EL FRENTE
“El que ama la guerra civil,
es un
hombre sin lazos de familia,
sin hogar y sin ley.”
Homero.
En el cuartel de la
Trinidad[1],
Paco se encontró con el resto del grupo. Cuando le dieron el arma, un fusil Máuser
y la munición correspondiente, Paco se puso tan nervioso que casi se le cae de
las manos. Era la primera vez que tenía entre sus manos tal artilugio.
-
¿Pero, qué te pasa?- preguntó Miguel. ¿No me digas que no sabes manejarla?
- ¿Y cuándo he visto yo una cosa como esta?-
le respondió-, pero no te apures, que yo aprendo rápido.
A los pocos minutos, un monitor se encargaba
de enseñarle su manejo. Estuvo todo el día montando y desmontando el arma hasta
lograr dominarla, conociendo en profundidad cada uno de sus rincones.
Era la madrugada del día 25 de agosto de
1936, martes, cuando, varias camionetas llenas de milicianos, partían desde Málaga
hacia el frente norte, en la provincia de Granada.
Antes del amanecer llegaban a Loja, en esa
provincia, donde fueron alojados a fin de poder descansar y reponer fuerzas
para, al día siguiente, partir hacia el frente.
Loja se encontraba muy
cerca del frente, y desde él, se podía escuchar el tronar de los morteros, el
repiqueteo de las ametralladoras, incluso se podían ver las columnas de humo
que producía la batalla.
Se habían alojado en una casa bastante
grande, con muchas habitaciones, en el mismo centro del pueblo. Allí se
encontraban más milicianos procedentes de otras ciudades, a la espera de que
los mandos les dijeran adónde debían ir.
Estaban sentados todos los componentes del
grupo en torno a una mesa cuando, y nada más empezar a comer, sonó un cornetín.
Estaba tocando llamada.
Las tropas fascistas estaban atacando a menos de un kilómetro del lugar
en el que Paco y sus compañeros se encontraban.
Rápidamente abandonaron el
cuartel y se dirigieron, en la misma camioneta en la que habían llegado desde
Málaga, hacia el lugar del ataque. Otras camionetas más les acompañaban en
aquella incursión.
Por fin, empezaba lo que tanto había
ansiado. Por fin, podría defenderse de quienes querían arrebatarle su vida.
Pero su cuerpo no le obedecía. Sus piernas,
sus brazos, todo su cuerpo se encontraba agarrotado. Sintió miedo. Por primera
vez en su vida, Paco sintió miedo. Solo los ánimos dados por sus compañeros le
hicieron reaccionar. Desde una trinchera donde se encontraban, muy asediados,
otros compañeros, Paco disparaba una y otra vez su arma, sin apuntar a nada ni
a nadie. No sabía hacia dónde se dirigían las balas, pero él disparaba sin
cesar.
-¿Habría matado a alguien? –
se preguntó.
Poco duró ese infierno, ya que, al ver la
llegada de los refuerzos, los fascistas retrocedieron hacia sus posiciones
iniciales.
Esto le animó. Las risas y las
felicitaciones de sus compañeros le hicieron disipar las dudas y miedos
anteriores. Celebraban aquella retirada del enemigo como si hubieran ganado
definitivamente la guerra. Por fin, había luchado contra sus enemigos,los
enemigos de su libertad.
Regresaron nuevamente a Loja, donde, por fin, pudieron dar buena cuenta
de la comida que se había quedado sin consumir encima de la mesa.
El camino hasta su destino final se debía
hacer en dos etapas, con muchas precauciones, ya que, en cualquier momento, podían ser atacados por el enemigo. Debían de ir despacio, por lo que un
trayecto de unas horas les podía llevar casi un día. El cuartel de Loja era el
punto de reunión de los milicianos que procedían de Málaga y otras ciudades
limítrofes, y desde allí, se distribuían por todo el frente de Granada. En la
mañana del día 26, unos cinco camiones partían hacia Agrón.
El camino era difícil, no solo por el mal
estado de la carretera, afectado por los efectos de las bombas, sino por la
proximidad del enemigo. En muchas ocasiones, debían de apagar los motores de los
camiones y empujarles para que estos no hicieran ruido, y evitar que el enemigo
les descubriera. A mediodía, llegaron a Alhama de Granada, donde pararon para
almorzar e inmediatamente después continuar su camino hacia el pueblo de Agrón[2],
su lugar de destino.
En Agrón no había ningún cuartel que les
pudieran albergar, por lo que fueron alojados en casas particulares. Sus
habitantes eran gentes sencillas, que no regateaban nada para que los
combatientes se encontraran cómodos y seguros.
Paco, debido a su corta edad, era, en
muchas ocasiones, el centro de atención, no solo de sus compañeros, sino del
resto del pueblo. Los más jóvenes del pueblo querían saber qué sucedía en el
campo de batalla. Los viejos alababan su juventud. Paco se sentía halagado por
los elogios que de él todos hacían. Se sentía, en ocasiones, un héroe.
No muy lejos de donde Paco se encontraba, también en la provincia de
Granada, y tras una denuncia anónima, el 16 de agosto de 1936,
fue detenido el poeta Federico García Lorca en la casa de uno de sus amigos, el
también poeta Luis Rosales, quien
obtuvo la promesa de las autoridades nacionales de que sería puesto en
libertad «si no existía denuncia en su contra». La orden de ejecución fue dada por el
gobernador civil de Granada, José Valdés Guzmán,
quien había ordenado al ex diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso la detención del poeta.
Las últimas
investigaciones, como la de Manuel Titos Martínez, determinan que fue fusilado
la madrugada del 19 de agosto de 1936, seguramente por cuestiones
territoriales, ya que algunos caciques, muy conservadores, tenían rencor al
padre de Lorca porque era un cacique progresista.
En una
entrevista al diario El Sol, había declarado que «en
Granada se agita la peor burguesía de España», y eso fue su sentencia de
muerte. Federico García Lorca fue ejecutado en el camino que va de Víznar a Alfacar, y su cuerpo permanece
enterrado en una fosa común anónima en algún lugar de esos parajes con el
cadáver de un maestro nacional, Dióscoro Galindo, y los de los banderilleros
Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, ejecutados con él.
La fosa se
encuentra en el paraje de Fuente Grande, en el municipio de Alfacar, provincia
de Granada, región Andalucía (España).
El escritor, autor del "Romancero Gitano"
fue ejecutado por ser republicano y homosexual, considerado en esa época como
un delito imperdonable[3].
Al día siguiente a su
llegada, el 27 de agosto[4],
se produjeron los destinos de cada uno. A Paco le trasladaron a caballería.
Ese destino le gustó, ya que él había
tratado mucho, junto a su padre y hermanos, con estos animales. Se había criado
entre ellos y los conocía bastante bien.
Caballería seguiría teniendo su puesto de
mando en el mismo pueblo, cosa que a él le gustó, ya que de esa forma, además
de combatir, seguiría teniendo un contacto directo con la población civil.
En la posada del pueblo, se encontraban los
animales. Cuando Paco llegó para hacerse cargo del suyo, ya todos habían sido
elegidos. Su juventud e inexperiencia fueron motivos suficientes para que, a su
llegada a las cuadras, solo quedara uno.
Era de los mejores de todos ellos, pero, para la guerra, tenía un defecto: era
blanco.
El que un caballo fuera blanco, para estos
menesteres de la guerra era un gran problema ya que, por su color, eran
fácilmente localizados por el enemigo, y, por lo tanto, fácil de abatir. En el
campo de batalla, él y su jinete eran blancos fáciles.
Pronto, empezaron los ejercicios de monta.
Subían y bajaban continuamente una colina cercana al pueblo. No todos superaban
con éxito las pruebas. Muchos caían ladera abajo, con montura y todo.
Paco, además de su experiencia, le tocó en
suerte un buen compañero de combate. Su caballo, aunque blanco, era dócil,
noble, ágil y acostumbrado a la voz del hombre.
Estos ejercicios se repetían una y otra
vez. Día tras día, para que los caballos y jinetes se acoplaran perfectamente.
El día 1 de septiembre, el cornetín tocó
generala. Este es un toque militar que llama a la movilización de todos los
soldados.
El capitán de la compañía de caballería
explicó que entrarían en combate inmediatamente, ya que, los fascistas, tenían
acorralados a los habitantes de El Castillo de Tanja, pueblo cercano a donde se
encontraban.
Inmediatamente, se trasladaron al lugar y ,desde una colina cercana, podían observar las evoluciones de la batalla. Las
fuerzas leales a la
República se estaban extendiendo, tomando posiciones, y
llegados desde varios frentes, en forma de herradura, dejando solo una de las
carreteras de acceso al pueblo libre. Mayúscula fue la sorpresa de los
fascistas al verse atacados por todas partes. No se demoró su huida, y, como
locos, corrían hacia sus antiguas posiciones.
El recibimiento que les dispensaron a él y
sus compañeros en el pueblo fue clamoroso. Paco se encontraba como en una nube.
Se sentía un
héroe. Había colaborado para que los fascistas huyeran ante la presencia de los
milicianos. Había ayudado a dar un paso más en la lucha contra el enemigo, y
eso, interiormente, le satisfacía.
En una de las incursiones realizadas sobre
las tropas rebeldes, Paco sintió el roce de una de las balas sobre su hombro
derecho. No había llegado a penetrar en su cuerpo, tan solo le hizo un rasguño.
Entonces, fue cuando, por primera vez en su
vida, sintió la negra presencia de la muerte. Entonces, fue cuando despertó del
sueño infantil en el que en su mente se había construido un castillo de
fantasía heroica e invencible.
El castillo se le derrumbó, se desmoronó cual
muñeco de barro ante el empuje del agua. Nunca antes había valorado tanto la
vida como en aquellas circunstancias. Los temblores y miedos que antes había
sentido no eran comparables con lo que en aquella ocasión sintió.
En la tarde del día 7 de enero, cuando
defendían una de las posiciones situadas cerca de Ventas de Huelma, pueblo no
muy lejano de Agrón, vio cómo uno de sus compañeros caía del caballo, herido en
una pierna. Nadie paró para socorrerle. Tras ellos, venían un equipo de médicos
y enfermeros que le atenderían.
Más tarde, a este compañero le trasladarían
al pueblo donde le curaron la herida.
Era su también primera vez que veía caer a
un compañero. Al menos, esa vez no había muerto. En realidad, pocas fueron las
bajas que se produjeron en su sección de caballería. Algunos heridos de bala.
Otros por caídas de las caballerías. Por suerte, no le tocó ver la muerte
directamente cebada con alguno de sus compañeros.
Así, transcurría el tiempo. Hoy, aquí, mañana, en otro lugar. Siempre dispuestos a luchar donde les reclamaran.
Cuando no
tenían que luchar, el tiempo lo dedicaban, además de los ejercicios de monta, a
su cuidado, por lo que Paco pasaba muchas horas con su caballo, llegando a
tener una perfecta simbiosis con él.
El 9
de enero de 1937, Paco recibe la noticia de que le habían concedido un permiso
para poder ir a su casa.
-Un permiso, ¿para qué? – pensó.
El no quería marcharse. Era muy poco el
tiempo que había permanecido allí, en el frente, que creía no merecer tal
descanso, y mucho menos cuando la necesidad de hombres en el frente era
imprescindible.
Se dirigió al despacho del jefe del grupo,
su paisano Miguel Guerrero, al que todos llamaban "Capitán", para
pedirle que se lo anularan, y que en su lugar se fuera otro de sus compañeros mayores. La respuesta fue negativa. El argumento recibido por este es que
los permisos se establecían por el mando superior y que había que respetar las
órdenes dadas.
Cuando salió del despacho, Paco protestaba airosamente
la decisión de su jefe. No quería marcharse. Quería seguir luchando.
-"Cabeza dura" - le espetó uno de
sus compañeros.
La cuestión es que era demasiado joven. El
capitán sabía que no era la edad real la que aparentaba, y no quería que
muriera en el campo de batalla, no quería tener ese cargo de conciencia a sus
espaldas, y, para no herir sus sentimientos, le hacía ver que se iba de
permiso. Un permiso, le dijeron, que sería corto.
- Pronto te llamaremos – le dijo Miguel –
no te preocupes y disfruta de este permiso con tu familia.
Muy a su pesar, debió emprender el regreso
a su pueblo.
Ya en ese momento, tropas italianas habían
accedido, bordeando la zona que ellos defendían, y se habían posicionado en las
Ventas de Zafarraya. Estaba a punto de comenzar la ofensiva sobre la capital
malagueña y ese era un punto clave para cubrir la salida por la costa
malagueña.
Por la parte de la costa occidental, y
desde Marbella, el ejército sublevado también iniciaba su ofensiva, compuesto
por tropas procedentes del norte de África, legionarios y tropas moras.
Al igual que a la ida hacia Agrón, el
regreso a Málaga se produjo en las mismas circunstancias, en camión. En él
viajaban un par de jóvenes más, también enviados “con permisos” a sus
domicilios, y cinco personas heridas, con todas las precauciones del mundo para
evitar ser descubiertos por el enemigo y atacados. Una vez en Málaga, Paco cogió
el coche de línea que le llevaría hasta Alozaina.
Al día siguiente de su llegada, el 11 de
enero, los buques Canarias y Almirante Cervera comienzan a bombardear Málaga.
Se inicia la ofensiva definitiva sobre la ciudad. Un asedio que duraría hasta
el 8 de febrero, en el que definitivamente, las tropas de Franco se hacen con
la ciudad.
LA
RETAGUARDIA
“No se deben
celebrar con banquetes
los triunfos de la
muerte.”
Juan Ramón Jiménez
El día 11 de enero de 1937 fue fiesta general en su casa. El pequeño de la familia había vuelto. Sano y
salvo. Todo eran risas y lágrimas de alegría por su regreso. Sus padres no
dejaban de mirarlo, no se lo podían creer. Aunque para aquellas fechas ya
faltaban en su casa dos de sus hermanos, los dos mayores, que habían sido reclutados
y se encontraban luchando en el frente, la llegada de Paco llenó de esperanzas
a toda la familia. También para su novia, que no cabía en sí de la alegría que
le había producido su regreso.
Todos sabían ya que la capital estaba
siendo asediada por las tropas rebeldes, pero confiaban en quienes la defendían
y no dudaban en que se lograría rechazarlos. Alozaina aún no había caído en
manos del enemigo, pero no resistiría mucho.
En el pueblo, ese pequeño pueblo que lo
había visto crecer, todo eran comentarios sobre el regreso de Paco. Los jóvenes
querían saber qué se sentía en el frente, qué estaba pasando. Los más viejos
preguntaban por la situación y por saber cuándo se acabaría aquello.
Paco se sentía protagonista y a todos daba
respuestas. A los más jóvenes les animaba a que se alistaran para defender a la República. A los
mayores los consolaba diciéndoles que pronto se acabaría aquella guerra.
La casa de Paco, situada en la calle Mesón,
calle principal del pueblo, era una gran casa, y sus padres la tenían dedicada
a posada.
Siempre había alguna persona que pernoctaba
en ella, ya que, además de ser un pueblo situado en un enclave de caminos, la
posada tenía unas buenas caballerizas donde los viajeros podían dejar sus
animales.
Todo transcurría con normalidad. Paco se
había reintegrado a los trabajos que realizaba la familia, en el campo, junto a
su padre y el resto de hermanos, a la espera de que, nuevamente, le llamaran
para incorporarse al frente, en su ya querida y anhelada sección de caballería.
Esa llamada, tan deseada por Paco, jamás se produciría.
El día 16 de enero, apenas
cuatro días después de su llegada, ocurrió un hecho que marcaría su vida. El
destino de su vida se vería alterado de forma intencionada. Lo que aquella
maldita noche ocurrió, fue el detonante que, más tarde, haría explotar para
cambiar los designios de Paco.
Estaban cenando tanto la familia como
algunos de los viajeros que habían pernoctado en la posada. Serían las 10 de la
noche. Todos alrededor de una mesa en forma rectangular, cubierta por un gran
paño, y en cuya base su madre tenía colocado un brasero, hecho con carbón
vegetal y ascuas recogidas de la lumbre, que hacían más placentera la
habitación. en el fondo de la habitación se situaba el humero, y sobre unas trébedes de hierro forjado, una olla calentaba parte de la comida que,
como segundo plato, se debería servir más tarde. La conversación entre los
comensales estaba centrada en la situación en la que se encontraba el país. De repente, se escucharon gritos procedentes de la calle. Todos, de forma atropellada, se
apresuraron a salir a la puerta de la casa para
ver qué ocurría. Lo que presenciaron les dejó petrificados.
Un grupo de hombres arrastraba a una
anciana, golpeándola, con dirección a las afueras del pueblo.
Esa mujer, a la que trataban como un
guiñapo, de unos setenta y dos años de edad, paralítica, era una anciana del
pueblo, conocida como la
Vieja Trujillo. Esta mujer tenía una de las mayores fortunas
del pueblo, familia directa del Canónigo, y era una de las “caciques” de
Alozaina. Durante años, había explotado a la gente del pueblo, amasando su
fortuna con el trabajo, mal pagado, y el sudor de los demás.
Era una mujer déspota y sin escrúpulos.
Odiada por la mayoría del pueblo pero que, por muchos males que hubiera
generado, no se merecía lo que le estaban haciendo. Debería ser un tribunal
quien dictara la suerte que debiera correr, y no vejarla y ajusticiarla sin
más. El temido “paseíllo” se estaba
produciendo, una vez más, en su pueblo, y esta vez la victima era aquella
anciana.
Estos hombres habían entrado en la casa de
esta mujer, sacándola a rastras. Su hija, Esperanza Trujillo, había logrado
escapar por el patio trasero de la vivienda, refugiándose en la de un vecino.
La escena que todos presenciaban era
cruenta. Los cuatro hombres la golpeaban en todas las partes de su cuerpo, la
arrastraban a lo largo de la calle cogiéndola por los pelos de la cabeza.
Todos los vecinos se asomaban a las puertas
de sus casas ante tal alboroto, pero nadie intervenía. Había temor a que
aquellos hombres la emprendieran también con ellos. La resignación y el no
destacarse eran avales prioritarios para permanecer con vida en una época en la
que esta se encontraba infravalorada.
De pronto, uno de los integrantes del
grupo, al que Paco reconoció
inmediatamente, ya que era uno de los hermanos
Vitorianos, pistola en mano, realizó varios disparos al aire.
- ¡Todos dentro de las casas!- gritó.
- ¿¡No habéis oído!? ¡Todos a sus casas!
¡Cerrad las puertas!
Paco, junto a su vecino, Miguel Villalobos
"el Latero", que también había salido a la puerta de su casa, se
habían quedado como petrificados en los escalones de sus viviendas. No podían
reaccionar ante lo que estaba sucediendo.
- ¿¡Qué os pasa a vosotros!?- gritó el de
la pistola -. ¿Queréis que os pegue también un tiro?
- ¡Eso es lo que tú quisieras - le espetó
Paco- quitarnos de en medio para así poder hacer lo que te plazca !
- ¡Que te metas dentro! - volvió a
insistir.
- ¡Vergüenza os debería de dar - le comentó
Paco - en lugar de estar luchando en el frente, os refugiáis en la retaguardia
matando a personas indefensas!
- ¡Lo que tienes que hacer es venirte con
nosotros!
- ¡Yo no voy con cobardes como tú!.- le
contestó- . ¡ Mañana mismo te denunciaré ante el comité ¡ ¡Esto no va a quedar
así!
Aquellas palabras acaloraron más la discusión
entre ambos.
- ¡Si no fuera por que eres de los
nuestros, y estás en el frente, ya te había pegado un tiro. Por supuesto que lo
discutiremos en el comité !- le dijo el
que ejercía de jefe del grupo.
Sus padres, muy
preocupados por el cariz que estaba tomando la conversación, lograron
convencerle para que entrara al interior de la casa. Fue entonces cuando el grupo prosiguió su
camino, golpeando a la anciana, hasta desaparecer por la calle Tolox, la que
conducía, por las afueras del pueblo, al cementerio. En sus puertas fue
definitivamente asesinada.
Aquella noche ya no se cenó en la casa de
Paco. Lo que momentos antes era una reunión familiar alegre, se transformó en
una conversación sobre las atrocidades que se estaban cometiendo en la
retaguardia, como consecuencia de la guerra.
Aquello no era una lucha por unos ideales.
Allí no se luchaba por la defensa de sus viviendas, o de los campos, o por un
modelo de sociedad que otros, a través de las armas, les querían arrebatar.
Aquello era un verdadero crimen que no
debía quedar impune.
Pero Paco no quería que lo ocurrido aquella
noche quedara impune. Al siguiente día solicitó una reunión del comité, que era
el órgano de decisión y consulta establecido en el pueblo. Llegada la noche se
produjo dicha reunión. Paco defendió con toda la intensidad que le daba la
fuerza de la razón, que lo que la noche anterior había ocurrido no era lucha
armada contra el enemigo, sino un crimen.
Muchos, aunque pensaban que aquella mujer
no mereció tal suerte, creían, y así lo manifestaban, que el enemigo también se encontraba entre ellos.
Que los fascistas se encontraban en todas partes y que, de alguna forma, había
que liquidarlos. Que aquella mujer había, no solo explotado a los trabajadores
del pueblo durante muchos años, sino que además les había humillado y tenía que
pagarlo.
El debate duró varias horas. Hacia las 2 de
la madrugada, se conoció la decisión del comité: Paco tenía razón. La lucha
había que hacerla en los campos de batalla, y no en los pueblos. Pero los
verdugos de la anciana quedaron sin castigo. Aquella había sido finalmente
fusilada junto a las paredes del cementerio.
Se sentía satisfecho por haber ganado aquel
debate, pero le quedaba un halo de insatisfacción en su interior. Algo le decía
que aquel debate no había servido para nada, y que se seguirían cometiendo
crímenes como aquel. Pero él ya no podía hacer nada más.
Solo deseaba que aquél maldito permiso
terminara cuanto antes y poder marcharse de allí, donde había tanta hipocresía
y tanta maldad. Él prefería luchar de hombre a hombre, cara a cara.
Las últimas noticias corrían como la
pólvora. Málaga estaba siendo atacada por las tropas fascistas.
El 17 de enero de 1937
el general Queipo de Llano
lanzó una primera ofensiva sobre la provincia de Málaga,
ocupando Marbella por el oeste y, desde Granada, tomaron Alhama y los territorios cercanos. En estos dos
ataques simultáneos, apenas hubo resistencia por parte de los republicanos y
provocaron un primer éxodo de civiles hacia la capital malagueña. Sin embargo
las autoridades republicanas no creyeron que estos movimientos iniciaran una
campaña general en el sur y no fueron enviados refuerzos.
En el norte de la provincia, los camisas negras italianos reunieron a nueve batallones,
es decir unos 10.000 hombres. Por su parte, la República contaba en
Málaga con 12.000 hombres, pero tan solo 8.000 fusiles y pocas municiones y
artillería. El 3 de febrero, comenzó
el ataque definitivo contra Málaga desde Ronda, encontrando los franquistas una fuerte
resistencia. En Málaga, cundió el pánico entre los defensores y los civiles por
el miedo a quedar aislados. El 6 de febrero, los italianos tomaron las cumbres
de Ventas de Zafarraya, desde donde dominaban
cualquier posible retirada por la carretera de Almería. Ese mismo día se
ordenaba la evacuación de Málaga y, al día siguiente, las tropas italianas
entraban en los suburbios. El día 8 toda la capital estaba en poder del
ejército sublevado.
Ante los
primeros movimientos franquistas hacia Málaga, en la capital cundió el pánico
ante la represión, por lo que muchos civiles y milicianos optaron por huir por
la carretera de Almería. sta no había sido cortada, si bien estaba a merced de
los bombardeos desde tierra, mar y aire.
[]
Se
calcula que fueron decenas de miles los que intentaron huir, aunque el camino
era extremadamente difícil tanto por los bombardeos como por el hecho de que la
carretera se encontraba en pésimas condiciones a la altura de Motril.
Participaron en el bombardeo, además de la fuerza aérea franquista, los
buques Canarias,
Baleares y Almirante Cervera, así como los tanques y la artillería
rebeldes. La escuadrilla aérea España, fiel a la República , trató de
defender a los huidos con poco éxito.
La
mayoría de pueblos en el camino hacia Almería no ayudaron a los fugitivos ante
el miedo a las represalias posteriores por parte de los sublevados, que
continuaban avanzando. Sin embargo este mismo miedo hizo también abandonar sus
casas a muchos de los vecinos de estos pueblos situados en la costa malagueña;
tal es el caso de Lagos, en el término municipal de Vélez-Málaga, un conjunto de casas frente al mar
donde algunos supervivientes ubican los primeros bombardeos de barcos y
aviación contra la población inocente que huía por la carretera. Asimismo, el 8 de febrero también tuvo lugar un desembarco en
Torre del Mar con la intención de cortar la
retirada de los huidos.[]
Los cálculos sobre la cantidad de huidos de Málaga son confusos y
difíciles. Se calcula que fueron entre 15.000 y 150.000. La acción del ejército
franquista sobre los huidos por la carretera de Almería provocó entre 3.000 y
5.000 muertos, la mayoría civiles.[]
Igualmente, la represión sobre aquellos que habían permanecido en la
ciudad fue la más brutal desde la masacre de Badajoz,
en agosto de 1936.
Se
calculan unos 20.000 fusilados, enterrados en fosas comunes como las del cementerio
de San Rafael, de los que ya se ha obtenido el nombre de 4.100.[5]
El médico
canadiense, Norman Bethume, relata así su experiencia sobre el bombardeo de la
carretera de Almería en el libro La caravana de la muerte:
- “Por
entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños afligidos que
pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a salvo los peores casos.
Era difícil elegir cuales llevarse, nuestro coche era asediado por una multitud
de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia
nosotros sus hijos, tenían los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro
días bajo el sol y el polvo.
"Llévense a este"'; "miren este niño'; "este está
herido". Los niños envueltos de brazos y piernas con harapos
ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados aumentados de dos veces su
tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento. Doscientos
kilómetros de miseria. Imagínense, cuatro días y cuatro noches, escondiéndose
de día entre las colinas ya que los bárbaros fascistas los perseguían con
aviones, caminaban de noche agrupadas en un sólido torrente, hombres, mujeres,
niños' mulos, burros, cabras gritando los nombres de sus familiares
desaparecidos, perdidos entre la multitud.
¿Cómo
podíamos elegir entre llevarnos a un niño muriéndose de disentería o entre una
madre que nos contemplaba silenciosamente con los ojos hundidos llevando contra
su pecho a un niño nacido en la carretera hacía dos días?. Ella había parado de
caminar durante diez horas solamente. Aquí había una mujer de sesenta años
incapaz de seguir arrastrándose para dar un paso más, sus gigantescas piernas
hinchadas con úlceras y varices sangrando dentro de sus rotas sandalias de
trapo. Muchas ancianas abandonaban simplemente esta lucha, se tendían a los
lados de la carretera y esperaban la muerte.
Decidimos vaciar la ambulancia de todo su
valioso contenido para crear espacio libre, y llevarnos primero a los niños y a
las madres, pero luego la separación entre padre e hijo, marido y mujer se hizo
demasiado cruel para poder soportarla. Acabamos por llevarnos a las familias
con mayor número de hijos pequeños, y a los niños solitarios de los que había
centenares, sin padres. Llevábamos a treinta o cuarenta personas en cada viaje
durante tres días sucesivos a Almería, al Hospital del Socorro Rojo
internacional, donde recibían cuidados médicos, comida y ropa”- .
Aquello
no era una guerra. Aquello era una carnicería humana, en la que se jugó con la
vida de miles de malagueños indefensos.
El mismo día en el que las tropas
franquistas entraron en Alozaina, Paco junto a Simón Campos se fueron a la Sierra ante el temor de las represalias en el pueblo, o a que alguien le
delatara por ser combatiente.
Tendrían que esperar mejor ocasión para
poder pasar a zona republicana y así poder seguir luchando.
No tenían armas, por lo que su estancia
allí era un tormento, siempre escondiéndose. Las incursiones de la Guardia Civil y los
falangistas, tanto de Alozaina como de pueblos limítrofes por la sierra eran
constantes. Salían de cacería a diario, y sus objetivos eran los rojos.
No podían permanecer más de un día en el
mismo lugar. Hoy, aquí, donde aparecía la Guardia Civil.
Mañana, en otro lugar, donde aparecía la Falange. Demasiado
correr. Demasiado arriesgarse. No se fiaban de nadie, no podían fiarse. Ni tan
siquiera la familia sabía dónde se escondían. Tras varios días en esa
situación, se lo plantearon mejor. Se marcharían a Málaga. Allí nadie les
conocía y sería más fácil pasar a la zona republicana. Pero, ¿cómo se irían
hasta la capital? Decidieron acercarse al pueblo para, antes de partir hacia
Málaga, recoger ropas, alimentos y algo de dinero que les ayudaran a su
manutención hasta pasar al frente.
El día 24 de febrero de 1937, por la noche,
para evitar que alguien les sorprendieran se trasladaron hasta el pueblo. Por
una de las zonas más amparadas por la oscuridad, por el camino que, desde la
fuente el Arbar daba acceso al pueblo, accedieron a éste. Una vez, a la entrada del mismo, se
despidieron y sus caminos, unidos hasta entonces, se separaron. Simón Campos se
volvería a la sierra de Alozaina, al no encontrar un modo seguro para
trasladarse a Málaga, y, desde allí, más tarde, lograría pasar a la zona
republicana.
Posteriormente, Simón huyó a Francia desde
donde reclamó a su novia con la cual se había casado por poderes.
Posteriormente, se trasladó, con su familia, a Sudamérica, estableciéndose
finalmente en la ciudad argentina de Córdoba. Solo hasta el año 1995, Simón no
regresó a España, solo de vacaciones. Hasta ese año, Paco y Simón no volvieron
a verse[6].
Los padres de Paco le recomendaron que se marchara a
Málaga, a la Colonia
Santa Inés donde uno de sus tíos tenía una casa.
Consiguieron que una de las personas que
aquella noche había pernoctado en la posada de sus padres, que tenía un pequeño
automóvil, le trasladara a la capital. Aún era de noche y las calles del pueblo
apenas si registraban el paso de personas, cuando emprendieron el camino rumbo
a Málaga. Era el 25 de febrero de 1937.
Aunque por el camino se encontraron varios controles de la Guardia Civil y
tropas del propio ejército rebelde, tuvieron la suerte de que, en ninguno de
ellos, les pararan. Una vez llegaron a la capital, y en la misma entrada a esta
por la carretera de Campanillas, Paco se apeó del automóvil en el que había
viajado. Su conductor le había indicado cómo llegar hasta la Colonia de Santa Inés lo
más rápido posible, y sin que levantara sospechas. Durante su recorrido pudo
comprobar los efectos que la guerra había sembrado por la ciudad: edificios
destruidos, familias viviendo en chabolas, niños abandonados… Una vez en la Colonia de Santa Inés, se
dirigió a la casa de sus tíos. Allí vivían, además de sus tíos José Jiménez y
María Gómez, sus hijos, Pepe, Antonio, Ana, Carmela, Lola y Remedios.
Ante la sorpresa que experimentaron sus
tíos, Paco les relató qué le había motivado a refugiarse en aquel lugar y estos, sin dudarlo, le brindaron su apoyo.
Málaga ya estaba en manos de los sublevados
y la “caza” de los que no opinaban como ellos era constante. Aunque la mayoría
de los vecinos de la
Colonia Santa Inés vivían del trabajo que daba la fábrica de
ladrillos y cerámicas, otras familias se habían asentado en la zona para
abastecer de productos a dichos trabajadores. Sus tíos tenían un tinglado de
vacas lecheras.
Sus tíos pensaron que, para que no
estuviera en peligro, lo mejor sería que se alistara en una bandera de la Falange. De esa forma
seguro que nadie indagaría sobre su pasado de combatiente. Él se negó en
rotundo a aquella propuesta.
-¿Cómo voy a luchar en contra de los
ideales que siempre he defendido? – argumentó.
Sus tíos abandonaron la idea. Paco, de
todas formas, se prestó a aportar trabajo que ayudara a la familia y, junto a
su tío y primos, se dedicó a la recolección y traslado de la comida para las
vacas.
Pero existía un peligro: que alguien le
viera y lo delatara a la
Guardia Civil. Pensaron que, cuando debiera abandonar la
casa, o a su regreso, se escondiera entre la paja o los sacos que transportaban
en un carro. Una vez en el campo, el peligro era casi nulo.
Todo marchaba bien. En aquella barriada
nadie le conocía, además, como era menor de edad, nadie le asociaba con que
fuera combatiente.
La represión que los rebeldes ejercían en
Málaga era muy fuerte. Todos los días se fusilaban a personas por pertenecer o
haber pertenecido a algún partido político. Por una simple sospecha de que
hubiera comulgado con ideas republicanas, era suficiente motivo para que a uno
lo fusilaran.
El propio embajador italiano en España, el
Sr. Cantalupo, en una visita que realizó a Málaga, escribió a su gobierno
reconociendo que, en tan solo una semana, se habían matado a más de 4.000
personas.
Una mañana, cuando salía de la casa de su
tío escondido en el carro, como lo hacía cada vez que tenían que ir al campo,
la casualidad hizo que, un paisano suyo, amigo de la infancia por haber vivido
en la misma calle que él, lograra verle por entre la paja que transportaban, y
en la que se había escondido.
Paco se dio cuenta de aquella
circunstancia. Inmediatamente le reconoció y vio cómo este le observaba. Creyó
sentirse seguro de que no diría nada a nadie, pero la vida empezaba a actuar en
su contra. Poco tiempo después lo comprobaría y sentiría en sus propias carnes.
Cuatro meses permaneció en aquella
situación.
“Cuando hay libertad, todo lo demás
sobra.”
José de San Martín

Era la mañana del día 15 de junio de 1937.
Paco, como todas las mañanas, se estaba preparando para ir al campo Unos golpes
en la puerta de entrada a la casa le alarmaron. Cuando su tío la abrió, se
le vino
el mundo encima. Frente a él se
encontraba una pareja de la
Guardia Civil. Sabía a por lo que venían.
- ¿Vive aquí Francisco Santos Rodríguez?- preguntó el guardia civil de edad más avanzada y que, a la postre, era el
responsable de la pareja.
Su tío no sabía cómo decir que no. No le
salían las palabras.
El otro guardia, más joven y con un gran
bigote, con su arma en la mano no cesaba de mirar de un lado para otro. Buscaba
con la mirada un lugar donde posiblemente se escondiera Paco.
- Sí. Soy yo- respondió Paco que, tras
unas cortinas veía la situación que se estaba produciendo. No quería poner en
peligro a su familia por lo que, tarde o temprano, tenía que suceder.
Salió de detrás de las cortinas y se plantó
junto a su tío, frente a los guardias civiles.
- ¿Eres Francisco Santos Rodríguez? –
volvió a preguntar el mismo de antes.
- Si, soy yo, ¿qué pasa?
- Te tienes que venir con nosotros al
cuartel- le dijeron.
No opuso resistencia. Inmediatamente le
esposaron y salieron de aquella casa, entre los llantos de sus tíos y primos.
Flanqueado por aquellos dos guardias
civiles, se subieron al autobús de línea y lo trasladaron al cuartel de Natera,
cuartel de la Guardia
Civil , en el centro de Málaga. Sabía muy bien por qué lo
habían detenido: era un excombatiente. También, sabía que su paradero solo se lo
había podido dar a la
Guardia Civil aquel paisano suyo que un día le vio escondido
en el carro.
En ese momento, empezaba su verdadera
pesadilla. Uno de los que formaban el grupo que habían asesinado a la Vieja Trujillo , en
su pueblo, le había acusado, ante la Guardia Civil , de ser él uno de los integrantes
del mismo.
Esta persona, a la que, a lo largo de su
vida maldeciría constantemente su nombre, se llamaba Antonio Rojas.
Una vez en el cuartel, le llevaron a una
pequeña, sucia y maloliente habitación. Esta tenía una gran puerta de madera
pintada en color verde. La habitación carecía de ventanas, y el olor a humedad se sentía nada
más se abrió la puerta.
Una sola lámpara colgaba del techo. Una
mesa. Enseguida, comprendió que aquello no
era un cuartel: aquello más bien era una
cámara de tortura.
No existió interrogatorio. No hubo un careo
para esclarecer la verdad de lo que le acusaban.
El teniente Vega[7],
jefe, al parecer, de aquel cuartel, hombre de unos treinta y cinco años, moreno,
alto y de complexión fuerte, entró con unos papeles en los que había redactado
una declaración, en el que Paco se hacía culpable de participar en la muerte de
la “vieja Trujillo” ocurrida en Alozaina meses atrás. Solo debería firmarla, y
con ella, por supuesto, su pena de muerte.
Él creía que lo habían detenido por haber
luchado al lado de las tropas republicanas, pero acusarlo de la muerte de una
anciana, eso jamás lo admitiría. No solo porque era una falsedad, sino que
además, él había censurado esa acción, y en el pueblo todo el mundo lo sabía.
Se negaba a hacerlo una y otra vez. Parecía
como si a aquellos guardias civiles no les importara que se cometiera una
injusticia. Solo querían que firmara aquella declaración.
Ante las reiteradas negativas a firmar
aquella falsedad, el teniente Vega se marchó de la habitación. Minutos después, aparecieron dos guardias civiles, con las mangas de la camisa, de color verde,
dobladas a la altura del codo, con sendas porras de goma, rellenas de barras de
hierro, y, sin mediar más palabras, comenzaron a golpearle por todo el cuerpo.
Cada diez o quince minutos, paraban y
entraba el teniente Vega quien sacaba de la funda que llevaba en el cinto su
pistola pistola, del nueve largo, y poniéndosela en las sienes le decía:
- Qué, ¿firmas o te pego un tiro?
- No firmaré una cosa que no he hecho- respondía.
Y volvían los golpes. Una y otra vez.
El teniente Vega tenía otra diversión muy
peculiar. Cuando acercaba la pistola a la cabeza de Paco, y ante la negativa de este a firmar, apretaba el gatillo. No tenía balas en la recámara, cosa
que Paco ignoraba, pero la cara de
horror y miedo que este ponía le divertía. Disfrutaba con ver la cara de
súplica y miedo del detenido.
-¡ Matadme de una vez! - suplicaba Paco ante
tanta atrocidad.
- Te mataremos cuando firmes estos papeles- contestaba el teniente Vega. ¡Colgadlo!- ordenó a los guardias.
En el techo había colgada una argolla.
Tiraron una cuerda y, atándolo por los pies, le colgaron en ella.
Lo que ocurrió después es inenarrable.
Aquellos hombres no eran tales. Eran lobos hambrientos abalanzados sobre su
presa. Los golpes ahora eran más virulentos, si cabe, que los anteriores.
Se encontraba completamente bañado en sangre.
La cabeza le daba vueltas. Transcurrido un tiempo, notó cómo las fuerzas le
abandonaban.
- ¿Quieres firmar ya, o seguimos con la
función?- espetó nuevamente el teniente Vega.
Esta vez, Paco no pudo responder. Las
fuerzas definitivamente le habían abandonado y había perdido el conocimiento.
- Mi teniente, este se ha desmayado- indicó uno de los guardias.
- Está bien - replicó - dejadlo descansar
un poco. Cuando vuelva en sí seguiremos. Tiene que firmar esto como sea.
Transcurrido un corto tiempo, le rociaron
un cubo de agua sobre su rostro. Paco, al despertar, pudo comprobar que su
situación no había cambiado.
Inmediatamente, sin tiempo para nada,
siguieron con sus golpes y sus preguntas. Paco ya no tenía fuerzas para responder.
Seis días duró aquella situación. Los
golpes se sucedían de día y de noche. Cualquier momento era bueno para que
aquellos lobos se cebaran con su presa indefensa. Por aquella habitación, pasaron muchos guardias civiles que no dudaban en descargar su furia y su rabia
contra su cuerpo. Ya estaba irreconocible. Todo el cuerpo hinchado, marcado por
los golpes recibidos y totalmente ensangrentado.
- Mi teniente, este me parece que ya no
tiene ni fuerzas para firmar- dijo uno de los verdugos.
- Bueno, dejadlo ya. No vamos a perder más
tiempo con este rojo de mierda – afirmó el teniente - total, tenemos la
denuncia, los testigos, y además sabemos que ha sido combatiente.
- Este “hijoputa” no se va a librar –
prosiguió - Lo vamos a presentar por
rebelión militar y que el juez decida, seguro que con lo que tenemos lo
condenan a muerte.
- Firma tú por orden,- continuó, dirigiéndose a uno de los guardias allí presentes- es lo mismo, y preparadlo
para el traslado a la cárcel.
Los guardias bajaron aquel cuerpo inerte y
maltrecho dejándolo tirado en el suelo de aquella habitación. Una vez que
recobró el conocimiento, le llevaron al patio del cuartel donde había un bidón
con agua. Le obligaron a que se aseara un poco y lo introdujeron en uno de los
calabozos del propio cuartel.
Llevaba seis días en los que había sido
maltratado hasta la saciedad, y en los que no le habían dado nada de comer.
Al día siguiente fue trasladado a la
prisión provincial de Málaga.
“Bajo un gobierno que encarcele a
alguien injustamente,
el sitio adecuado para una persona
justa es también la cárcel.”
Henry David Thoreau
La cárcel provincial de Málaga había sido
inaugurada el día 2 de febrero de 1934 y, según las crónicas “con agua corriente y
servicios”.
Allí lo
dejaron, malherido, más muerto que vivo,
en el ala izquierda del patio de la prisión. Las fuerzas le habían
abandonado una vez más. Gracias a varios compañeros, entre ellos José el
"Delgado", Frasco" el de Tres Galletas", el hijo de Pepe "el Sordo" y José "el de Facio", todos ellos de Alozaina, pudo
recuperar el sentido y fue curado de sus heridas. Por fin, pudo comer algo, aunque
Paco apenas si tenía fuerzas para hacerlo.
Desde que fue detenido, Paco no había
podido ver a ningún familiar. La ropa que llevaba era la misma que cuando fue
apresado, ya que salió con lo puesto, desgarrada y manchada por la sangre derramada durante el
interrogatorio. Entre todos los compañeros le aprovisionaron de nuevas ropas,
no solo para que estuviera más adecentado, sino también para mitigar el frío
reinante.
Al día siguiente recibió la visita de su
hermana María. No sabía explicar el porqué le habían detenido. Tampoco quiso
preocupar a la familia con lo que le había sucedido en el cuartel de la Guardia Civil.
Días después, por la mañana, lo esposaron junto a otros presos y, formando
un grupo de unas treinta personas, entre hombres y mujeres, les trasladaron
fuera de la prisión. El traslado se produjo en una camioneta completamente
cerrada.
Llegaron a un edificio grande, con grandes
salas. Allí se iba a celebrar su juicio.
Era el Juzgado Militar eventual número dos
de los de Málaga, el encargado de juzgar a todos aquellos hombres y mujeres,
salidos de la cárcel de Málaga.
El franquismo tuvo especial cuidado en que los tribunales
estuviesen compuestos por elementos afines. Estaban compuestos principalmente
por militares, el defensor era otro militar al que no se le pedía una formación
jurídica y debía subordinación al presidente del tribunal, que también era
militar. Estos tribunales se encargaron de juzgar a aquellos que, como en un
mundo al revés, eran acusados de promover o apoyar la insurrección. Los juicios
duraban breves minutos, en ocasiones se juzgaban a grupos de sesenta personas
las que podían o no ser escuchadas.
Para aquel grupo solo había un abogado
defensor, y, lógicamente, un fiscal.
Treinta acusados, por diversos motivos, y un solo abogado defensor el
cual, ni tan siquiera, había podido hablar con sus defendidos para conocer su
versión.
El secretario del Juez dio lectura a las
acusaciones, una detrás de otra, sin más argumentación.
El fiscal dio un pequeño discurso en el que
los puso a todos como un guiñapo y basándose en que todas aquellas personas
eran antipatriotas, que profesaban el comunismo y que eran unos asesinos, por
tanto, no merecían vivir. El abogado defensor solo se limitó a pedir clemencia
para sus defendidos.
Ese fue todo el juicio. Quince minutos para
treinta juicios. En tan solo quince minutos se había jugado con la vida de
treinta personas.
- Pero, ¿qué pantomima era aquella?
- ¿Cómo se podía jugar con la vida de las
personas de aquella forma?
No podían hablar, defenderse por sí mismos.
El Juez fue mucho más rápido. Rápidamente, resolvió la sentencia. A uno de los
acusados, 12 años y un día de cárcel. A otro 20 años. Al resto pena de muerte.
Los acusados se quedaron petrificados,
perplejos por lo que acababan de oír. Sus rostros reflejaban la incredulidad,
el desengaño, el miedo...
Jugaban con las vidas de las personas como
si de una partida de cartas se tratara. La vida de un “rojo” no valía nada.
Bastaba cualquier sospecha, cualquier comentario, para que la vida de una
persona perdiera todo su valor.
En la causa nº 74/37 del Juzgado Militar
eventual número dos de los de la plaza de Málaga, Paco era condenado a la pena de muerte por “rebelión
militar”
El discurso ofrecido por el abogado
defensor no había calado en la sensibilidad del juez.
No se puede decir que lo que dijo aquel
abogado defensor fuera, ni mucho menos, un discurso. Cuatro palabras formaron
el alegato que este buen hombre utilizó para defender a cerca de treinta
personas, cada una de ellas con una acusación distinta a las del resto.
Sí había surtido efecto el alegato del
fiscal. Un hombre pequeño, enjuto y con un don de palabra muy convincente. Este
fiscal, que gracias a juicios como estos ascendió en el escalafón político, no
puso en duda el acusar a muchos, miles, de hombres y mujeres malagueñas, para
conseguir objetivos personales.
Ese fiscal quien, posteriormente, y
teniendo como aval su participación en los consejos de guerra celebrados en
Málaga, en los que fueron asesinados más de 4300 personas, llegaría a ser el
que durante algún tiempo durante los últimos años del franquismo regiría los
destinos de España.
Su nombre, maldito para miles de familias
malagueñas, era Carlos Arias Navarro quien, por todos aquellos crímenes
recibiría el apodo de “el Carnicero de Málaga”.
Los estudios realizados sobre la incidencia
de Carlos Arias Navarro en la represión franquista en Málaga, le atribuyen más
de 4.300 muertes.
Solamente él podía condenar a muerte a
cientos de personas diariamente. Por esa labor, se ganó el sobrenombre de
"el Carnicero de Málaga".
Según testimonio de Francisco Vera,
exiliado en México desde 1939, para la revista Cambio 16, sobre Arias Navarro
dice:
“Era
un muchacho anodino, con poca personalidad, fiscal de la Audiencia de Málaga”.
- “Cuando el 18 de julio se sublevaron las
tropas de Franco, mi padre –dice – que era funcionario de la Audiencia lo refugió en
su casa. Allí vivíamos yo y mis tres hermanos y mi madrastra. A Carlos Arias lo
conocíamos por mi padre, republicano de toda la vida, y mi hermano que era
abogado. Estuvo oculto en nuestra casa con sólo un pequeño intervalo que pasó
en el barco-prisión anclado en el puerto”.
“Cuando los italianos toman Málaga en
febrero de 1937 el joven fiscal se lanza a la calle, con su camisa azul. Poco
después se organizan los Tribunales de Guerra”.
“Arias Navarro toma su puesto como jurídico
militar – continúa Varela - . Mi padre y mi hermano Fernando caen prisioneros
de los italianos. Mi madrastra también. Arias forma parte del tribunal que
condena a muerte a mi padre y mi hermano por rebelión militar. Pocos días
después fueron fusilados. Mi madrastra fue condenada a dieciséis años de
cárcel”.
El historiador Gabriel Jakson describe
así la toma de Málaga por las fuerzas franquistas: “Los invasores aguardaron en
las colinas durante tres días y luego entraron en la ciudad prácticamente sin
disparar un tiro. Con ellos traían una lista interminable de personas que
habían de ser ejecutadas: por haber sido dirigentes del Frente Popular, por
saqueos, por responsabilidad en lo ocurrido en los buques-prisión, por
participar en huelgas en los pasados años. Los prisioneros fueron amontonados
en el patio del Ayuntamiento y fueron juzgados sin testigos por tres jueces
militares y condenados a muerte por rebelión militar. Con los brazos atados con
cuerdas fueron sacados a la calle, cargados en camiones y llevados a las
afueras de la ciudad. Pelotones de ejecución italianos y españoles compartieron
el trabajo. Las autoridades militares italianas se sintieron horrorizadas ante
el número de ejecuciones y por las mutilaciones practicadas a los cadáveres de
los ejecutados y de los heridos.” (Cambio 16).
Terminado el juicio, o aquella pantomima de
juicio, en el que condenan a Paco y al resto de presos, fueron devueltos a la
cárcel malagueña, donde reingresaron incorporándose a las distintas celdas o
brigadas. Los que habían sido condenados a muerte fueron trasladados a la
octava brigada. Los que entraban en una de estas brigadas, por aquellas fechas,
solo salían de ellas muertos o para morir.
Al finalizar el día, en la octava brigada
solo quedaban quince de aquellos hombres
que por la mañana habían sido condenados. Se daban prisa en efectuar las
"sacas", como popularmente llamaron a las remesas de hombres que
sacaban de la cárcel para fusilarlos. No había tiempo para alegaciones,
recursos... Era la “nueva justicia” impuesta en España.
-¿Pero qué hacía él allí? – se preguntaba -
¿Cómo había ido a para a aquella cárcel?
Paco tubo tiempo de pensar en su futuro,
¿su futuro?, pero ¿qué futuro le esperaba?
Estaba condenado a muerte. El futuro ya no
existía para él. Un grupo de personas habían decidido negarle el futuro,
negarle la vida. Se la iban a arrebatar, sin más, porque un paisano suyo, al
que siempre había considerado un amigo, y al que, ni él ni nadie de su familia
le habían hecho daño alguno, había decidido jugar con su vida.
-“¿Qué les pasaba a la gente por sus mentes
para llegar a esos extremos?”- se preguntaba.
Ya no le quedaban esperanzas. Lo que estaba
viviendo en aquella brigada de la cárcel de Málaga le dejaban las cosas muy
claras: “solo saldría de allí para morir”.
Decidió que había llegado la hora de
decirle a los suyos cuál era su futuro, y qué es lo que le esperaba. No quería
que nadie sufriera más de la cuenta, pero sí que supieran quién le había
llevado a aquella situación.
Contenía la rabia a duras penas, y no
pasaba ni un solo instante en el que no pensara en cómo había llegado allí.
¿Tenía que haber actuado de otra forma aquella maldita noche?
En las largas horas que pasaba esperando
una llamada de la muerte, las imágenes de su vida se sucedían en su mente: su
infancia, los juegos, sus amigos, la familia, su novia… una vida plena de
alegrías, de cariño…
También recordaba su decisión de alistarse y
luchar por lo que él creía justo. ¿Se habría equivocado? ¿Debería haber tomado
otra actitud?
Entonces recordaba las palabras que, con la
sabiduría que dan los años, le repetía, una y otra vez, su madre antes de
marcharse: “Paco, hijo, no te metas en líos, que hay gente muy mala por ahí.
Ten cuidado con quien andas y con lo que dices”.
Él estaba seguro de no haberse equivocado
en la decisión que tomó, pero maldecía constantemente a quien, creyéndose Dios,
le había cambiado el rumbo de su vida.
Esperaba que la visita de su hermana María
se produjera antes de que le fusilaran. Tenía tantas cosas que decirle, tantas
palabras que transmitir a su familia. Ella sería la primera en enterarse de su
condena a muerte y la encargada de transmitir la noticia a la familia.
Pensó en cómo le afectarían a sus padres.
Sobre todo a su madre. Mucho estaba
sufriendo ya, y encima, otro duro golpe. Y su novia, una mujer joven que
tendría que rehacer su vida con otra persona.
Consiguió, de uno de los presos, al que le
habían dejado tener una libreta y un lápiz, que le facilitara una hoja para
poder enviarle una nota a Nati. En la nota, cargada de sentimentalismo y
añoranzas, Paco le explicaba su
situación y le pedía que se olvidara de él, que continuara su vida como si él
nunca hubiera existido. Su vida ya no tenía ningún futuro y pensó que jamás
volverían a verse.
Varios
días llevaba ya ingresado en la cárcel de Málaga cuando, por fin pudo ver a su
hermana María, que había ido a visitarle. María ya sabía que estaba condenado a
muerte, ya que habían seguido todos sus pasos desde que le detuvo la guardia
civil. Le llevó ropas, comida y le puso al día de cómo se encontraba el resto
de la familia, de cómo estaba la situación en su pueblo, y de lo que estaban
haciendo para intentar sacarle de ese horrible lugar. El principal objetivo que
la familia tenía era librarle de la pena de muerte a la que había sido
condenado. Era menor de edad, y esa era la baza con la que intentaban que la
sentencia se anulara, o al menos, se cambiara. Sería un primer paso.
Paco no albergaba esperanzas sobre las
gestiones que su familia estaba realizando para liberarle, y así se lo hizo
saber.
-“En cualquier momento me van a sacar de
aquí y me van a fusilar” – le dijo.
- “Ten fe, hermano, veras como pronto sales
de aquí “ – le contestó María. – “Si no podemos sacarte, al menos vamos a
conseguir que te anulen la pena de muerte. Después lucharemos para que te dejen
libre”
Antes de despedirse de su hermana, Paco le
entregó la nota que había escrito para que se la hiciera llegar a Natividad. Se
despidió de ella como si fuera la última vez en la que se fueran a ver.
Los días pasaban, y las buenas noticias no
llegaban.
Los regímenes de visitas eran muy
estrechos. Estos se limitaban a una visita al mes, en el que era permitida la
entrada a dos familiares, tras ser registrados y reconocidos como tales. La
mayoría de las visitas de familiares llevaban paquetes con comida o ropa que,
difícilmente llegaban a los presos.
Los represaliados vivían inmersos en un régimen de terror
en el interior de las prisiones. Junto con el hambre, los malos tratos, la
tortura y la omnipresente amenaza de asesinato y la pena de muerte, no había
nada mejor para aniquilar el espíritu de los recluidos que la disciplina y las
constantes formaciones en los patios, para dar las voces de rigor, levantar el
brazo, cantar el Cara al Sol, pasar listas y comunicar la identidad de los
próximos en ser ejecutados.
De vez en cuando, un
oficial aparecía en la puerta de la brigada y, con una pistola en una mano, y
un papel en la otra, daba lectura a los nombres de los que iban a morir.
Normalmente, los pasaban a otra celda donde permanecían hasta la noche, cuando
los sacaban al patio central para fusilarlos allí mismo, o trasladarlos al
cementerio de San Rafael, donde llevaban a efecto la sentencia. Así día tras
día. Noche tras noche.
El oficial leía muy despacio los nombres de
cada uno de los integrantes de esa lista. Salían uno a uno, y a cada nombre que
leía el oficial, se escuchaba un ¡Salud camarada! ¡Viva la República !
Todos sabían que no se volverían a ver más.
Pero todos salían erguidos, orgullosos de morir por la causa que creían justa.
En la brigada octava, junto a Paco, se
encontraban tres hermanos de Yunquera, pueblo cercano al suyo. José, Andrés y
Francisco Martín Martos. Su delito: haber sido carabineros durante la República.
El día 28 de ese mes, en la lista solo
aparecieron dos de ellos. Los dos mayores, José y Andrés. Era doloroso ver a
esos tres hombres, abrazados, llorando. El menor pedía al oficial ir junto a
sus hermanos a la muerte.
A empujones, fueron sacados los dos
mayores. El menor recibió un fuerte golpe con la culata de un fusil, quedando
inconsciente en el suelo.
Las noches eran largas, solamente se oía el
tintinear de las ametralladores que acababan con las vidas de los que habían
sido seleccionados ese día.
Entre las personas que se encargaban de
leer las listas se encontraba un tal don Antonio. Este hombre, de baja estatura
y regordete, tenía una forma muy peculiar de leer. Lo hacía tan despacio,
silabeando una a una, que todas aquellas personas cuyos nombres o apellidos
empezaran igual que el elegido, creían que eran ellos los que iban a morir. Era
una persona sádica, disfrutaba leyendo las listas. Además, las sacas no las
hacía de una sola vez.
Cuando había leído un cierto número de
nombres, decía:
- Bueno, por hoy, nada más.
Media hora más tarde, volvía a leer varios
nombres más.
La familia de Paco no reparaba en gastos
tratando de buscar una solución para él. Querían verlo libre, a su lado, en el
seno familiar.
Pero todos los intentos resultaban
fallidos.
A través de una prima suya, hija de sus
tíos que vivían en la Colonia
de Santa Inés, y que trabajaba como asistenta en el consulado de Suecia en
Málaga, consiguió que el propio cónsul se interesara por su causa.
El hecho de que Paco aún fuera menor de
edad fue fundamental para su defensa. No se pudo conseguir su libertad, pero
sí, después de varios recursos de alzada, un indulto de la pena de muerte, por
el de 20 años de reclusión temporal.
En las cárceles españolas existían
básicamente dos tipos de actividades laborales que realizaban los presos. Una
de ellas era realizada por los llamados destinos. Estos presos se encargaban de
trabajos relacionados con el funcionamiento de la cárcel y las tareas que
realizaban abarcaban desde trabajos en la cocina hasta albañiles, barrenderos o
recaderos. No eran presos políticos sino presos comunes los que ejercían estas
tareas. El régimen no se fiaba de los presos políticos.
El día 14 de agosto, uno de estos presos
destino apareció en la brigada octava.
- ¿Francisco Santos Rodríguez?- preguntó.
- Si, soy yo- le respondió.
- Enhorabuena muchacho. El Caudillo ha
conmutado tu pena de muerte por ser menor de edad. Ahora solo tienes veinte
años de cárcel.
Paco no se lo podía creer. Le habían
perdonado la vida. Pero inmediatamente una duda pasó por su mente ¿cómo
aguantaría veinte años en esas circunstancias? Todos sus compañeros de celda le
felicitaban y le daban ánimos.
- Toma – le dijo indicándole un lugar en
aquél escrito- firma aquí tu conmutación de pena.
Fue la firma que más a gusto realizaría en
toda su vida.
Su cuerpo era como una gran noria, capaz de
detener. Sentía que era incapaz de coger el papel entre sus manos.
Junto a la conmutación de la pena vino un
cambio de brigada. Aquella misma
mañana, fue trasladado a otra brigada. Esta ya no estaba destinada a los que
habían sido condenados a muerte.
Ese día el patio central de la Prisión Provincial
de Málaga era una verdadera colmena. Más de cinco mil hombres esperaban que la
pesadilla que se avecinaba, pasara lo antes posible.
El calor reinante, junto con el
hacinamiento, hacían que todos aquellos hombres sudaran de forma copiosa.
El poder salir al patio fue para Paco una
nueva y sorpresiva realidad. Se sentía como niño con zapatos nuevos. Eso era
otra cosa, allí podía ver a personas conocidas, muchos paisanos suyos, hablar
con ellos, saber de la familia. Ante sus ojos aparecía una nueva vida que le
albergaba nuevas esperanzas.
Pero esas esperanzas pronto se
desvanecieron. El toque de la corneta hizo enmudecer todas las gargantas.
Las caras fueron cambiando, reflejando el
miedo que sentían ante lo que anunciaba aquel toque.
- ¿Cómo era posible que, un simple toque de
corneta, acallara tantas gargantas?
Aquella masa humana en unos segundos, del
griterío había pasado al más completo de los silencios.
Todos empezaron a formar en filas,
callados. Paco realizaba los mismos movimientos que sus compañeros sin saber
ciertamente qué pasaba. En pocos minutos, todos aquellos hombres quedaron
perfectamente formados.
Ante ellos, con una pistola en una mano, y
una porra en la otra, se presentó un hombre: " El Estampillado".
Alto, muy espigado, con aire marcial y
perfectamente uniformado. Tanto su cinto, de cuero color negro, como las botas
altas, igualmente negras, brillaban junto a la luminosidad del día. A este le
seguían dos mujeres, completamente vestidas de negro. Una, de edad avanzada. La
otra, de unos veinte y cinco años, alta, esbelta. Escondía su rostro tras un
velo negro." El Estampillado" era el siervo de esa mujer joven. Y ella era la
mismísima muerte:" La Niña
Estrada". El silencio
era sepulcral en el patio de la cárcel malagueña.
A esta mujer natural de la cercana
localidad de Álora, al parecer le habían matado a su padre y marido, y su forma
de vengarse era llegar a la prisión, elegir a varios hombres, decir que habían participado en dichas muertes, y
condenarlos a morir ese mismo día.
Pasaba, junto a su acompañante y al" Estampillado", entre las filas de hombres perfectamente formados. De cuando en
cuando señalaba a algunos de los prisioneros, que eran inmediatamente apartados
del resto.
En menos de cinco minutos, esa mujer había
sembrado el terror en el patio de la cárcel. Los “elegidos” por "La Niña Estrada"
desaparecían inmediatamente camino del cuerpo de guardia. Ese mismo día eran
fusilados.
Esa era una de las formas en las que, en
Málaga, en aquella época, se quitaban de en medio a los "rojos".
Un día era "La Niña
Estrada" , otro día, otra persona. Cualquiera era bueno y
válido para eliminar aquella plaga de indeseables rojos. Aquellos rojos que, lo
único que habían hecho era defender su libertad. Defenderse de las injusticias
a las que se habían visto obligados.
Esa era la única razón que movía a estas
gentes a eliminarlos, el haber luchado contra ellos. Eso de que, tanto en el
juego como en la guerra hay que saber ganar y perder, no iba con ellos. Ellos
no habían sabido ganar.
Mientras tanto, en la calle, la represión
no paraba. En Alozaina, como en muchos otros pueblos, a las mujeres sospechosas
de pertenecer a grupos de izquierdas, o por el simple hecho de ser familia
directa de algún huido, le rapaban el pelo y le daban de beber aceite de ricino[8],
y la paseaban por todo el pueblo[9].
También, por su hermana María supo que
a una joven del pueblo,de unos 17 años, no solo
la habían rapado el pelo y hacerle beber aceite de ricino, sino que la violaron
en el mismo cuartel de la guardia civil, por gente del pueblo. Después la
pasearon por todo el pueblo con un cartel colgado del cuello que decía: “Por
Roja”
Paco permanecería en esta prisión hasta
finalizada la guerra civil española.
Sus padres, de vez en cuando, le mandaban
ropas y comida. Pero la escasez de ambos provocaba que la mayoría de ellos no
llegaran a su poder. Eran los propios funcionarios de la cárcel los que,
aprovechando que debían revisar todo lo que entraba, requisaban la mitad o más
de ellos y se los llevaban. La mitad de los alimentos que llegaban se
encontraban en mal estado, debido al tiempo que los retenían, y el resto
aprovechable, Paco los compartía con sus compañeros. En ese aspecto era
bastante solidario. Pensaba que, aunque poco, algo podía ofrecer a los demás
para que no murieran de hambre, ya que la comida que se daba a diario a los
reclusos era poca y de baja calidad, sin apenas vitaminas que pudieran efectuar
sobre el organismo una acción protectora contra las enfermedades de la época.
En el año 1939, la población reclusa de la prisión provincial de Málaga ascendía a 8.523
personas. Aunque a diario se fusilaban o ejecutaban (los menos) con el garrote
vil a muchos de aquellos presos, también las detenciones en el exterior de
aquellos muros era numerosa, por lo que el flujo de presos no cesaba.
El día 2 de abril de 1939, por la mañana y
tras el toque de corneta, apareció el director en el patio de la cárcel. Esta
presencia suponía una novedad, ya que él nunca aparecía en el mismo. Esto hizo
presagiar que algo importante sucedía.
- Hoy os traigo una buena noticia - comentó
- os voy a leer el último parte de guerra.
Y comenzó a leer, parsimoniosamente, el
último parte de la guerra civil española:
“En el día de hoy, cautivo y desarmado el
ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos
militares.
La guerra ha terminado.
El Generalísimo Franco.
Burgos, 1º de abril de 1939.”
Terminó su lectura con un ¡Viva Franco! ¡Arriba España!.
El murmullo que antes de la lectura existía
en todas las galerías se acalló por completo. Sus palabras retumbaban como si
las pronunciara en un cementerio, solo se rompió por uno de los presos que,
desde una de las galerías, se había lanzado al vacío, cayendo junto al lugar
donde se encontraba el director. Mientras caía lanzaba un grito de ¡Viva la República !
Esa fue la única contestación que obtuvo a
la proclama de finalización de la
guerra.
Paco sintió que todas las esperanzas
puestas en una victoria de las tropas republicanas habían desaparecido. Ya
nadie les sacarían de allí. Por un momento pensó que lo mejor sería correr la
misma suerte que aquel compañero que había puesto fin a su vida. Esa sería la
única forma de poner fin a tanto sufrimiento. La única forma de poner fin a
aquella pesadilla.
Pero solo fue un pensamiento. En seguida, volvió a la realidad y se propuso seguir luchando contra aquella tiranía
implantada contra su voluntad y la de una gran mayoría de españoles, además,
impuesta de forma ilegal. Tenía alma de luchador y, por mucho que los otros se
lo propusieran, y le dieran motivos suficientes para hacerlo, él seguiría luchando
por vivir y poner su granito de arena para que lo que se estaba empezando a
producir en España, desapareciera.
Días después, empezaron a llegar soldados
republicanos a la prisión. Todos aquellos hombres se convertían en prisioneros
de guerra. No se podía pasar por ningún lado. Las brigadas, las celdas, los
corredores, las galerías. Todo lleno de prisioneros. Las cárceles, cuarteles,
conventos, campos de concentración. Toda España era una gran prisión donde se
hacinaban “los enemigos de la patria”, como a ellos les gustaban llamarles.
Aquello era impresionante. Ya no sabían dónde iban a meter a la otra media
España que había perdido la guerra. Los ganadores debían de tomar una decisión
para solucionar aquel problema.
Y la tomaron: matarlos.
Las ejecuciones que, hasta entonces se
habían producido, serían “pecata minuta” con lo que a partir de entonces iba a
ocurrir.
En el cementerio malagueño de San Rafael,
cercano a la prisión, instalaron dos ametralladoras que no cesaban de escupir
fuego por sus bocas, ni de día ni de noche. Había que erradicar aquel problema lo antes posible. Era
como el carnicero que trabaja por cuenta propia.
Se cree que unos 4000 cadáveres fueron
enterrados en fosas comunes en el malagueño cementerio de San Rafael.[10]
Los que llevaban más tiempo en la prisión,
entre ellos Paco, fueron trasladados a una nueva brigada, la segunda.
Una nueva experiencia les habían tocado
vivir a todos aquellos hombres.
El día 19 de abril de 1939, la cárcel de
Málaga vivió una jornada inusual y distinta a las demás. El motivo: la visita
de Franco a Málaga. Las autoridades, aunque Franco nunca visitaría la cárcel de
Málaga, habían intensificado la vigilancia, tanto dentro de la prisión, como en
sus alrededores, impidiendo además que los familiares que, a diario se
agolpaban a las puertas del centro, pudieran ese día acercarse.
De vez en cuando, Paco recibía la visita de
sus familiares, mayormente la de su hermana María ya que, sus dos hermanos más
mayores, Rodrigo y Antonio, estaban luchando en el frente.
En una de aquellas visitas de su hermana,
que antes no se lo había querido decir, le comunicó la noticia, hasta ahora,
más trágica de su vida: sus hermanos mayores habían muerto en sendos campos de
batalla. Rodrigo, que había sido movilizado por el bando rebelde, había caído
en la batalla del Ebro, en el mes de octubre de 1938; Antonio, en la defensa de
Marbella había muerto entre los meses de enero y febrero de 1937.
El pecho le oprimía. La rabia contenida y
el desconsuelo afloraron en un llanto que no podía contener.
De una tacada, Paco había perdido a dos de
sus hermanos. ¡Cuán cruel era la vida! Pensaba en su madre, ¿cómo debía estar
sufriendo?. Dos hijos muertos, uno encarcelado…
El 14 de mayo de 1939, el gobierno
franquista implantó en España, para paliar la falta de alimentos que se sufría
al no haber cosechas propias de las principales materias primas, y sobretodo
por el aislamiento internacional que estaba sufriendo, un sistema de racionamiento
de alimentos.
Se instauró la famosa “cartilla de racionamiento”[11]
El día 27 de septiembre de ese año, lunes
por la mañana, un oficial de la prisión llegó a la brigada donde Paco se
encontraba destinado. Fue leyendo los nombres de unas sesenta personas. Les
indicó que prepararan sus pertenencias que iban a ser trasladados a otra
prisión. Ni una palabra más. Tampoco se podía preguntar.
En el patio de la prisión les esperaban
guardias civiles. Una vez realizada la formación habitual, los fueron esposando
de dos en dos y, entre dos filas de guardias, salieron de la prisión con
destino a la estación malagueña, recorrido que hicieron a pie. Un destino
incierto les esperaba.
En aquella remesa de presos no iba nadie
más de su pueblo, sí algunos conocidos de pueblos cercanos y otros con los que
más había hablado.
Paco había permanecido más de dos años en
la cárcel de Málaga. Más de dos años de sufrimientos y sin esperanzas de salir
en libertad. Todos los recursos que contra la sentencia se habían puesto en su
nombre, habían sido denegados.
Pero el destino aún le tenía reservadas
nuevas experiencias. Era verdad que se había librado de morir fusilado como
miles de hombres y mujeres, muchos de ellos compañeros, amigos… pero todavía
debería sufrir aún más si cabe.
La puerta de la prisión
era un enjambre de personas, todas esperando ver a sus seres queridos. Padres,
madres, hermanos, novias. Todos querían acercarse a ellos y poder abrazarlos,
besarlos. Pero la barrera que los guardias civiles habían puesto era imposible
traspasarla. Desde la cárcel, situada en la carretera de Cártama, hasta la
estación, en la calle Cuarteles fueron seguidos por miles de personas. Les
preguntaban por su suerte:
- ¿Dónde les llevaban? Nadie sabía nada.
La única contestación que se escuchó, por parte de un cabo de los guardias fue:
- Al infierno, que es donde deberían haber
estado siempre.
Hacinados en el tren como animales, sin
haber podido despedirse de sus seres queridos, sin saber cuál era su destino,
emprendieron el viaje hacia lo desconocido.
En el tren, como en la calle, los guardias
civiles respetaban a rajatabla el
conducto reglamentario militar. Si alguien deseaba acercarse al baño, para
hacer sus necesidades, se lo comunicaba al guardia que tenía junto a él, este a
su vez se lo indicaba al cabo, el cabo al sargento, y así sucesivamente, hasta
llegar al capitán, que era el único que podía autorizarlo. De esa forma, muchos
de ellos, cuando llegaba la autorización, ya se lo habían hecho encima. Si
tenías la suerte de aguantar, te dirigías a los servicios, esposado al
compañero y, lógicamente, con la vigilancia de un guardia civil.
Tres días duró aquél maldito viaje. Tres
días donde no les dieron nada de comer, sentados en aquellos viejos asientos de
madera, sin poder moverse. Tres días sin poder apearse.
Paco escuchó, en aquel tren, y por primera
vez, una frase que los miembros de la guardia civil habían popularizado:
"Vista larga. Pasos cortos. Y mala
leche".
Por fin, después de tres días y dos largas
noches, sin poder bajarse, sin más comida que la que les habían podido dar sus
familiares a la salida de Málaga, extenuados y cansados, se puso fin a aquel
viaje. Era el día 30 de ese mes, en el que por fin pudieron salir de aquella
cámara de tortura en la que se había convertido aquel medio de transporte.
Allí, les esperaban otro gran contingente de
guardias civiles armados hasta los dientes.
Con todas las medidas de seguridad del
mundo, al igual que cuando salieron de la prisión de Málaga, se encaminaron,
andando, hacia su nuevo destino.
[1] El Convento de La Trinidad , también
conocido como Convento de San Onofre de
Padres Trinitarios Calzados, es un antiguo convento trinitario situado de la ciudad de Málaga, (España). Se trata de una edificación del siglo XVI alrededor del cual se originó el
barrio de La Trinidad,
a extramuros de la ciudad medieval. Combina elementos arquitectónicos renacentistas y mudéjares. Destaca su claustro con arcos de
medio punto y columnas de mármol. Además de
convento, ha servido como cuartel de la Guardia Civil.
[2] Agrón
es un municipio situado en la parte centro-este de la comarca de Alhama
(provincia de Granada), a unos 31
km de la capital granadina, en el sureste de España.
Limita con los municipios de Ventas de Huelma, Escúzar, Alhendín, Jayena, Arenas
del Rey y Cacín. Aunque la agricultura y ganadería suponen, con diferencia, la
mayor parte de su actividad económica el pueblo fue cuna del fundador de
"Plásticos Andalucía de Granada", empresa de éxito en la provincia.
Tras la Guerra Civil
Española, se produjeron trágicos sucesos en esta población, al unirse a la
guerrilla republicana al menos una veintena de jóvenes del pueblo. Meses
después, todos fueron abatidos tras ser acosados durante varios días, y
derribarse el cortijo donde se ocultaban .Fuente: ABC pueblos
[7] Leopoldo Vega Ochoa, teniente de la Guardia Civil en
Málaga, había participado en el mes de julio en una reunión celebrada en el
cuarto de banderas del campamento Benitez, para preparar el golpe militar,
junto al Capitán Huelin, el Capitán Hernando (enlace con Sevilla), el Teniente
Coronel Bello Larrube, los Tenientes Segalerva, Ramos Díaz de Vila, González
Adame, el Capitán de Asalto Navarro y los Tenientes del mismo Cuerpo Triviño y
Espejo. Como elemento civil asistió Amador García Moyano, soldado de cuota,
presidente de las Juventudes de Acción Popular, que actuaba como enlace de
Huelin y de contacto con las fuerzas políticas implicadas.
[8] Desde
los tiempos faraónicos se utiliza la planta de ricino con fines medicinales. La
aplicación más conocida es como purgante. En dosis elevadas se pueden producir náuseas, vómitos, cólicos y diarrea aguda.
[9] Cuando las mujeres
eran detenidas se les pelaba a algunas les golpeaban pero rapadas y paseadas
para burla de los vecinos de los pueblos y como distintivo para diferenciarlas
del resto de la población, en la mayoría de los casos era un castigo en sí
mismo y no tenía que estar asociado al cumplimiento de pena. Más bien
significaba una amenaza desde el poder que ponía en posición de humillación a
quien tenía que temer.
Fuente: Encarnación Barranquero Texeira “Malagueñas en la
posguerra franquista”
[10] Más de 4.300 victimas del franquismo fueron enterradas
durante 20 años en el cementerio de San Rafael, donde las excavaciones han
recuperado restos de 2.840 cuerpos. Fuente Diario Málaga Hoy 4 marzo 2010.
[11] En los años 40,
debido a la guerra, la política económica de Franco y el aislamiento internacional,
en España escaseaban los alimentos. El gobierno decidió controlar la
distribución de las mercancías, asignando a cada persona cierta cantidad de los
productos básicos más escasos: azúcar, arroz, aceite, pan, judías… , que había
que recoger con la Cartilla
de Racionamiento. Estas cartillas se establecieron el 14 de mayo de 1939 y se
suprimieron en 1952..
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