jueves, 12 de marzo de 2015

Francisco Santos Rodríguez "Paco el Ditero". El destino de una vida, 3.ª parte

CIUDAD RODRIGO



“A los verdugos se les reconoce siempre,
tienen cara de miedo.”

                                                              Jean-Paul Sartre


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Antigua Audiencia y prisión de Ciudad Rodrigo (Salamanca)



    Paco llevaba una vieja maleta en la que transportaba un poco de ropa, una pastilla de jabón que su madre le había mandado en uno de los paquetes, y una cuchilla de afeitar. Esas eran sus únicas pertenencias. El dinero lo tenían, quien tenía, requisado por las autoridades carcelarias.
    Una vez se hubieron apeados del tren, una fina lluvia les daba la bienvenida a aquellas tierras. Apenas si pudieron vislumbrar el camino que debían recorrer, a causa de la oscuridad de la noche.

    El nuevo “hogar” que tenían reservado las autoridades franquistas para aquellos presos se encontraba a un kilómetro, aproximadamente, de la estación de tren de Ciudad Rodrigo. Conforme se acercaban, pudieron comprobar que aquello no era otra cosa que una nueva prisión de distinta forma, pero prisión al fin y al cabo.
    Son varias las versiones que sobre este tema se dan. Mientras algunos investigadores dicen que en Ciudad Rodrigo lo que existió fue una cárcel provisional instalada en el propio castillo de la ciudad, otros manifiestan que fue un campo de concentración, cuya vida fue de tan solo un año, y del que formaba parte el edificio del castillo.

    La verdad es que aquello no era otra cosa que un viejo caserío,  semiderruido, con un amplio patio interior. La parte superior estaba destinada a albergar las oficinas y habitaciones de los funcionarios. La parte inferior, las habitaciones destinadas al cuerpo de guardia. El patio, rodeado por columnas. Allí no existían brigadas, ni celdas, ni nada por el estilo. Eran las columnas del patio las que servían de “aposentos” de los presos.

    Los funcionarios de esta, con su director a la cabeza, les esperaban a la entrada de la misma. Una vez el capitán de la Guardia Civil entregó las documentaciones pertinentes, les fueron retirando las esposas. Aquel caserío era el penal de Ciudad Rodrigo, pueblo de Salamanca, cercano a la frontera con Portugal, regado por el río Águeda y cercano a la sierra de la Peña de Francia y las Hurdes.

    Era la noche del 30 de septiembre de 1939 cuando, una vez efectuado el recuento de todos ellos, el director de la prisión les indicó cuáles serían sus aposentos.
    Los que habían permanecido más tiempo en prisión, conocedores de todas estas situaciones, se apresuraron a elegir la "mejor habitación".
    Estas "habitaciones" eran mucho más cómodas que las que les tocaron a otros que no pudieron acceder a una de ellas. Estas “habitaciones” tenían la ventaja de proteger del frío que, durante el otoño, empieza a despuntar en esas tierras españolas.
    Pocas de esas "habitaciones", a la llegada de estos presos, quedaban libres, ya que, una mayoría de ellas se encontraban

ocupadas por presos que habían sido trasladados desde Cataluña, de entre 60 y 70 años de edad. No obstante, aquellos hombres eran solidarios y pudieron acomodarlos junto a ellos.
   Paco, aferrado a sus pertenencias, se colocó junto a una de aquellas columnas y se puso en cuclillas.

   - Hola, hijo – le saludó su compañero de “habitación”.

   - Hola – le respondió con  voz medio apagada.

    - Me llamo Antonio, ¿y tú?

    - Paco- miró aquel cuerpo medio esquelético tendido sobre el suelo, del que le separaba una fina manta de rayas de color marrón, con la cabeza apoyada sobre una maleta, colocada en la base de aquella columna - ¿Cómo estás?  

    - Ya ves, aguantando – movió su cuerpo, intentando recomponerlo y ponerse más derecho, expresando con ese gesto las pésimas condiciones en las que se encontraba.

    - Puedes dejar tus cosas en esta parte – señaló la parte vacía de la base de la columna, junto a su maleta. – Si te colocas en ese otro lado te morirás de frío – le aconsejó refiriéndose a la parte que quedaba expuesta al exterior de los soportales.
    Una vez acomodados, pasaron a recoger la comida. Después de tres días, desde el día anterior a su partida de Málaga, sin probar bocado, un poco de lentejas aguada les supo a gloria.

    Esa fue una de las novedades que existía en esta prisión.  Otra de las novedades es que no existía el toque de corneta. Aquí, un funcionario daba unas palmadas con las que llamaba la atención de todos los presos, y comentaba, en voz alta, lo que se pretendía.

Eran las cuatro de la madrugada cuando, después de comer, se dieron las palmadas y la orden de dormir.
    No era fácil dormir en tales circunstancias. La escasez de ropa, la falta de mantas, además de la falta de un techo que aminorara las inclemencias climatológicas se unieron para que no pudieran pegar ojo en toda la noche.

    Al despuntar el día, se oyeron las palmadas del funcionario y la orden de recoger jabón y toallas para pasar al lavabo.
    Su compañero Antonio, hombre de unos 63 años, de pelo cano, se le apreciaba una ligera calvicie, desde el comienzo de las sienes hasta la coronilla. Era, como la mayoría de los que allí se encontraban, de Cataluña. Este le fue explicando los rituales diarios de aquella cárcel.
    Todos en fila, salieron al exterior de la prisión. Desde la puerta, hasta los lavabos, dos hileras de soldados, entre los cuales pasaban, encabezando la comitiva, el funcionario, y detrás, todos los presos. El final de ese pasillo era los lavabos: una alberca con el agua congelada debido a las bajas temperaturas sufridas durante la noche. Debían de romper el hielo con las manos para poder coger agua con la que asearse. Todos sin excepción alguna tenían que desnudarse de cintura para arriba, lavarse bien la cabeza, espaldas, pecho, brazos... Todo era concienzudamente revisado por un funcionario. El que no lo hiciera tenía su castigo: lo introducían directamente en la alberca para su  escarmiento.

     No, la higiene no estaba mal en aquel lugar. Pero en otoño, con bajas temperaturas y mal alimentados, pocos aguantaban el baño matutino.



    Una de las mañanas, un anciano, de unos 70 años, de pelo blanco, medio encorvado y casi esquelético, se dirigió a uno de los guardias y le dijo:

   - Guardia, por favor, ¿podría no desnudarme hoy?, es que he tenido mucha fiebre esta noche y no me encuentro bien.

    El guardia le miró de arriba a bajo, notándose en dicha mirada el desprecio y el odio que desprendía hacia aquel anciano. Llamó a otros dos guardias y comentó:

   -¡Oíd bien! Este tío no se quiere bañar. ¿Qué hacemos con él?

    No hubo más palabras. Entre los tres le desnudaron completamente y, asiéndolo por los brazos y piernas,  lo lanzaron al agua helada de la alberca, entre risas y frases como:

     – ¡Lávate ya, rojo del demonio!
     – Ese cuento se lo cuentas a otro.

    Cuando sus compañeros lo sacaron, aquel pobre hombre estaba más muerto que vivo. Lo trasladaron a su "habitación", donde aquella noche, ayudado por el frío reinante, falleció.
    Cuando, al día siguiente los funcionarios descubrieron el cadáver, se lo comunicaron al director. Este hizo su presentación oficial ante los recién llegados diciendo:

    - No quiso un caldo, y se tomó tres tazas. Ya me iréis conociendo. Mi nombre es Pedro Morales Fraile. Procurad andar bien, si no queréis seguir sus pasos.

    Al igual que en la cárcel de Málaga, se sucedían diariamente, y a horas distintas, el rito de las formaciones, el recuento de los presos, los vivas y las arengas reglamentarias del funcionario de turno, o del director de la prisión.
    Cada día, conforme se acercaba el invierno, los efectos del frío hacían mella entre los presos. Raro era el día que no aparecía uno de ellos muerto por congelación junto a una de las columnas, en el corredor del patio, o en el propio patio. Ni el que se juntaran varios de ellos en un rincón del patio, a fin de mitigar el frío reinante, o que se dieran friegas con las manos para entrar en calor, podían evitar que la muerte hiciera su aparición. La falta de comida y abrigos estaba acabando con las pocas fuerzas que tenían. Eran los mayores los primeros que caían enfermos o, directamente, morían. La muerte se había establecido allí de forma definitiva.

    Una de las mañanas, un grupo de presos, guiados por un funcionario, y escoltados por soldados, fueron a trabajar a la iglesia del pueblo.
    La Iglesia, aliada con el nuevo régimen, el cual le estaba dando una serie de privilegios que antes no tenía, adquiría un poder incluso más importante que el Ejército o la propia Guardia Civil.
    Muchas son las obras que, para la Iglesia, debieron realizar los presos en la posguerra española: reparación de campanarios, iglesias, conventos…Todo ello con la mano barata que proporcionaban los presos.

    Dos de aquellos presos, en un descuido de sus vigilantes, echaron a correr y se dieron a la fuga.
    Mejor hubiera sido que no lo hicieran.
    A los pocos minutos se dio aviso a la Guardia Civil y los campos de Ciudad Rodrigo se convirtieron en un verdadero hormiguero de hombres, caballos y perros, a la caza y captura de aquellos dos pobres hombres. Aquello parecía una cacería en la que, las piezas a cobrar, eran dos "rojos".

    Poco tardó la aventura de aquellos hombres en finalizar. Fueron capturados y trasladados nuevamente a la prisión. Todos los presos, junto a los guardias, estaban formados en el patio, cuando la Guardia Civil entregó a los dos escapados. Traían las ropas rotas, desgarradas por los mordiscos de los perros que les habían capturados, y ensangrentados por los golpes propinados por sus captores. El director de la prisión les dio un recibimiento muy particular: se abalanzó sobre ellos dándoles patadas y puñetazos por todos lados. Aquello no era una persona, más bien parecía un animal salvaje enfurecido.



    Cuando sació sus instintos, les mandó desnudarse, retirarles las mantas y las pocas ropas de abrigo que tenían, y les ató a unas argollas que estaban incrustadas en las columnas. Les había atado corto, con lo que no podían ni tan siquiera sentarse. Así los dejó durante todo el día. Nadie podía acercarse a ellos, a riesgo de correr la misma suerte, desnudos y atados a las argollas.
    Cuando llegó la noche, los demás presos, a rastras, se acercaban para, frotándoles con las manos, hacer que tuvieran un poco de calor. Esto se tenía que realizar de forma silenciosa, ya que los funcionarios no dejaban que nadie se acercara a ellos y con riesgo de que, si te descubrían, correr la misma suerte que aquellos dos infelices. Igualmente, y de vez en cuando, el director efectuaba una visita a los dos hombres, para que, en ningún momento se durmieran.

    - ¡Venga, hijos de la Pasionaria! - les decía - ¡Arriba ese pecho, que os vais a congelar!

    Poco aguantaron los dos presos. A la mañana siguiente ya habían muerto. El frío reinante, y los tratos del director habían acabado con sus vidas.

    Esa situación duró varias semanas, hasta que, un buen día, el director de la prisión abandonó aquel  lugar. Los rumores se habían extendido inmediatamente por toda la prisión: el teniente que estaba al mando de los soldados había denunciado la situación que se estaba produciendo, los malos tratos que, no solo el director consentía, sino que él mismo ejercía,  y lo habían trasladado a otra cárcel.
    Allí continuaría con su particular forma de tratar a los prisioneros enemigos. Pero al menos allí, en Ciudad Rodrigo, ya no realizaría más acciones a las que estaba acostumbrado.

    La cosa había cambiado. Seguía estando en una prisión. En una prisión franquista. Pero, al menos, las aberraciones que aquel hombre ejercía sobre los presos, habían cesado.

    Pero el nuevo director, aunque no ejercía la violencia física contra los prisioneros, tenía otra forma de extender el miedo por toda la prisión. Este lo hacía de forma psicológica. Les llamaba a su despacho y les contaba cosas inciertas sobre el estado de sus familiares, de sus padres, esposas o hijos. Les quitaba las ganas de vivir lentamente, de forma que solo los sádicos saben hacerlo.
    Muchos de ellos se suicidaron, al decirles que sus padres habían muerto; o que le habían dado por muerto y su mujer se había vuelto a casar… Otros simplemente enloquecieron.

    Los discursos que ante los prisioneros se marcaba este nuevo director también influían psicológicamente entre ellos.

   -“Sabéis que habéis perdido la guerra –les decía- y que por ello no sois nada. Ahora estáis para hacer lo que nosotros, los vencedores, queramos. Vuestras vidas está en nuestras manos y por Dios que vais a pagar muy caro el haber luchado contra nosotros.”

    Por suerte para Paco esta nueva situación no duró mucho tiempo.
    El día 20 de octubre de 1939, como era habitual, y por la mañana, se les indicó a los presos que preparaban sus cosas que había traslado. No había más información. Nadie sabía nada de su nuevo destino. Tampoco podían preguntar. Aunque lo hicieran, la respuesta era una negativa, o una callada.
    Se despidió con un fuerte abrazo del que había sido su compañero, no solo de “habitación” sino también de sus confidencias. Este quedaría allí y, pensaba Paco, no dudaría mucho tiempo, ya que su salud se había deteriorado bastante.
    Menos de un mes había durado su estancia en Ciudad Rodrigo, pero la había vivido intensamente. Los acontecimientos habidos allí le habían hecho sentirse en permanente alerta.

    Un largo pasillo de guardias civiles y soldados les conducirían, una vez más, desde la prisión a la estación de tren de Ciudad Rodrigo. Esposados de dos en dos fueron introducidos en un tren destinado al transporte de ganados. La situación, como se puede imaginar, era incómoda a todos los efectos. En una mano, la maleta, y la otra, esposada a su compañero.
    En este tren no había asientos, por lo que los guardias les obligaron a sentarse apelotonados en el suelo del vagón. El olor a ganado persistía en el ambiente, mientras en el suelo aún quedaban restos de los excrementos y orines dejados por los animales que había transportado aquel tren.





                               CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE CASTUERA



“El que vive de esperanzas corre el riesgo
de morirse de hambre.”

                                                                          Benjamin Franklin


Campo  de concentración de Castuera (Badajoz)
 Este tren, especial para aquellos presos, no hacía ningún tipo de escala. Era totalmente directo desde el punto de partida, hasta el nuevo destino: Castuera, en la provincia de Badajoz.


    El viaje duró mucho menos que el anterior. La distancia más corta y el no hacer paradas contribuyeron a ello.


    Una vez en la estación de destino, se efectuó el mismo procedimiento que en la de partida. Guardias civiles los vigilaban desde la estación hasta la prisión.
    Cuando salieron de aquel vagón, el cambio de temperatura fue radical y a algunos, el clima reinante y las malas condiciones en las que habían viajado no les ayudaban a caminar. Varios de aquellos hombres, nada más bajarse del tren, cayeron desmayados al suelo.
   Pero los guardias debían cumplir con su horario y obligaron a otros presos a que los llevaran a hombros hasta el lugar de destino. Entre todos se tenían que ir relevando para evitar, debido a las pocas fuerzas que les quedaban, caer ellos también.

    Esta prisión no era como las anteriores en las que Paco había estado, era un campo de concentración.

    Era el primer campo de concentración que Paco veía, y lo asimilaba a los del resto de España. De hecho,el de Castuera era el mayor campo de concentración de España.
    Estaba situado en una explanada cerca del pueblo y de la vía férrea. A la izquierda había un montículo bastante alto.
    Tenía 10 calles de barracones. Cada calle tenía 10 barracones. Estaba rodeado todo el campo por una alambrada de 4 metros de altura y 4 de ancha. Las dimensiones de los barracones eran de 15, 50 metros de largo por 4,50 metros de ancho.

    Los barracones tenían las paredes de madera y los techos de uralita o de chapa. No había camas, por lo que los prisioneros tenían que dormir en el suelo, que era de tierra, apiñados unos contra otros para mitigar el frío, Muy pocos eran los que tenían alguna manta. Paco, como la mayoría de los prisioneros, solo llevaba la ropa, gastada y raída. Cada barracón disponía de dos ventanas. Y nada más.
    En cada barracón se hacinaban unas 90 personas, dependiendo de las entradas y salidas que se producían.
    Por tanto, en aquella época en el campo de concentración de Castuera convivían unos 8500 o 9000 prisioneros.
    Este campo ocupaba una extensión de unos 75.000 metros cuadradosPegadas por fuera al perímetro de zanjas estaban establecidas garitas, con unos cuarenta centinelas.

  Allí, una paliza, un tiro, no tenían la más mínima importancia, además de ser cosa habitual.

    Este campo de concentración, entre otros, estaba vigilado por falangistas. Este cuerpo paramilitar estaba alentado por el odio hacia las personas que profesaban ideas de izquierdas, por lo que, para ellos, matar a uno de los presos, más que una necesidad de evitar una fuga, era toda una satisfacción. Había un rojo menos, y eso, para ellos, era lo verdaderamente importante. Más tarde, con Paco ya fuera del mismo, la vigilancia correría  a cargo de legionarios.

    El jefe del campo era el comandante Ernesto Navarrete, natural de la población de Fuente de Cantos[1].
    La situación en este, como en casi todos los campos de concentración, era insostenible.

      En el campo de concentración de Castuera,[2] había tres sacas a la semana, los soldados custodios disparaban hacia los barracones de los prisioneros, el que hacía diana sobre algún prisionero, se le concedía 2 meses de permiso .

     La paliza estaba garantizada si los prisioneros se agrupaban en el campo o se retrasaban al toque de corneta para izar o bajar la bandera. Muchos de los castigos eran en parte por el temido “cabo de varas” que no era más que un prisionero de buena conducta a las órdenes directas del jefe de campo, y su uniforme consistía a parte del usual, era un blusón acampanado .
  Tampoco nos podemos olvidar de la tan conocida ley de fugas”[3] .

    Entre los barracones había una explanada a la que los presos llamaban “la plaza” y que era el lugar donde debían formar cada vez que les citaban. Al final de la plaza había instalada una gran cruz de cemento. A la derecha de la plaza se encontraba la bandera.

    Cuando llegaron, ya habían servido la cena, si cena se le puede llamar a lo que allí ponían de comer, por lo que, a los recién llegados, después de todo el día sin comer, les dieron una lata de sardinas, para cada dos presos. La lata contenía cinco sardinas. Esa fue la cena, sin más pan, ni nada supletorio. Hasta el día siguiente no les dieron mantas.
    Aquella noche, Paco no pudo dormir. Las condiciones, al igual que en su anterior destino, eran pésimas, tirados en el suelo, como si fueran perros.
    Había, en dicho campo de concentración, una forma muy particular de ir al servicio durante la noche. Cada preso disponía de una pequeña lata donde, y tumbado, sin poder levantarse, hacían sus necesidades. Si  alguno se levantaba, estaba expuesto a recibir una ráfaga de ametralladora.
    Los guardias que les vigilaban estaban deseosos de que uno de aquellos presos se levantara para abatirlo a tiros. Treinta duros y quince días de permiso se escondían detrás de cada preso que moría abatido por las balas de sus vigilantes.

    Las buenas disposiciones dictadas por la Inspección y los Servicios Sanitarios plasmadas en los papeles a título oficial, las más de las veces se quedaron tan solo en eso, en buenas disposiciones. Piojos, miseria, hedor y enfermedad fueron los compañeros habituales en el auténtico devenir de la vida del prisionero.

    Hacinados, mal equipados (cada uno dependía casi exclusivamente de las pertenencias personales que portara en el momento de ser apresado, y no siempre se les permitió conservarlas) y peor alimentados, por mucho que la propaganda del régimen hablara de dietas modélicas, variadas y ricas en calorías, la vida del preso se convirtió en una rutinaria lucha por sobrevivir. [4].

    Por las mañanas, cuando después del toque de diana se abría la puerta del campo, todos debían de correr para recoger el agua que deberían beber y poder asearse, de una charca próxima al recinto. Había que apresurarse en llegar de los primeros. Los últimos lo que recogían era agua embarrada. Deberían dejarla en el plato, para que se asentara el barro, y así poder beber de ella.
    Un día, para comer una sardina y un pedazo de pan. Otros, un puñado de altramuces amargos. Unos morían de hambre. Otros a golpes. Otros, desesperados, intentaban salir de aquel infierno y caían bajo las balas de los falangistas, los legionarios, o quien estuviera vigilando.
    Ni los perros se acercaban al lugar, por temor a que acabaran con ellos a tiros.

    Un prisionero del campo de concentración de Castuera, Juan Misut Cañadilla, retrató perfectamente el drama que a diario se vivía en el campo de concentración de Castuera,  en el poema titulado El campo de la cruz negra[5]

 ¡Campo de concentración
de la ciudad de Castuera!
Cementerio de hombres vivos
en purgatorio de ideas
que esperaban anhelantes
el final de la tragedia.
Un espacio rodeado
por espinosa alambrera
con foso profundo y ancho
guardado por centinelas
que cantaban por la noche
sus fatídicas alertas.
Noventa y dos barracones
con armazón de madera
y techumbre de uralita
que destilaban candela,
donde diez mil prisioneros,
ocultaban su pobreza
entre nubes de piojos
y lecho de dura tierra.
Todas las plagas humanas
hacían acto de presencia
pero sobre todo el hambre,
un hambre feroz y terca,
que manchaba voluntades
y sobornaba flaquezas
al no tener al alcance
para comer ni la hierba;
ni agua para lavarse,
ni asiento para las piernas;
por retrete varias zanjas,
pico y pala a toda vela…

    Cinco días llevaba ya Paco en aquel infierno cuando, por la mañana, sintió mareos. Quería permanecer consciente, pero la debilidad que ya su cuerpo tenía, no le dejaba. Sentía cómo sus fuerzas le abandonaban, y perdió por completo el conocimiento.
    Varios minutos permaneció desmayado. Cuando volvió en sí, los compañeros le habían trasladado al barracón donde se encontraba la enfermería. No había ningún médico, ¿para qué, si aquello era la antesala de la muerte?. Solo un enfermero, que también era prisionero e incapaz de recetarle cualquier tipo de medicina ¿o es que no había medicinas en aquel lugar?. Lo cierto es que no necesitaba medicinas, necesitaba comer. Era la enfermedad que causaba más muertes, además de los fusilamientos, en aquel campo de concentración.
   Comprendió que, si no hacía algo, no duraría mucho tiempo vivo.

    Una vez fuera de la enfermería, la idea de fugarse empezó a rondarle la cabeza.
    Difícil de llevar a cabo una fuga de aquel lugar se lo habían puesto, pero no tenía más remedio que intentarlo.
    Difícil, por no decir imposible, era la fuga de aquel lugar de muerte y horror, rodeado de alambradas, fosos y centinelas. Pero él estaba decidido. Tenía que encontrar la forma de salir de aquel lugar, aunque, en ello le costara la vida. Más valía morir en el empeño, que de hambre o a golpes en aquel maldito lugar.
    Sin embargo, no podía decir nada a nadie. Los infiltrados por parte de las autoridades, al igual que aquellos que creían que, por delatar a sus propios compañeros, les dejarían libre, hacían que todo el plan que se preparara permaneciera en el más absoluto de los silencios.
    Ese, entre otros, era uno de los temas de conversación más habituales entre los prisioneros.

    El campo estaba rodeado por una doble alambrada de espinos, con crucetas cada medio metro. Enredadas en ellas, latas y cencerras, por si alguien trataba de escapar, hacer sonar tan rudimentaria alarma. En cada una de las esquinas del campo, sobre una torreta, una ametralladora, y en espacios de cada diez metros, un centinela. Además, y rodeando todo el perímetro del campo, se había excavado una zanja de unos dos metros de profundidad, por un metro y medio de ancho.

    Muchos eran los que lo habían intentado, pero ninguno lo había conseguido hasta entonces. O bien morían al intentar atravesar las alambradas por las balas de los centinelas, o eran atrapados y  posteriormente fusilados delante de todos, para escarmiento de estos.

    Los prisioneros estaban a cargo de las comisiones de clasificación del Estado mayor del ejército del sur (21 División nacionalista) y el trabajo judicial les obligo a crear la Auditoría de Mérida (Decreto 8 nov. 1939) Los prisioneros eran clasificados como:



1. A, afectos al régimen
2. Ad, adheridos dudosos
3. B, desafectos sin pruebas
4. C y D, izquierdistas destacados
[6]

    Él no sabía en qué grupo le habían encuadrado, pero seguro que tenía que estar en uno de los peores.

    Desde el interior del campo de concentración, Paco veía los verdes campos, palpaba la libertad, pero no podía acceder a ella. Tenía que salir de allí como fuera.
    En el campo de concentración las letrinas, que era el lugar destinado para que los presos hicieran sus necesidades fisiológicas, era una amplia zanja en el suelo, situada fuera de los límites demarcados por las alambradas. El porqué las letrinas estaban situadas fuera de aquel infierno fortificado, Paco no lo supo.  
    Posiblemente las habían realizado fuera porque las primitivas, debido a la falta de agua y limpieza, estaban repletas de inmundicias. Aún así y todo, el campo despedía un olor casi insoportable.
    Este campo de concentración estuvo operativo desde abril de 1939 hasta el 20 de febrero de 1940, en el que fue desmantelado.

    Paco, después de llevarse todo el día pensando la forma de fugarse de aquel maldito lugar, encontró la fórmula para hacerlo.
    Sabía que durante el día existía vigilancia exterior junto a las letrinas, pero al atardecer la retiraban. Eso le daba una ventaja. Otra de las ventajas que barajó fue lo que le había ocurrido el día anterior.
Aquel desmayo era una baza a su favor.

    Llegado el anochecer, y antes de que se retirara la vigilancia, Paco se acercó a las letrinas. Se puso en posición de estar defecando, y, cuando creyó que nadie le miraba, se dejó caer en aquel río de excrementos que llenaba la zanja. Se lanzó de espaldas, como si de una piscina se tratara, y aguantó la respiración todo lo que pudo.

   Creía que los pulmones le iban a estallar. Todo el cuerpo le temblaba. Pudo sacar levemente la cabeza, para intentar  respirar algo de aire.
    Los guardias daban las últimas órdenes de retirada hacia el campo a los que quedaban cerca de las letrinas.

    - ¡Mirad bien, que no se quede nadie!- ordenaba uno.

    - Aquí no hay quien pare - le replicaba otro - estos huelen peor que los muertos.

    - Maldita sea, llevas toda la razón. Vámonos antes que vomite.

    -¿Qué pasaba?- se preguntaba Paco - ¿Le habrían visto y se hacían los locos, o es que, verdaderamente, había logrado burlarles?

    La duda le embriagaba, pero ya no podía dar marcha atrás. Si lo descubrían, pondría como argumento el que se había desmayado.
    Todos sabían que el día anterior ya le había sucedido. Era la  baza que tenía escondida en la otra manga.

    Era el anochecer del día 22 de diciembre de 1.939. Paco permaneció inundado en los excrementos, mezclados con la orina, estancados en la zanja durante bastantes meses, hasta que oscureció totalmente.









                                                                     LA FUGA


“Se llama memoria a la facultad de acordarse de aquello que quisiéramos olvidar.”

                                                                                                                          Daniel Gelin
           

 Respiró más tranquilo. La primera parte de su plan estaba sucediendo tal como lo había planeado.


    Logró salir de la letrina y, a rastras, empapado en aquel líquido viscoso y nauseabundo, y, tiritando de frío, se arrastró hasta una zona de árboles cercana.

    El corazón le latía de tal forma que parecía que se le saldría de su sitio. No observaba nada extraño. Ningún movimiento de guardias dando la voz de alarma, ni perros ladrando y rastreando. Nada. El silencio solo era roto por los ruidos normales del campo.
    Se sentía libre, pero aún temeroso de que los guardias pudieran darle alcance. El camino sería largo y peligroso, desde aquel maldito infierno hasta la sierra de Alozaina, su pueblo, lugar al que había pensado llegar. Allí se uniría a los guerrilleros que luchaban contra las tropas de Franco, y defendería, hasta la muerte si era preciso, su libertad.

    Llevaba recorridos apenas unos doscientos metros, cuando oyó ruidos distintos a los anteriores. Alguna persona, o tal vez un animal, se movía entre aquellos árboles.  En la oscuridad de la noche, observó la silueta de un hombre. De pronto, aquel ruido cesó. La silueta humana que antes percibía, se había inmovilizado.

    - Ya me han cogido - pensó - pero, ¿cómo habría podido suceder?

    No había observado nada anormal, y ahora esto. ¿Sería de los suyos? ¿O un enemigo más? 

    Tenía que ser uno de los suyos. Ningún soldado, o guardia civil iría solo aquella noche, y mucho menos por aquellos parajes.
    No obstante, la duda era razonable. No se fiaba, no se podía fiar de nada ni de nadie.
    Ya no podía aguantar más aquella situación. Se decidió a dar el primer paso y, si era necesario, vendería cara su libertad.
    En la oscuridad tanteó en el suelo buscando algo con lo que defenderse. Un trozo de rama gruesa se pegó a su mano derecha.  Siguió palpando, ahora con la mano izquierda, hasta que encontró una piedra. Ya se encontraba bien armado para hacer frente a sus captores. No era gran cosa pero, prefería morir luchando antes que volver a aquél maldito lugar. Además, si le apresaban con vida, su muerte sería más lenta y dolorosa.

    - Compañero - preguntó con una voz que apenas si él mismo se escuchaba.

    - Hola - respondió la otra persona.

    En su voz se notó el estado de tranquilidad que le había producido aquella palabra.

    - ¿Eres tú, Camargo?- preguntó Paco al que, por aquella voz la había asociado a uno de sus compañeros de prisión.

    - Si, Santos, soy yo- le respondió con la tranquilidad del saber que está junto a un amigo.  

    - Pero, ¿qué haces aquí? 

    - Lo mismo que tú, huir.

    -Pero – titubeó – ¿cómo lo has hecho? 

    - Igual que tú, vi cómo te lanzaste a las letrinas y decidí hacer lo mismo. Es preferible morir huyendo que permanecer un día más en ese lugar.

   - Pues vámonos antes de que se den cuenta de nuestra escapada.



    Joaquín Camargo, su compañero, había realizado el plan de fuga en las mismas condiciones que Paco. Los dos emprendieron el camino bajo el manto de la noche de aquellas tierras frías, hacia otras más cálidas, las de la libertad.

    Apenas si hablaban durante el camino. Solo andaban y andaban. Querían dejar aquel horror atrás cuanto antes, y poner de por medio la mayor tierra posible.
    Dejaron atrás la llanura que bordeaba los alrededores del campo de concentración y llegaron, ya bastantes alejados, a lo alto de una loma cubierta de encinas. Fue entonces cuando, con unos matojos de hierbas mojadas por el rocío de la noche, pudieron asearse un poco, aunque el hedor no desaparecería tan fácilmente. Para poder disimular aquel fétido olor, además de aliviarse de las ropas más manchadas, se frotaron con plantas olorosas que el campo les ofrecía.

    Aún no había amanecido cuando decidieron subirse a una de las encinas para poder comer algo. Se dieron el más abundante banquete que jamás habían pensado. Las bellotas les sabían a los más ricos manjares que pudieran existir. Con razón, Cervantes decía que "la mejor salsa para la comida, era el hambre".

    Una vez saciada su hambre, continuaron la marcha. En ese momento, no sabían hacia dónde iban, qué rumbo llevaban. Andaban y andaban, sin saber adónde se dirigían.
    La cena les había producido sed. Pero agua, no encontraban por ninguna parte.
    Había ya amanecido cuando por fin, después de mucho andar, encontraron un pequeño riachuelo pudiendo  saciar su sed, cuando ya creían que no encontrarían agua alguna. Aprovecharon el río para desprenderse de aquellas inmundicias en las que habían tenido que sumergirse y que aún les quedaban, así como  lavar las ropas que llevaban puestas.
   Una vez secas estas, reanudaron la marcha.

    Andaban y andaban. Pusieron rumbo al sur. Bordeaban los pueblos que se encontraban en su camino para no ser vistos.  Caminando de noche, y durmiendo, o más bien, descansando de día, encaramados en la copa de cualquier árbol. Se turnaban en la vigilancia para evitar ser sorprendidos.

    Durante el camino lo habían decidido. Lo mejor sería dirigirse hacia Sierra Morena. Estaba más cerca que el pueblo de Paco y, además, aquello estaba plagado de hombres y mujeres que luchaban contra la Dictadura española.
    Cerca ya de Sierra Morena, cuando, desde una colina oteaban el horizonte para buscar un lugar seguro donde descansar y pasar el día, Paco observó, a lo lejos, cierto movimiento.

    - Fíjate, Joaquín - dijo  señalando en la dirección que veía los movimientos - ¿qué ves allí a lo lejos?

    - ¡Guardias! - respondió sin apenas mirar.

    - No hombre, fíjate bien.

    - Parecen pastores.

    - Exacto, son pastores.



    - Bueno, son pastores, ¿y qué? 

    - ¿No te das cuenta? Si hay pastores, hay comida.

    - Llevas razón, pero, ¿cómo le pedimos la comida, sin saber de qué parte están? 

    - Esperaremos a que se alejen de la choza para dar de beber al ganado. Seguro que allí guardan la comida. Entonces bajaremos y comeremos.

    Así lo hicieron. No tardaron mucho los pastores en alejarse del lugar para dar de beber a las ovejas, pero a ellos les pareció una eternidad.
    Una vez alejados los pastores,  arrastrándose por el suelo, ya que había amanecido totalmente, y para evitar ser descubiertos, se acercaron a la choza.

    Lo que encontraron ante sus ojos hacía tiempo que no lo veían. Chorizos, morcillas, tocinos, pan. No es que hubiera gran cantidad, pero su solo olor les invitaba a comerlos. En un saco introdujeron parte de aquellos manjares y volvieron a su puesto inicial, arrastrándose para evitar ser sorprendidos. Se dieron el mejor almuerzo que jamás habían podido soñar. En aquellos momentos, no envidiaban ni al propio papa de Roma. El lo tendría todo, pero ellos tenían algo que él carecía: juventud, cansancio, y hambre, mucha hambre.¿Cuánto tiempo llevaban sin comer algo sólido, sustancioso?. Habían perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde la última vez que alguno de ellos había saboreado algo tan exquisito.

    Localizaron un lugar junto a un arroyo, entre juncos, que les pareció seguro. Allí descansaron durante un buen rato. Ya en las estribaciones de Sierra Morena lo mejor sería caminar de día y descansar por la noche, debido a lo escarpado de los accesos.  Podían tener un traspiés y caer por cualquiera de los barrancos que en grandes cantidades se prodigaban por aquel lugar. También, por la noche, podrían encender alguna hoguera, con lo que, además de mitigar el frío nocturno, alejarían a los lobos y cualquier otra alimaña.
    Sabían que, aquellas noches frías de la navidad, los guardias no patrullarían, por lo que podrían descansar mucho más relajados.

    Al segundo día, observaron otro rebaño de ovejas. Esta vez se armaron de valor y decidieron hablar con los pastores. Tenían confianza en que no les delatarían. No podían aquellos hombres, que seguramente habían dejado a sus familias para alimentar al ganado, ser malas personas y dar el chivatazo a las autoridades. Querían saber cómo llegar hasta donde se encontraban los que luchaban en la sierra.

    Tres pastores que ejercían la trashumancia, guiaban sus rebaños por aquellas tierras. Conforme se iban acercando a ellos, empezaron a oír los ladridos de los perros que acompañaban a los pastores. Sabían del riesgo que ello les suponían, pero no tenían más remedio que acercarse a los pastores. Estos inmediatamente se percataron de su presencia. Calmaron a los perros y esperaron a que llegaran hasta su altura.
    Los pastores escucharon atentamente las preguntas que los dos fugitivos les hacían. Las respuestas que les dieron no fueron nada agradables.
    El jefe guerrillero que actuaba en aquella parte de Sierra Morena era conocido por el sobrenombre de “Comandante Rios”[7]
    Para poder unirse a los guerrilleros tenía que conocer a alguien que estuviera dentro, o ir con alguno de aquellos guerrilleros. El que el régimen franquista hubiera infiltrado a "topos" en la sierra, había costado muchas víctimas, por lo que habían tenido que tomar todo tipo de precauciones.

    Ellos no conocían a nadie que estuviera allí. Tampoco nadie les llevaría a los refugios guerrilleros ni les avalarían. Entonces pensaron en  buscar otra salida a su futuro.
    Decidieron encaminarse hacia la sierra de Alozaina. Esa era la idea inicial de Paco, era la única y mejor solución que les quedaban. Allí, Paco seguro que conocería a alguno de los guerrilleros. Estaba convencido que algunos de sus paisanos estarían luchando en aquella zona.

    Estuvieron de acuerdo en la idea, y emprendieron nuevamente el camino, esta vez con la intención de dirigirse hacia la provincia de Málaga.
    Varaos eran las partidas de guerrilleros que luchaban en la zona de las sierras de Alozaina, Yunquera, Coín y otros pueblos más de aquella zona.
    Destacar, entre otros a “Rubio de Brecia”,  “Mandamás” o los hermanos “los Cazalleros.”[8]

    Varios kilómetros habían andado, y ya al atardecer, se les interpuso en su camino una gran cañada. Al final de esta, una catarata les impedía el paso. Decidieron pasar la noche en aquel lugar, y por la mañana ver la mejor forma de salir de allí.

    Aunque el espectáculo natural que ante ellos ofrecía aquella cascada, era inigualable, también era un gran impedimento para sus propósitos. Tendrían que dar un gran rodeo para seguir su camino, debiéndose acercar a zonas no tan seguras como la que ellos llevaban. Estaban ya en plena Sierra Morena y, circunstancias como aquella, se las iban a encontrar más  frecuentemente.
    Las noches, en aquel mes de diciembre, en aquellas sierras son largas y frías. Muy frías. Además, la escasez de ropa, ya que las que poseían las tenían rotas por todos sitios, hacían que el frío aún penetrara más en sus huesos. Pero la idea de la libertad les servía de manto a aquellos jóvenes cuerpos.
    Una vez de día, y en lo alto de un montículo observaron una casa.  Bueno, aquello más que una casa era una choza. Estaba casi derruida por la acción de las bombas, y parte de su techo, todo caído, cubierto por cañas y palmas.
 
    Decidieron acercarse a ella y preguntar dónde se encontraban. No pensaban estar en peligro, ya que, en aquella vivienda no podían vivir personas adineradas. Los que allí estuvieran debían de ser pobres, y los pobres estaban con ellos. No correrían peligro con acercarse y preguntar.
    Mientras Paco se acercaba a la puerta, Joaquín se quedaba un poco rezagado. Llamó sigilosamente a la puerta y apareció una mujer, con un vestido largo, negro y descolorido. Dos niños pequeños se aferraban, uno a cada lado, a las faldas del vestido . Al momento, Paco respiró más tranquilo.  Sabía que podía confiar en aquella mujer.
    Con un gesto con la mano, Paco invitó a su compañero a acercarse donde él se encontraba


    Aquella mujer, sin vacilar, les indicó dónde se encontraban, y la situación en la que España se había quedado una vez finalizada la guerra. Paco, como todos los españoles presos de guerra, no tenía información alguna del mundo exterior. Para ellos, les estaba vedada la información referente a lo que ocurría fuera de los muros de las cárceles o las alambradas de los campos de concentración.

 La mujer, con ojos llorosos, les relató su situación, una situación parecida a la de miles y miles de españoles. Familias rotas, separadas, padres muertos, hermanos desaparecidos, hijos en las cárceles... Sintieron pena. Pena por aquella mujer, joven y llena de vida, que se veía sola, separada de toda su familia, por culpa de aquella maldita guerra.
 
    Por ella supieron que se encontraban cerca de Lora del Río, y que, a un kilómetro aproximadamente de allí, existía un cercado de toros bravos. Con esta información, y sin nada que llevarse de comida, ya que aquella pobre mujer no tenía nada que darles, se alejaron del lugar con dirección al cercado de toros. Allí podrían descansar tranquilamente. Nadie les molestaría, salvo algún toro bravo. Pero era preferible morir empitonado por las astas de un toro, que a manos de cualquier falangista y guardia civil lleno de odio.
 
    Se dirigieron al lugar y, al alejarse de la casa, se introdujeron en un olivar. Estuvieron andando toda la noche y todo el día siguiente, siempre entre los olivos. Al caer la tarde, y de pronto, al salir del olivar se dieron de cara con un pueblo: Alcalá de los Panaderos, en la provincia de Sevilla, (su nombre actual es el de Alcalá de Guadaíra).  Fue salir del olivar, y ya estaban casi en el centro del pueblo.

    No podían retroceder. Aquella era una situación embarazosa, pero decidieron seguir adelante.
    Pasaron por una calle, larga y estrecha. Esta conducía, a través de un camino, a la estación del ferrocarril.
    La recorrieron deprisa, sin correr, pero lo más aprisa que podían.  Debían alejarse de aquella calle lo antes posible. Aquello era una trampa en la que no debían caer.

    De pronto, una voz  a sus espaldas, les heló el cuerpo:

    - ¡Alto! ¿Quién va? - sonó a sus espaldas.

    - Gente de paz - contestaron, con una voz quebrada por el temor.

    Pudieron, al darse la vuelta, ver que era un solo hombre, de mediana edad, moreno, con una camisa azul.
    Al momento supieron que era un falangista, por lo que, aunque sabían que era su enemigo, al ser uno solo, si intentaba dar la alarma, venderían cara su libertad.



    - ¿Lleváis la documentación? - preguntó el falangista.

    - Sí.¿Quiere Ud. verla? - respondieron, casi al unísono, adelantándose hacia él.

    Con una rápida mirada al falangista pudieron observar que éste no iba armado.

    - No. No hace falta - respondió - Id con Dios.

    - Adiós - respondieron.

    No sabían qué había pasado. Posiblemente, aquel hombre se había dado cuenta de quiénes eran, pero, tal vez, al ser uno solo e ir desarmado, había temido por su vida. Posiblemente les había dejado marchar, pero ahora se iría al cuartel de la Guardia Civil, daría la alarma, y dentro de poco les estarían persiguiendo. Mucha fachada la de los falangistas pero, al final, eran unos cobardes.

    Una vez en el camino, fuera del pueblo, emprendieron una veloz carrera. Ahora sí que tenían que correr. Se introdujeron en un bosque cercano al pueblo, y, sin parar de correr, lo bordearon, en forma de media luna, para tratar de despistar, si es que les perseguían. Una vez alejados de aquél pueblo, cuando se aseguraron de que ya nadie les seguían, decidieron descansar. Era el amanecer de un nuevo día, al que decidieron dedicarlo a descansar. Estaban cansados, muy cansados. Las manos las tenían agrietadas por los efectos del frío, además de numerosos rasguños ocasionados por haber tenido que escalar por muchas rocas durante su recorrido por Sierra Morena. Por la noche, emprenderían de nuevo el camino hacia Espera, pueblo de la provincia de Cádiz, no muy lejano al lugar donde se encontraban. Joaquín era de ese pueblo y toda su familia se encontraba allí. Pasarían a verlos, recoger ropas y comida, y continuarían hacia la sierra de Alozaina, en las estribaciones de la Serranía de Ronda. No descartaban, debido a lo peligrosa que se estaba convirtiendo su odisea, el de quedarse en aquella zona, si las circunstancias así lo aconsejaban.

    La noche la pasaron andando camino hacia esa población gaditana. Allí ya se movían mejor, ya que Joaquín la conocía bastante bien. Conocía los caminos, las fincas, los cortijos. Cuando estaba amaneciendo, y desde un palmar en el que se habían escondido, divisaron un cortijo. Era el cortijo de unos tíos de Joaquín.
    En el palmar debieron aguardar a que llegara la noche para acercarse al cortijo. Era muy peligroso el acercarse a plena luz del día. Observaron minuciosamente todo lo que sucedía en sus alrededores. Qué personas se acercaban, y quiénes salían. No querían sufrir ningún contratiempo, y mucho menos, poner en peligro a la familia de Joaquín. Muchos de los que entraban o salían del cortijo eran reconocidos por Joaquín, pero no querían correr riesgos.

    Era el día 3 de enero de 1940 y el frío ya les estaba pasando factura. Sigilosamente, cuando anochecía, salieron del cañaveral en el que habían permanecido ocultos y se acercaron al cortijo. El recibimiento por parte de los familiares fue inenarrable. Todo fueron atenciones hacia ellos.


    La familia de Joaquín les dieron ropas nuevas, comida en abundancia y unas alpargatas nuevas. Esta familia se desvivió por su sobrino y su acompañante. Le pusieron al tanto del estado de la familia, de sus padres...  Les recomendaron que se alejaran de aquella zona. No había lugar idóneo para esconderse, y la guardia civil realizaba constantes batidas por los campos de la población para evitar cualquier intento de establecimiento de guerrilleros.
    Lo tenían todo preparado para antes de que amaneciera emprender su camino, con fuerzas renovadas y con más ilusión que nunca. Con aquellas ropas nuevas, pasarían más inadvertidos ante cualquier persona con las que se cruzaran.

    Debían de darse prisa. Antes del amanecer partirían de aquél lugar y se volverían a esconder en el cañaveral.

    De repente, unos golpes sonaron en la puerta del cortijo:

    - ¿Quién es? - preguntó el tío de Joaquín.

    - ¡La justicia! - respondieron fuera.

     Rápidamente, Paco y Joaquín se dirigieron hacia una de las ventanas, para, a través de ella, huir hacia el campo.
    Era imposible. La casa se encontraba rodeada por guardias civiles y algunos paisanos, armados hasta los dientes, sin ninguna posibilidad de huir.
    Se escondieron entonces en una habitación. En ella se encontraron una escopeta de caza. Paco la cogió con la intención de vender cara su vida. Lo que había en la puerta no eran hombres dispuestos a detener a unos presos fugados. Aquello era una manada de lobos hambrientos, sedientos de sangre. Para ellos, aún no se había derramado bastante sangre en los campos españoles. Querían más. Exponían, incluso, sus vidas, para detener a uno de aquellos presos.

    Paco, con la escopeta en las manos, se dirigió a una de las ventanas, para, desde allí, disparar mejor.

    - Pero ¿qué haces? - le dijo Joaquín.

    - Vender caras nuestras vidas - respondió Paco.

    - Si disparas, llamarás la atención, y mis tíos estarán en peligro.

    Ante aquella nueva situación, Paco dejó la escopeta en la habitación y, para evitar que hubiera represalias contra la familia de Joaquín, decidieron entregarse.
    Alguien les había visto entrar en esa casa y había dado aviso a las autoridades.
    La Guardia Civil les esposó, junto al tío de Joaquín, y se encaminaron hacia el pueblo seguido de una muchedumbre que no cesaba de dar gritos contra ellos.

    - ¡Matadlos aquí mismo!



    - ¡Hay que acabar con todos estos rojos! 

    Pero la Guardia Civil no podía permitir que les sucediera nada malo durante el traslado.
    Era la madrugada del día 4 de enero de 1.940.
 

    Fueron ingresados en la cárcel del pueblo para, al día siguiente, pasar a presencia del juez de paz.
    Escoltados fuertemente por miembros de la Guardia Civil, fueron llevados a presencia del juez, quién, una vez interrogados, los devolvió a la cárcel.

    Pasaron varios días en aquella cárcel de Espera. Días que se les hicieron cortos, ya que los familiares de Joaquín no paraban de llevarles comida. Paco fue considerado como un hijo más. Jamás, a lo largo de su vida, olvidaría a aquella familia.

    Por mediación de esa familia, supieron que, en la noche del día 7 de enero, gente del pueblo, capitaneados por algunos falangistas querían, a través de la ventana de la cárcel, asesinarlos con la connivencia de los guardias civiles que les custodiaban.
     Llegada la noche, se instalaron en la parte opuesta de la celda, por lo que, desde la ventana, era imposible verlos. No obstante, aquel gentío, al ver que no podían llevar a cabo sus intenciones, intentaron entrar por la puerta. Allí, la Guardia Civil les impidió el paso.

    - Dejadnos entrar - gritaban.

    - Si por nosotros fuera os dejábamos - dijo uno de los guardias- pero comprenderéis que nos jugamos el puesto.

    Gracias a ello, pudieron salvar sus vidas.

    Pasaron miedo, mucho miedo. Pensaban que ese sería el final de sus vidas, y que morirían no en un campo de batallas, sino desarmados y a manos de un grupo de cobardes que disimulaban sus miedos amparándose en la multitud. Por suerte, aquellos guardias civiles que les custodiaban no cedieron a las presiones y lograron salvarles de una muerte segura.

    Varios días después, llegó la noticia de la decisión del juez de paz:
    El tío de Joaquín quedó en libertad, al no haberse podido demostrar que él había escondido a los fugados. Paco y Joaquín deberían de ser trasladados a la cárcel de Arcos de la Frontera, población que era cabeza de partido. De este pueblo, en la provincia de Cádiz, dicen que se  ve el lomo a los pájaros, debido a que se encuentra en un monte, y que las aves anidan en sus laderas.



    En la cárcel de este pueblo permanecieron hasta el día 29 de enero de 1940, siendo trasladados a Cádiz, haciendo noche en la cárcel de Jerez de la Frontera.

    El día 1 de febrero se celebró la vista del juicio. En él debió de personarse el tío de Joaquín. A este último se le confirmó lo anterior: inocente del cargo de ayudar a los escapados. A Joaquín y Paco les imputaron el delito de fuga de centro penitenciario.

    Tres meses después, la causa contra Joaquín fue revisada. Una nueva sentencia: seis meses de cárcel. Después de dos años de prisión, ahora le decían que solo tenía que haber cumplido seis meses. Fue inmediatamente puesto en libertad.
    A Paco, que se encontraba en la cárcel de Cádiz, la noticia le llenó de alegría. Su compañero de fuga, su amigo, por fin se uniría a su familia y podría vivir en libertad.
  
    La despedida entre ambos se produjo entre abrazos y lágrimas.
 
    A pesar de la alegría que Paco sintió por ver a su compañero salir en libertad, quedó triste. Un halo de envidia y melancolía le recorría el cuerpo.

   -¿Cuánto tiempo más debería de permanecer? 


[1] Fuente: Superantolín, General de Brigada, en el forum La guerra Civil Española.
[2] Emilio García, publicado en GCG inet.
[3] La Ley de fugas es un tipo de ejecución extrajudicial que consiste en simular la fuga de un detenido, especialmente cuando es conducido de un punto a otro, para poder así suprimir la fuerza que lo custodia y encubrir el asesinato del preso tras el precepto legal que permite hacer fuego sobre el fugitivo que no obedece al "alto" conminatorio de los guardias. Para ello la guardia de custodia se retrasaba en el camino por detrás del detenido hasta que había la relativa distancia como para considerar que el preso se estaba fugando. Se disparaba por la espalda para dar más credibilidad a la fuga. Los presos empezaron a conocer esta añagaza y desde entonces se les disparaba por la espalda, sin más.
[4] Román-Fernando Labrador Juarras. Campos de concentración en la provincia de Burgos.
[5] Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea. Nº 6, año 2006.
[6] Forum de la guerra civil
[7] “Comandante Ríos”. José Murillo Murillo, natural de Villalonga.
[8] Guerrillero "Rubio de Brecia". El campo inicial de esta partida fue la zona de Coín (1941), uniéndose poco después a la de "Mandamás", que había sido creada unos meses antes. Sus operaciones alcanzaron los pueblos de Alhaurín de la Torre, Cártama y Alhaurin el Grande, antes de moverse hacia Peñarrubia y Teba. Tenían sus bases en la Sierra del Valle. En 1943 forman de nuevo dos partidas, dada la importancia de sus efectivos (alrededor de 100 hombres). Rubio de Brecia se estableció durante varios años en la Sierra de Abdalajis. En el invierno de 1944-45, "Mandamás" organiza otra partida por su cuenta. Entre sus hombres encontramos a los hermanos "los Cazalleros". Mientras tanto, "Rubio" se desplaza hacia la Sierra de Cortégicar y desde allí opera por la zona de Tolox, Alozaina, Yunquera y Casarabonela. A mediados de 1946 regresan a sus bases de la Sierra de Abdalajis, en la que sería muerto en un apostadero de la Guardia Civil a primeros de diciembre de 1946. El resto de la partida fue perseguida y exterminada en unas pocas semanas.