se percataron de su presencia.
Calmaron a los perros y esperaron a que llegaran hasta su altura.
Los pastores escucharon atentamente las
preguntas que los dos fugitivos les hacían. Las respuestas que les dieron no
fueron nada agradables.
El jefe guerrillero que actuaba en aquella
parte de Sierra Morena era conocido por el sobrenombre de “Comandante Rios”[7]
Para poder unirse a los guerrilleros tenía
que conocer a alguien que estuviera dentro, o ir con alguno de aquellos
guerrilleros. El que el régimen franquista hubiera infiltrado a
"topos" en la sierra, había costado muchas víctimas, por lo que
habían tenido que tomar todo tipo de precauciones.
Ellos no conocían a nadie que estuviera
allí. Tampoco nadie les llevaría a los refugios guerrilleros ni les avalarían.
Entonces pensaron en buscar otra salida
a su futuro.
Decidieron encaminarse hacia la sierra de
Alozaina. Esa era la idea inicial de Paco, era la única y mejor solución que
les quedaban. Allí, Paco seguro que conocería a alguno de los guerrilleros.
Estaba convencido que algunos de sus paisanos estarían luchando en aquella
zona.
Estuvieron de acuerdo en la idea, y
emprendieron nuevamente el camino, esta vez con la intención de dirigirse hacia
la provincia de Málaga.
Varaos eran las partidas de guerrilleros
que luchaban en la zona de las sierras de Alozaina, Yunquera, Coín y otros
pueblos más de aquella zona.
Destacar, entre otros a “Rubio de
Brecia”, “Mandamás” o los hermanos “los
Cazalleros.”[8]
Varios kilómetros habían andado, y ya al
atardecer, se les interpuso en su camino una gran cañada. Al final de esta, una
catarata les impedía el paso. Decidieron pasar la noche en aquel lugar, y por
la mañana ver la mejor forma de salir de allí.
Aunque el espectáculo natural que ante
ellos ofrecía aquella cascada, era inigualable, también era un gran impedimento
para sus propósitos. Tendrían que dar un gran rodeo para seguir su camino,
debiéndose acercar a zonas no tan seguras como la que ellos llevaban. Estaban
ya en plena Sierra Morena y, circunstancias como aquella, se las iban a
encontrar más frecuentemente.
Las noches, en aquel mes de diciembre, en
aquellas sierras son largas y frías. Muy frías. Además, la escasez de ropa, ya
que las que poseían las tenían rotas por todos sitios, hacían que el frío aún
penetrara más en sus huesos. Pero la idea de la libertad les servía de manto a
aquellos jóvenes cuerpos.
Una vez de día, y en lo alto de un
montículo observaron una casa. Bueno,
aquello más que una casa era una choza. Estaba casi derruida por la acción de
las bombas, y parte de su techo, todo caído, cubierto por cañas y palmas.
Decidieron acercarse a ella y preguntar
dónde se encontraban. No pensaban estar en peligro, ya que, en aquella vivienda
no podían vivir personas adineradas. Los que allí estuvieran debían de ser
pobres, y los pobres estaban con ellos. No correrían peligro con acercarse y
preguntar.
Mientras Paco se acercaba a la puerta,
Joaquín se quedaba un poco rezagado. Llamó sigilosamente a la puerta y apareció
una mujer, con un vestido largo, negro y descolorido. Dos niños pequeños se
aferraban, uno a cada lado, a las faldas del vestido . Al momento, Paco respiró
más tranquilo. Sabía que podía confiar
en aquella mujer.
Con un gesto con la mano, Paco invitó a su
compañero a acercarse donde él se encontraba
Aquella mujer, sin vacilar, les indicó
dónde se encontraban, y la situación en la que España se había quedado una vez
finalizada la guerra. Paco, como todos los españoles presos de guerra, no tenía
información alguna del mundo exterior. Para ellos, les estaba vedada la
información referente a lo que ocurría fuera de los muros de las cárceles o las
alambradas de los campos de concentración.
Por ella supieron que se encontraban cerca
de Lora del Río, y que, a un kilómetro aproximadamente de allí, existía un
cercado de toros bravos. Con esta información, y sin nada que llevarse de
comida, ya que aquella pobre mujer no tenía nada que darles, se alejaron del
lugar con dirección al cercado de toros. Allí podrían descansar tranquilamente.
Nadie les molestaría, salvo algún toro bravo. Pero era preferible morir
empitonado por las astas de un toro, que a manos de cualquier falangista y
guardia civil lleno de odio.
Se dirigieron al lugar y, al alejarse de la
casa, se introdujeron en un olivar. Estuvieron andando toda la noche y todo el
día siguiente, siempre entre los olivos. Al caer la tarde, y de pronto, al
salir del olivar se dieron de cara con un pueblo: Alcalá de los Panaderos, en la
provincia de Sevilla, (su nombre actual es el de Alcalá de Guadaíra). Fue salir del olivar, y ya estaban casi en el
centro del pueblo.
No podían retroceder. Aquella era una
situación embarazosa, pero decidieron seguir adelante.
Pasaron por una calle, larga y estrecha.
Esta conducía, a través de un camino, a la estación del ferrocarril.
La recorrieron deprisa, sin correr, pero lo
más aprisa que podían. Debían alejarse
de aquella calle lo antes posible. Aquello era una trampa en la que no debían
caer.
De pronto, una voz a sus espaldas, les heló el cuerpo:
- ¡Alto! ¿Quién va? - sonó a sus espaldas.
- Gente de paz - contestaron, con una voz
quebrada por el temor.
Pudieron, al darse la vuelta, ver que era
un solo hombre, de mediana edad, moreno, con una camisa azul.
Al momento supieron que era un falangista,
por lo que, aunque sabían que era su enemigo, al ser uno solo, si intentaba dar
la alarma, venderían cara su libertad.
- ¿Lleváis la documentación? - preguntó el
falangista.
- Sí.¿Quiere Ud. verla? - respondieron,
casi al unísono, adelantándose hacia él.
Con una rápida mirada al falangista
pudieron observar que éste no iba armado.
- No. No hace falta - respondió - Id con
Dios.
- Adiós - respondieron.
No sabían qué había pasado. Posiblemente,
aquel hombre se había dado cuenta de quiénes eran, pero, tal vez, al ser uno
solo e ir desarmado, había temido por su vida. Posiblemente les había dejado
marchar, pero ahora se iría al cuartel de la Guardia Civil , daría
la alarma, y dentro de poco les estarían persiguiendo. Mucha fachada la de los
falangistas pero, al final, eran unos cobardes.
Una vez en el camino, fuera del pueblo,
emprendieron una veloz carrera. Ahora sí que tenían que correr. Se introdujeron
en un bosque cercano al pueblo, y, sin parar de correr, lo bordearon, en forma
de media luna, para tratar de despistar, si es que les perseguían. Una vez
alejados de aquél pueblo, cuando se aseguraron de que ya nadie les seguían,
decidieron descansar. Era el amanecer de un nuevo día, al que decidieron
dedicarlo a descansar. Estaban cansados, muy cansados. Las manos las tenían
agrietadas por los efectos del frío, además de numerosos rasguños ocasionados
por haber tenido que escalar por muchas rocas durante su recorrido por Sierra
Morena. Por la noche, emprenderían de nuevo el camino hacia Espera, pueblo de
la provincia de Cádiz, no muy lejano al lugar donde se encontraban. Joaquín era
de ese pueblo y toda su familia se encontraba allí. Pasarían a verlos, recoger
ropas y comida, y continuarían hacia la sierra de Alozaina, en las
estribaciones de la Serranía
de Ronda. No descartaban, debido a lo peligrosa que se estaba convirtiendo su
odisea, el de quedarse en aquella zona, si las circunstancias así lo
aconsejaban.
La noche la pasaron andando camino hacia
esa población gaditana. Allí ya se movían mejor, ya que Joaquín la conocía
bastante bien. Conocía los caminos, las fincas, los cortijos. Cuando estaba
amaneciendo, y desde un palmar en el que se habían escondido, divisaron un
cortijo. Era el cortijo de unos tíos de Joaquín.
En el palmar debieron aguardar a que
llegara la noche para acercarse al cortijo. Era muy peligroso el acercarse a
plena luz del día. Observaron minuciosamente todo lo que sucedía en sus
alrededores. Qué personas se acercaban, y quiénes salían. No querían sufrir
ningún contratiempo, y mucho menos, poner en peligro a la familia de Joaquín.
Muchos de los que entraban o salían del cortijo eran reconocidos por Joaquín,
pero no querían correr riesgos.
Era el día 3 de enero de 1940 y el frío ya
les estaba pasando factura. Sigilosamente, cuando anochecía, salieron del
cañaveral en el que habían permanecido
ocultos y se acercaron al cortijo. El recibimiento por parte de los familiares
fue inenarrable. Todo fueron atenciones hacia ellos.
La familia de Joaquín les dieron ropas
nuevas, comida en abundancia y unas alpargatas nuevas. Esta familia se desvivió
por su sobrino y su acompañante. Le pusieron al tanto del estado de la familia,
de sus padres... Les recomendaron que se alejaran de aquella zona. No había
lugar idóneo para esconderse, y la guardia civil realizaba constantes batidas
por los campos de la población para evitar cualquier intento de establecimiento
de guerrilleros.
Lo tenían todo preparado para antes de que
amaneciera emprender su camino, con fuerzas renovadas y con más ilusión que
nunca. Con aquellas ropas nuevas, pasarían más inadvertidos ante cualquier
persona con las que se cruzaran.
Debían de darse prisa. Antes del amanecer
partirían de aquél lugar y se volverían a esconder en el cañaveral.
De repente, unos golpes sonaron en la
puerta del cortijo:
- ¿Quién es? - preguntó el tío de Joaquín.
- ¡La justicia! - respondieron fuera.
Rápidamente, Paco y Joaquín se dirigieron
hacia una de las ventanas, para, a través de ella, huir hacia el campo.
Era imposible. La casa se encontraba
rodeada por guardias civiles y algunos paisanos, armados hasta los dientes, sin
ninguna posibilidad de huir.
Se escondieron entonces en una habitación.
En ella se encontraron una escopeta de caza. Paco la cogió con la intención de
vender cara su vida. Lo que había en la puerta no eran hombres dispuestos a
detener a unos presos fugados. Aquello era una manada de lobos hambrientos,
sedientos de sangre. Para ellos, aún no se había derramado bastante sangre en
los campos españoles. Querían más. Exponían, incluso, sus vidas, para detener a
uno de aquellos presos.
Paco, con la escopeta en las manos, se
dirigió a una de las ventanas, para, desde allí, disparar mejor.
- Pero ¿qué haces? - le dijo Joaquín.
- Vender caras nuestras vidas - respondió
Paco.
- Si disparas, llamarás la atención, y mis
tíos estarán en peligro.
Ante aquella nueva situación, Paco dejó la
escopeta en la habitación y, para evitar que hubiera represalias contra la
familia de Joaquín, decidieron entregarse.
Alguien les había visto entrar en esa casa
y había dado aviso a las autoridades.
- ¡Matadlos aquí mismo!
- ¡Hay que acabar con todos estos rojos!
Pero la Guardia Civil no
podía permitir que les sucediera nada malo durante el traslado.
Era la madrugada del día 4 de enero de
1.940.
Fueron ingresados en la cárcel del pueblo
para, al día siguiente, pasar a presencia del juez de paz.
Escoltados fuertemente por miembros de la Guardia Civil ,
fueron llevados a presencia del juez, quién, una vez interrogados, los devolvió
a la cárcel.
Pasaron varios días en aquella cárcel de
Espera. Días que se les hicieron cortos, ya que los familiares de Joaquín no
paraban de llevarles comida. Paco fue considerado como un hijo más. Jamás, a lo
largo de su vida, olvidaría a aquella familia.
Por mediación de esa familia, supieron que,
en la noche del día 7 de enero, gente del pueblo, capitaneados por algunos
falangistas querían, a través de la ventana de la cárcel, asesinarlos con la
connivencia de los guardias civiles que les custodiaban.
Llegada la noche, se instalaron en la
parte opuesta de la celda, por lo que, desde la ventana, era imposible verlos.
No obstante, aquel gentío, al ver que no podían llevar a cabo sus intenciones,
intentaron entrar por la puerta. Allí, la Guardia Civil les
impidió el paso.
- Dejadnos entrar - gritaban.
- Si por nosotros fuera os dejábamos - dijo
uno de los guardias- pero comprenderéis que nos jugamos el puesto.
Gracias a ello, pudieron salvar sus vidas.
Pasaron miedo, mucho miedo. Pensaban que
ese sería el final de sus vidas, y que morirían no en un campo de batallas,
sino desarmados y a manos de un grupo de cobardes que disimulaban sus miedos
amparándose en la multitud. Por suerte, aquellos guardias civiles que les
custodiaban no cedieron a las presiones y lograron salvarles de una muerte
segura.
Varios días después, llegó la noticia de la
decisión del juez de paz:
El tío de Joaquín quedó en libertad, al no
haberse podido demostrar que él había escondido a los fugados. Paco y Joaquín
deberían de ser trasladados a la cárcel de Arcos de la Frontera , población que
era cabeza de partido. De este pueblo, en la provincia de Cádiz, dicen que
se ve el lomo a los pájaros, debido a
que se encuentra en un monte, y que las aves anidan en sus laderas.
En la cárcel de este pueblo permanecieron
hasta el día 29 de enero de 1940, siendo trasladados a Cádiz, haciendo noche en
la cárcel de Jerez de la
Frontera.
El día 1 de febrero se celebró la vista del
juicio. En él debió de personarse el tío de Joaquín. A este último se le
confirmó lo anterior: inocente del cargo de ayudar a los escapados. A Joaquín y
Paco les imputaron el delito de fuga de centro penitenciario.
Tres meses después, la causa contra Joaquín
fue revisada. Una nueva sentencia: seis meses de cárcel. Después de dos años de
prisión, ahora le decían que solo tenía que haber cumplido seis meses. Fue
inmediatamente puesto en libertad.
A Paco, que se encontraba en la cárcel de
Cádiz, la noticia le llenó de alegría. Su compañero de fuga, su amigo, por fin
se uniría a su familia y podría vivir en libertad.
La despedida entre ambos se produjo entre
abrazos y lágrimas.
A pesar de la alegría que Paco sintió por
ver a su compañero salir en libertad, quedó triste. Un halo de envidia y
melancolía le recorría el cuerpo.
-¿Cuánto tiempo más debería de permanecer?
[1] Fuente: Superantolín, General de Brigada, en el forum La guerra Civil Española.
[1] Fuente: Superantolín, General de Brigada, en el forum La guerra Civil Española.
[3] La Ley de fugas es un tipo de ejecución extrajudicial que consiste en
simular la fuga de un detenido, especialmente cuando es conducido de un punto a
otro, para poder así suprimir la fuerza que lo custodia y encubrir el asesinato
del preso tras el precepto legal que permite hacer fuego sobre el fugitivo que
no obedece al "alto" conminatorio de los guardias. Para ello la
guardia de custodia se retrasaba en el camino por detrás del detenido hasta que
había la relativa distancia como para considerar que el preso se estaba
fugando. Se disparaba por la espalda para dar más credibilidad a la fuga. Los
presos empezaron a conocer esta añagaza y desde entonces se les disparaba por
la espalda, sin más.
[8] Guerrillero "Rubio
de Brecia". El campo inicial de esta
partida fue la zona de Coín
(1941), uniéndose poco después a la de "Mandamás", que había sido
creada unos meses antes. Sus operaciones alcanzaron los pueblos de Alhaurín de la Torre , Cártama y Alhaurin el Grande, antes de
moverse hacia Peñarrubia y Teba.
Tenían sus bases en la Sierra del Valle. En 1943 forman de nuevo
dos partidas, dada la importancia de sus efectivos (alrededor de 100 hombres). Rubio de Brecia se estableció durante
varios años en la Sierra de Abdalajis. En el invierno de
1944-45, "Mandamás" organiza otra partida por su cuenta. Entre sus
hombres encontramos a los hermanos "los
Cazalleros". Mientras tanto, "Rubio" se desplaza hacia la Sierra de Cortégicar y desde allí opera por
la zona de Tolox, Alozaina, Yunquera y
Casarabonela. A mediados de 1946 regresan a sus bases de la Sierra de Abdalajis, en la
que sería muerto en un apostadero de la Guardia Civil a
primeros de diciembre de 1946. El resto de la partida fue perseguida y
exterminada en unas pocas semanas.