lunes, 2 de marzo de 2015

EL DESTINO DE UNA VIDA "PACO EL DITERO" 2ª PARTE

                                                               EL FRENTE


“El que ama la guerra civil,
 es un hombre sin lazos de familia,
sin hogar y sin ley.”

                                                         Homero.



Cuartel de La Trinidad



    En el cuartel de la Trinidad[1], Paco se encontró con el resto del grupo. Cuando le dieron el arma, un fusil Máuser y la munición correspondiente, Paco se puso tan nervioso que casi se le cae de las manos. Era la primera vez que tenía entre sus manos tal artilugio.

     - ¿Pero, qué te pasa?- preguntó Miguel. ¿No me digas que no sabes manejarla?

     - ¿Y cuándo he visto yo una cosa como esta?- le respondió-, pero no te apures, que yo aprendo rápido.

    A los pocos minutos, un monitor se encargaba de enseñarle su manejo. Estuvo todo el día montando y desmontando el arma hasta lograr dominarla, conociendo en profundidad cada uno de sus rincones.
    Era la madrugada del día 25 de agosto de 1936, martes, cuando, varias camionetas llenas de milicianos, partían desde Málaga hacia el frente norte, en la provincia de Granada.
    Antes del amanecer llegaban a Loja, en esa provincia, donde fueron alojados a fin de poder descansar y reponer fuerzas para, al día siguiente, partir hacia el frente.



    Loja se encontraba muy cerca del frente, y desde él, se podía escuchar el tronar de los morteros, el repiqueteo de las ametralladoras, incluso se podían ver las columnas de humo que producía la batalla.

    Se habían alojado en una casa bastante grande, con muchas habitaciones, en el mismo centro del pueblo. Allí se encontraban más milicianos procedentes de otras ciudades, a la espera de que los mandos les dijeran adónde debían ir.
    Estaban sentados todos los componentes del grupo en torno a una mesa cuando, y nada más empezar a comer, sonó un cornetín. Estaba tocando llamada.
    Las tropas fascistas estaban atacando a menos de un kilómetro del lugar en el que Paco y sus compañeros se encontraban.
  Rápidamente abandonaron el cuartel y se dirigieron, en la misma camioneta en la que habían llegado desde Málaga, hacia el lugar del ataque. Otras camionetas más les acompañaban en aquella incursión.
    Por fin, empezaba lo que tanto había ansiado. Por fin, podría defenderse de quienes querían arrebatarle su vida.
    Pero su cuerpo no le obedecía. Sus piernas, sus brazos, todo su cuerpo se encontraba agarrotado. Sintió miedo. Por primera vez en su vida, Paco sintió miedo. Solo los ánimos dados por sus compañeros le hicieron reaccionar. Desde una trinchera donde se encontraban, muy asediados, otros compañeros, Paco disparaba una y otra vez su arma, sin apuntar a nada ni a nadie. No sabía hacia dónde se dirigían las balas, pero él disparaba sin cesar.

    -¿Habría matado a alguien? – se preguntó.



    Poco duró ese infierno, ya que, al ver la llegada de los refuerzos, los fascistas retrocedieron hacia sus posiciones iniciales.
    Esto le animó. Las risas y las felicitaciones de sus compañeros le hicieron disipar las dudas y miedos anteriores. Celebraban aquella retirada del enemigo como si hubieran ganado definitivamente la guerra. Por fin, había luchado contra sus enemigos,los enemigos de su libertad.
    Regresaron nuevamente a  Loja, donde, por fin, pudieron dar buena cuenta de la comida que se había quedado sin consumir encima de la mesa.



    El camino hasta su destino final se debía hacer en dos etapas, con muchas precauciones, ya que, en cualquier momento, podían ser atacados por el enemigo. Debían de ir despacio, por lo que un trayecto de unas horas les podía llevar casi un día. El cuartel de Loja era el punto de reunión de los milicianos que procedían de Málaga y otras ciudades limítrofes, y desde allí, se distribuían por todo el frente de Granada. En la mañana del día 26, unos cinco camiones partían hacia Agrón.
    El camino era difícil, no solo por el mal estado de la carretera, afectado por los efectos de las bombas, sino por la proximidad del enemigo. En muchas ocasiones, debían de apagar los motores de los camiones y empujarles para que estos no hicieran ruido, y evitar que el enemigo les descubriera. A mediodía, llegaron a Alhama de Granada, donde pararon para almorzar e inmediatamente después continuar su camino hacia el pueblo de Agrón[2], su lugar de destino.

    En Agrón no había ningún cuartel que les pudieran albergar, por lo que fueron alojados en casas particulares. Sus habitantes eran gentes sencillas, que no regateaban nada para que los combatientes se encontraran cómodos y seguros.

    Paco, debido a su corta edad, era, en muchas ocasiones, el centro de atención, no solo de sus compañeros, sino del resto del pueblo. Los más jóvenes del pueblo querían saber qué sucedía en el campo de batalla. Los viejos alababan su juventud. Paco se sentía halagado por los elogios que de él todos hacían. Se sentía, en ocasiones, un héroe.
    No muy lejos de donde Paco se encontraba, también en la provincia de Granada, y tras una denuncia anónima, el 16 de agosto de 1936, fue detenido el poeta Federico García Lorca en la casa de uno de sus amigos, el también poeta Luis Rosales, quien obtuvo la promesa de las autoridades nacionales de que sería puesto en libertad «si no existía denuncia en su contra».  La orden de ejecución fue dada por el gobernador civil de Granada, José Valdés Guzmán, quien había ordenado al ex diputado de la CEDA Ramón Ruiz Alonso la detención del poeta.
    Las últimas investigaciones, como la de Manuel Titos Martínez, determinan que fue fusilado la madrugada del 19 de agosto de 1936, seguramente por cuestiones territoriales, ya que algunos caciques, muy conservadores, tenían rencor al padre de Lorca porque era un cacique progresista.

    En una entrevista al diario El Sol, había declarado que «en Granada se agita la peor burguesía de España», y eso fue su sentencia de muerte. Federico García Lorca fue ejecutado en el camino que va de Víznar a Alfacar, y su cuerpo permanece enterrado en una fosa común anónima en algún lugar de esos parajes con el cadáver de un maestro nacional, Dióscoro Galindo, y los de los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas, ejecutados con él.
    La fosa se encuentra en el paraje de Fuente Grande, en el municipio de Alfacar, provincia de Granada, región Andalucía (España).


    El escritor, autor del "Romancero Gitano" fue ejecutado por ser republicano y homosexual, considerado en esa época como un delito imperdonable[3].
    
Al día siguiente a su llegada, el 27 de agosto[4], se produjeron los destinos de cada uno. A Paco le trasladaron a caballería.
    Ese destino le gustó, ya que él había tratado mucho, junto a su padre y hermanos, con estos animales. Se había criado entre ellos y los conocía bastante bien.
    Caballería seguiría teniendo su puesto de mando en el mismo pueblo, cosa que a él le gustó, ya que de esa forma, además de combatir, seguiría teniendo un contacto directo con la población civil.
    En la posada del pueblo, se encontraban los animales. Cuando Paco llegó para hacerse cargo del suyo, ya todos habían sido elegidos. Su juventud e inexperiencia fueron motivos suficientes para que, a su llegada a las cuadras,  solo quedara uno. Era de los mejores de todos ellos, pero, para la guerra, tenía un defecto: era blanco.
    El que un caballo fuera blanco, para estos menesteres de la guerra era un gran problema ya que, por su color, eran fácilmente localizados por el enemigo, y, por lo tanto, fácil de abatir. En el campo de batalla, él y su jinete eran blancos fáciles.

    Pronto, empezaron los ejercicios de monta. Subían y bajaban continuamente una colina cercana al pueblo. No todos superaban con éxito las pruebas. Muchos caían ladera abajo, con montura y todo.
    Paco, además de su experiencia, le tocó en suerte un buen compañero de combate. Su caballo, aunque blanco, era dócil, noble, ágil y acostumbrado a la voz del hombre.

    Estos ejercicios se repetían una y otra vez. Día tras día, para que los caballos y jinetes se acoplaran perfectamente.

    El día 1 de septiembre, el cornetín tocó generala. Este es un toque militar que llama a la movilización de todos los soldados.
    El capitán de la compañía de caballería explicó que entrarían en combate inmediatamente, ya que, los fascistas, tenían acorralados a los habitantes de El Castillo de Tanja, pueblo cercano a donde se encontraban.
    Inmediatamente, se trasladaron al lugar y ,desde una colina cercana, podían observar las evoluciones de la batalla. Las fuerzas leales a la República se estaban extendiendo, tomando posiciones, y llegados desde varios frentes, en forma de herradura, dejando solo una de las carreteras de acceso al pueblo libre. Mayúscula fue la sorpresa de los fascistas al verse atacados por todas partes. No se demoró su huida, y, como locos, corrían hacia sus antiguas posiciones.

    El recibimiento que les dispensaron a él y sus compañeros en el pueblo fue clamoroso. Paco se encontraba como en una nube.
Se sentía un héroe. Había colaborado para que los fascistas huyeran ante la presencia de los milicianos. Había ayudado a dar un paso más en la lucha contra el enemigo, y eso, interiormente, le satisfacía.

    En una de las incursiones realizadas sobre las tropas rebeldes, Paco sintió el roce de una de las balas sobre su hombro derecho. No había llegado a penetrar en su cuerpo, tan solo le hizo un rasguño. 
    Entonces, fue cuando, por primera vez en su vida, sintió la negra presencia de la muerte. Entonces, fue cuando despertó del sueño infantil en el que en su mente se había construido un castillo de fantasía heroica e invencible.
    El castillo se le derrumbó, se desmoronó cual muñeco de barro ante el empuje del agua. Nunca antes había valorado tanto la vida como en aquellas circunstancias. Los temblores y miedos que antes había sentido no eran comparables con lo que en aquella ocasión sintió.

    En la tarde del día 7 de enero, cuando defendían una de las posiciones situadas cerca de Ventas de Huelma, pueblo no muy lejano de Agrón, vio cómo uno de sus compañeros caía del caballo, herido en una pierna. Nadie paró para socorrerle. Tras ellos, venían un equipo de médicos y enfermeros que le atenderían.
    Más tarde, a este compañero le trasladarían al pueblo donde le curaron la herida.
    Era su también primera vez que veía caer a un compañero. Al menos, esa vez no había muerto. En realidad, pocas fueron las bajas que se produjeron en su sección de caballería. Algunos heridos de bala. Otros por caídas de las caballerías. Por suerte, no le tocó ver la muerte directamente cebada con alguno de sus compañeros.

    Así, transcurría el tiempo. Hoy, aquí, mañana, en otro lugar. Siempre dispuestos a luchar donde les reclamaran.

    Cuando no tenían que luchar, el tiempo lo dedicaban, además de los ejercicios de monta, a su cuidado, por lo que Paco pasaba muchas horas con su caballo, llegando a tener una perfecta simbiosis con él.


  
    El 9 de enero de 1937, Paco recibe la noticia de que le habían concedido un permiso para poder ir a su casa.

    -Un permiso, ¿para qué? – pensó.

    El no quería marcharse. Era muy poco el tiempo que había permanecido allí, en el frente, que creía no merecer tal descanso, y mucho menos cuando la necesidad de hombres en el frente era 
imprescindible.

    Se dirigió al despacho del jefe del grupo, su paisano Miguel Guerrero, al que todos llamaban "Capitán", para pedirle que se lo anularan, y que en su lugar se fuera otro de sus compañeros  mayores. La respuesta fue negativa. El argumento recibido por este es que los permisos se establecían por el mando superior y que había que respetar las órdenes dadas.
    Cuando salió del despacho, Paco protestaba airosamente la decisión de su jefe. No quería marcharse. Quería seguir luchando.

    -"Cabeza dura" - le espetó uno de sus compañeros.
    La cuestión es que era demasiado joven. El capitán sabía que no era la edad real la que aparentaba, y no quería que muriera en el campo de batalla, no quería tener ese cargo de conciencia a sus espaldas, y, para no herir sus sentimientos, le hacía ver que se iba de permiso. Un permiso, le dijeron, que sería corto.

    - Pronto te llamaremos – le dijo Miguel – no te preocupes y disfruta de este permiso con tu familia.

    Muy a su pesar, debió emprender el regreso a su pueblo.
    Ya en ese momento, tropas italianas habían accedido, bordeando la zona que ellos defendían, y se habían posicionado en las Ventas de Zafarraya. Estaba a punto de comenzar la ofensiva sobre la capital malagueña y ese era un punto clave para cubrir la salida por la costa malagueña.
    Por la parte de la costa occidental, y desde Marbella, el ejército sublevado también iniciaba su ofensiva, compuesto por tropas procedentes del norte de África, legionarios y tropas moras.
    Al igual que a la ida hacia Agrón, el regreso a Málaga se produjo en las mismas circunstancias, en camión. En él viajaban un par de jóvenes más, también enviados “con permisos” a sus domicilios, y cinco personas heridas, con todas las precauciones del mundo para evitar ser descubiertos por el enemigo y atacados. Una vez en Málaga, Paco cogió el coche de línea que le llevaría hasta Alozaina.

    Al día siguiente de su llegada, el 11 de enero, los buques Canarias y Almirante Cervera comienzan a bombardear Málaga. Se inicia la ofensiva definitiva sobre la ciudad. Un asedio que duraría hasta el 8 de febrero, en el que definitivamente, las tropas de Franco se hacen con la ciudad.








                                                     LA RETAGUARDIA



“No se deben celebrar con banquetes
los triunfos de la muerte.”

                                                    Juan Ramón Jiménez








    El día 11 de enero de 1937 fue fiesta general en su casa. El pequeño de la familia había vuelto. Sano y salvo. Todo eran risas y lágrimas de alegría por su regreso. Sus padres no dejaban de mirarlo, no se lo podían creer. Aunque para aquellas fechas ya faltaban en su casa dos de sus hermanos, los dos mayores, que habían sido reclutados y se encontraban luchando en el frente, la llegada de Paco llenó de esperanzas a toda la familia. También para su novia, que no cabía en sí de la alegría que le había producido su regreso.

    Todos sabían ya que la capital estaba siendo asediada por las tropas rebeldes, pero confiaban en quienes la defendían y no dudaban en que se lograría rechazarlos. Alozaina aún no había caído en manos del enemigo, pero no resistiría mucho.

    En el pueblo, ese pequeño pueblo que lo había visto crecer, todo eran comentarios sobre el regreso de Paco. Los jóvenes querían saber qué se sentía en el frente, qué estaba pasando. Los más viejos preguntaban por la situación y por saber cuándo se acabaría aquello. 
    Paco se sentía protagonista y a todos daba respuestas. A los más jóvenes les animaba a que se alistaran para defender a la República. A los mayores los consolaba diciéndoles que pronto se acabaría aquella guerra.



    La casa de Paco, situada en la calle Mesón, calle principal del pueblo, era una gran casa, y sus padres la tenían dedicada a posada.
    Siempre había alguna persona que pernoctaba en ella, ya que, además de ser un pueblo situado en un enclave de caminos, la posada tenía unas buenas caballerizas donde los viajeros podían dejar sus animales.
    Todo transcurría con normalidad. Paco se había reintegrado a los trabajos que realizaba la familia, en el campo, junto a su padre y el resto de hermanos, a la espera de que, nuevamente, le llamaran para incorporarse al frente, en su ya querida y anhelada sección de caballería. Esa llamada, tan deseada por Paco, jamás se produciría.
    El día 16 de enero, apenas cuatro días después de su llegada, ocurrió un hecho que marcaría su vida. El destino de su vida se vería alterado de forma intencionada. Lo que aquella maldita noche ocurrió, fue el detonante que, más tarde, haría explotar para cambiar los designios de Paco.

    Estaban cenando tanto la familia como algunos de los viajeros que habían pernoctado en la posada. Serían las 10 de la noche. Todos alrededor de una mesa en forma rectangular, cubierta por un gran paño, y en cuya base su madre tenía colocado un brasero, hecho con carbón vegetal y ascuas recogidas de la lumbre, que hacían más placentera la habitación. en el fondo de la habitación se situaba el humero, y sobre unas trébedes de hierro forjado, una olla calentaba parte de la comida que, como segundo plato, se debería servir más tarde. La conversación entre los comensales estaba centrada en la situación en la que se encontraba el país. De repente, se escucharon gritos procedentes de la calle. Todos, de forma atropellada, se apresuraron a salir a la puerta de la casa para  ver qué ocurría. Lo que presenciaron les dejó petrificados.
    Un grupo de hombres arrastraba a una anciana, golpeándola, con dirección a las afueras del pueblo.

    Esa mujer, a la que trataban como un guiñapo, de unos setenta y dos años de edad, paralítica, era una anciana del pueblo, conocida como la Vieja Trujillo. Esta mujer tenía una de las mayores fortunas del pueblo, familia directa del Canónigo, y era una de las “caciques” de Alozaina. Durante años, había explotado a la gente del pueblo, amasando su fortuna con el trabajo, mal pagado, y el sudor de los demás.
    Era una mujer déspota y sin escrúpulos. Odiada por la mayoría del pueblo pero que, por muchos males que hubiera generado, no se merecía lo que le estaban haciendo. Debería ser un tribunal quien dictara la suerte que debiera correr, y no vejarla y ajusticiarla sin más.   El temido “paseíllo” se estaba produciendo, una vez más, en su pueblo, y esta vez la victima era aquella anciana.

    Estos hombres habían entrado en la casa de esta mujer, sacándola a rastras. Su hija, Esperanza Trujillo, había logrado escapar por el patio trasero de la vivienda, refugiándose en la de un vecino.
    La escena que todos presenciaban era cruenta. Los cuatro hombres la golpeaban en todas las partes de su cuerpo, la arrastraban a lo largo de la calle cogiéndola por los pelos de la cabeza.

    Todos los vecinos se asomaban a las puertas de sus casas ante tal alboroto, pero nadie intervenía. Había temor a que aquellos hombres la emprendieran también con ellos. La resignación y el no destacarse eran avales prioritarios para permanecer con vida en una época en la que esta se encontraba infravalorada.
    De pronto, uno de los integrantes del grupo,  al que Paco reconoció inmediatamente, ya que era uno de los hermanos  Vitorianos, pistola en mano, realizó varios disparos al aire.

    - ¡Todos dentro de las casas!- gritó.

    - ¿¡No habéis oído!? ¡Todos a sus casas! ¡Cerrad las puertas!

    Paco, junto a su vecino, Miguel Villalobos "el Latero", que también había salido a la puerta de su casa, se habían quedado como petrificados en los escalones de sus viviendas. No podían reaccionar ante lo que estaba sucediendo.

    - ¿¡Qué os pasa a vosotros!?- gritó el de la pistola -. ¿Queréis que os pegue también un tiro?



    - ¡Eso es lo que tú quisieras - le espetó Paco- quitarnos de en medio para así poder hacer lo que te plazca !

    - ¡Que te metas dentro! - volvió a insistir.

    - ¡Vergüenza os debería de dar - le comentó Paco - en lugar de estar luchando en el frente, os refugiáis en la retaguardia matando a personas indefensas!

    - ¡Lo que tienes que hacer es venirte con nosotros!

    - ¡Yo no voy con cobardes como tú!.- le contestó- . ¡ Mañana mismo te denunciaré ante el comité ¡ ¡Esto no va a quedar así! 
  
 Aquellas palabras acaloraron más la discusión entre ambos.

    - ¡Si no fuera por que eres de los nuestros, y estás en el frente, ya te había pegado un tiro. Por supuesto que lo discutiremos en el comité !-  le dijo el que ejercía de jefe del grupo.

    Sus padres, muy preocupados por el cariz que estaba tomando la conversación, lograron convencerle para que entrara al interior de la casa. Fue entonces cuando el grupo prosiguió su camino, golpeando a la anciana, hasta desaparecer por la calle Tolox, la que conducía, por las afueras del pueblo, al cementerio. En sus puertas fue definitivamente asesinada.

    Aquella noche ya no se cenó en la casa de Paco. Lo que momentos antes era una reunión familiar alegre, se transformó en una conversación sobre las atrocidades que se estaban cometiendo en la retaguardia, como consecuencia de la guerra.
    Aquello no era una lucha por unos ideales. Allí no se luchaba por la defensa de sus viviendas, o de los campos, o por un modelo de sociedad que otros, a través de las armas, les querían arrebatar.
    Aquello era un verdadero crimen que no debía quedar impune.

    Pero Paco no quería que lo ocurrido aquella noche quedara impune. Al siguiente día solicitó una reunión del comité, que era el órgano de decisión y consulta establecido en el pueblo. Llegada la noche se produjo dicha reunión. Paco defendió con toda la intensidad que le daba la fuerza de la razón, que lo que la noche anterior había ocurrido no era lucha armada contra el enemigo, sino un crimen. 
    Muchos, aunque pensaban que aquella mujer no mereció tal suerte, creían, y así lo manifestaban, que el enemigo también se encontraba entre ellos. Que los fascistas se encontraban en todas partes y que, de alguna forma, había que liquidarlos. Que aquella mujer había, no solo explotado a los trabajadores del pueblo durante muchos años, sino que además les había humillado y tenía que pagarlo.
    El debate duró varias horas. Hacia las 2 de la madrugada, se conoció la decisión del comité: Paco tenía razón. La lucha había que hacerla en los campos de batalla, y no en los pueblos. Pero los verdugos de la anciana quedaron sin castigo. Aquella había sido finalmente fusilada junto a las paredes del cementerio.



    Se sentía satisfecho por haber ganado aquel debate, pero le quedaba un halo de insatisfacción en su interior. Algo le decía que aquel debate no había servido para nada, y que se seguirían cometiendo crímenes como aquel. Pero él ya no podía hacer nada más.
    Solo deseaba que aquél maldito permiso terminara cuanto antes y poder marcharse de allí, donde había tanta hipocresía y tanta maldad. Él prefería luchar de hombre a hombre, cara a cara.



    Las últimas noticias corrían como la pólvora. Málaga estaba siendo atacada por las tropas fascistas.


    El 17 de enero de 1937 el general Queipo de Llano lanzó una primera ofensiva sobre la provincia de Málaga, ocupando Marbella por el oeste y, desde Granada, tomaron Alhama y los territorios cercanos. En estos dos ataques simultáneos, apenas hubo resistencia por parte de los republicanos y provocaron un primer éxodo de civiles hacia la capital malagueña. Sin embargo las autoridades republicanas no creyeron que estos movimientos iniciaran una campaña general en el sur y no fueron enviados refuerzos.


    En el norte de la provincia, los camisas negras italianos reunieron a nueve batallones, es decir unos 10.000 hombres. Por su parte, la República contaba en Málaga con 12.000 hombres, pero tan solo 8.000 fusiles y pocas municiones y artillería. El 3 de febrero, comenzó el ataque definitivo contra Málaga desde Ronda, encontrando los franquistas una fuerte resistencia. En Málaga, cundió el pánico entre los defensores y los civiles por el miedo a quedar aislados. El 6 de febrero, los italianos tomaron las cumbres de Ventas de Zafarraya, desde donde dominaban cualquier posible retirada por la carretera de Almería. Ese mismo día se ordenaba la evacuación de Málaga y, al día siguiente, las tropas italianas entraban en los suburbios. El día 8 toda la capital estaba en poder del ejército sublevado.
    Ante los primeros movimientos franquistas hacia Málaga, en la capital cundió el pánico ante la represión, por lo que muchos civiles y milicianos optaron por huir por la carretera de Almería. sta no había sido cortada, si bien estaba a merced de los bombardeos desde tierra, mar y aire.
[]


    Se calcula que fueron decenas de miles los que intentaron huir, aunque el camino era extremadamente difícil tanto por los bombardeos como por el hecho de que la carretera se encontraba en pésimas condiciones a la altura de Motril.


    Participaron en el bombardeo, además de la fuerza aérea franquista, los buques Canarias, Baleares y Almirante Cervera, así como los tanques y la artillería rebeldes. La escuadrilla aérea España, fiel a la República, trató de defender a los huidos con poco éxito.
    La mayoría de pueblos en el camino hacia Almería no ayudaron a los fugitivos ante el miedo a las represalias posteriores por parte de los sublevados, que continuaban avanzando. Sin embargo este mismo miedo hizo también abandonar sus casas a muchos de los vecinos de estos pueblos situados en la costa malagueña; tal es el caso de Lagos, en el término municipal de Vélez-Málaga, un conjunto de casas frente al mar donde algunos supervivientes ubican los primeros bombardeos de barcos y aviación contra la población inocente que huía por la carretera. Asimismo, el 8 de febrero también tuvo lugar un desembarco en Torre del Mar con la intención de cortar la retirada de los huidos.[]
    Los cálculos sobre la cantidad de huidos de Málaga son confusos y difíciles. Se calcula que fueron entre 15.000 y 150.000. La acción del ejército franquista sobre los huidos por la carretera de Almería provocó entre 3.000 y 5.000 muertos, la mayoría civiles.[]
    Igualmente, la represión sobre aquellos que habían permanecido en la ciudad fue la más brutal desde la masacre de Badajoz, en agosto de 1936.
    Se calculan unos 20.000 fusilados, enterrados en fosas comunes como las del cementerio de San Rafael, de los que ya se ha obtenido el nombre de 4.100.[5]
    El médico canadiense, Norman Bethume, relata así su experiencia sobre el bombardeo de la carretera de Almería en el libro La caravana de la muerte:
    - “Por entonces habíamos pasado al lado de tantas mujeres y niños afligidos que pensamos que lo mejor era volver y comenzar a poner a salvo los peores casos. Era difícil elegir cuales llevarse, nuestro coche era asediado por una multitud de madres frenéticas y padres que con los brazos extendidos sujetaban hacia nosotros sus hijos, tenían los ojos y la cara hinchada y congestionada tras cuatro días bajo el sol y el polvo.
    "Llévense a este"'; "miren este niño'; "este está herido". Los niños envueltos de brazos y piernas con harapos ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados aumentados de dos veces su tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento. Doscientos kilómetros de miseria. Imagínense, cuatro días y cuatro noches, escondiéndose de día entre las colinas ya que los bárbaros fascistas los perseguían con aviones, caminaban de noche agrupadas en un sólido torrente, hombres, mujeres, niños' mulos, burros, cabras gritando los nombres de sus familiares desaparecidos, perdidos entre la multitud.
    ¿Cómo podíamos elegir entre llevarnos a un niño muriéndose de disentería o entre una madre que nos contemplaba silenciosamente con los ojos hundidos llevando contra su pecho a un niño nacido en la carretera hacía dos días?. Ella había parado de caminar durante diez horas solamente. Aquí había una mujer de sesenta años incapaz de seguir arrastrándose para dar un paso más, sus gigantescas piernas hinchadas con úlceras y varices sangrando dentro de sus rotas sandalias de trapo. Muchas ancianas abandonaban simplemente esta lucha, se tendían a los lados de la carretera y esperaban la muerte.
    Decidimos vaciar la ambulancia de todo su valioso contenido para crear espacio libre, y llevarnos primero a los niños y a las madres, pero luego la separación entre padre e hijo, marido y mujer se hizo demasiado cruel para poder soportarla. Acabamos por llevarnos a las familias con mayor número de hijos pequeños, y a los niños solitarios de los que había centenares, sin padres. Llevábamos a treinta o cuarenta personas en cada viaje durante tres días sucesivos a Almería, al Hospital del Socorro Rojo internacional, donde recibían cuidados médicos, comida y ropa”- .
    Aquello no era una guerra. Aquello era una carnicería humana, en la que se jugó con la vida de miles de malagueños indefensos.
    El mismo día en el que las tropas franquistas entraron en Alozaina, Paco junto a Simón Campos se fueron a la Sierra ante el temor de las represalias en el pueblo, o a que alguien le delatara por ser combatiente.
    Tendrían que esperar mejor ocasión para poder pasar a zona republicana y así poder seguir luchando.
    No tenían armas, por lo que su estancia allí era un tormento, siempre escondiéndose. Las incursiones de la Guardia Civil y los falangistas, tanto de Alozaina como de pueblos limítrofes por la sierra eran constantes. Salían de cacería a diario, y sus objetivos eran los rojos.
    No podían permanecer más de un día en el mismo lugar. Hoy, aquí, donde aparecía la Guardia Civil. Mañana, en otro lugar, donde aparecía la Falange. Demasiado correr. Demasiado arriesgarse. No se fiaban de nadie, no podían fiarse. Ni tan siquiera la familia sabía dónde se escondían. Tras varios días en esa situación, se lo plantearon mejor. Se marcharían a Málaga. Allí nadie les conocía y sería más fácil pasar a la zona republicana. Pero, ¿cómo se irían hasta la capital? Decidieron acercarse al pueblo para, antes de partir hacia Málaga, recoger ropas, alimentos y algo de dinero que les ayudaran a su manutención hasta pasar al frente.

    El día 24 de febrero de 1937, por la noche, para evitar que alguien les sorprendieran se trasladaron hasta el pueblo. Por una de las zonas más amparadas por la oscuridad, por el camino que, desde la fuente el Arbar daba acceso al pueblo, accedieron a éste. Una vez, a la entrada del mismo, se despidieron y sus caminos, unidos hasta entonces, se separaron. Simón Campos se volvería a la sierra de Alozaina, al no encontrar un modo seguro para trasladarse a Málaga, y, desde allí, más tarde, lograría pasar a la zona republicana.

    Posteriormente, Simón huyó a Francia desde donde reclamó a su novia con la cual se había casado por poderes. Posteriormente, se trasladó, con su familia, a Sudamérica, estableciéndose finalmente en la ciudad argentina de Córdoba. Solo hasta el año 1995, Simón no regresó a España, solo de vacaciones. Hasta ese año, Paco y Simón no volvieron a verse[6].
    Los padres de Paco le recomendaron que se marchara a Málaga, a la Colonia Santa Inés donde uno de sus tíos tenía una casa.
    Consiguieron que una de las personas que aquella noche había pernoctado en la posada de sus padres, que tenía un pequeño automóvil, le trasladara a la capital. Aún era de noche y las calles del pueblo apenas si registraban el paso de personas, cuando emprendieron el camino rumbo a Málaga. Era  el 25 de febrero de 1937. Aunque por el camino se encontraron varios controles de la Guardia Civil y tropas del propio ejército rebelde, tuvieron la suerte de que, en ninguno de ellos, les pararan. Una vez llegaron a la capital, y en la misma entrada a esta por la carretera de Campanillas, Paco se apeó del automóvil en el que había viajado. Su conductor le había indicado cómo llegar hasta la Colonia de Santa Inés lo más rápido posible, y sin que levantara sospechas. Durante su recorrido pudo comprobar los efectos que la guerra había sembrado por la ciudad: edificios destruidos, familias viviendo en chabolas, niños abandonados…  Una vez en la Colonia de Santa Inés, se dirigió a la casa de sus tíos. Allí vivían, además de sus tíos José Jiménez y María Gómez, sus hijos, Pepe, Antonio, Ana, Carmela, Lola y Remedios. 
    Ante la sorpresa que experimentaron sus tíos, Paco les relató qué le había motivado a refugiarse en aquel lugar y estos, sin dudarlo, le brindaron su apoyo.

    Málaga ya estaba en manos de los sublevados y la “caza” de los que no opinaban como ellos era constante. Aunque la mayoría de los vecinos de la Colonia Santa Inés vivían del trabajo que daba la fábrica de ladrillos y cerámicas, otras familias se habían asentado en la zona para abastecer de productos a dichos trabajadores. Sus tíos tenían un tinglado de vacas lecheras.

    Sus tíos pensaron que, para que no estuviera en peligro, lo mejor sería que se alistara en una bandera de la Falange. De esa forma seguro que nadie indagaría sobre su pasado de combatiente. Él se negó en rotundo a aquella propuesta.

    -¿Cómo voy a luchar en contra de los ideales que siempre he defendido? – argumentó.

    Sus tíos abandonaron la idea. Paco, de todas formas, se prestó a aportar trabajo que ayudara a la familia y, junto a su tío y primos, se dedicó a la recolección y traslado de la comida para las vacas.

    Pero existía un peligro: que alguien le viera y lo delatara a la Guardia Civil. Pensaron que, cuando debiera abandonar la casa, o a su regreso, se escondiera entre la paja o los sacos que transportaban en un carro. Una vez en el campo, el peligro era casi nulo.
    Todo marchaba bien. En aquella barriada nadie le conocía, además, como era menor de edad, nadie le asociaba con que fuera combatiente.



    La represión que los rebeldes ejercían en Málaga era muy fuerte. Todos los días se fusilaban a personas por pertenecer o haber pertenecido a algún partido político. Por una simple sospecha de que hubiera comulgado con ideas republicanas, era suficiente motivo para que a uno lo fusilaran.
    El propio embajador italiano en España, el Sr. Cantalupo, en una visita que realizó a Málaga, escribió a su gobierno reconociendo que, en tan solo una semana, se habían matado a más de 4.000 personas.

    Una mañana, cuando salía de la casa de su tío escondido en el carro, como lo hacía cada vez que tenían que ir al campo, la casualidad hizo que, un paisano suyo, amigo de la infancia por haber vivido en la misma calle que él, lograra verle por entre la paja que transportaban, y en la que se había escondido.
    Paco se dio cuenta de aquella circunstancia. Inmediatamente le reconoció y vio cómo este le observaba. Creyó sentirse seguro de que no diría nada a nadie, pero la vida empezaba a actuar en su contra. Poco tiempo después lo comprobaría y sentiría en sus propias carnes.

    Cuatro meses permaneció en aquella situación.












                                                             LA DETENCIÓN


“Cuando hay libertad, todo lo demás sobra.”

                                                              José de San Martín






    Era la mañana del día 15 de junio de 1937. Paco, como todas las mañanas, se estaba preparando para ir al campo Unos golpes en la puerta de entrada a la casa le alarmaron. Cuando su tío la abrió, se le  vino  el  mundo encima. Frente a él se encontraba una pareja de la Guardia Civil. Sabía a por lo que venían.

    - ¿Vive aquí Francisco Santos Rodríguez?- preguntó el guardia civil de edad más avanzada y que, a la postre, era el responsable de la pareja.

    Su tío no sabía cómo decir que no. No le salían las palabras.
    El otro guardia, más joven y con un gran bigote, con su arma en la mano no cesaba de mirar de un lado para otro. Buscaba con la mirada un lugar donde posiblemente se escondiera Paco.

    - Sí. Soy yo- respondió Paco que, tras unas cortinas veía la situación que se estaba produciendo. No quería poner en peligro a su familia por lo que, tarde o temprano, tenía que suceder.

    Salió de detrás de las cortinas y se plantó junto a su tío, frente a los guardias civiles.

    - ¿Eres Francisco Santos Rodríguez? – volvió a preguntar el mismo de antes.

    - Si, soy yo, ¿qué pasa?

    - Te tienes que venir con nosotros al cuartel- le dijeron.

    No opuso resistencia. Inmediatamente le esposaron y salieron de aquella casa, entre los llantos de sus tíos y primos.
    Flanqueado por aquellos dos guardias civiles, se subieron al autobús de línea y lo trasladaron al cuartel de Natera, cuartel de la Guardia Civil, en el centro de Málaga. Sabía muy bien por qué lo habían detenido: era un excombatiente. También, sabía que su paradero solo se lo había podido dar a la Guardia Civil aquel paisano suyo que un día le vio escondido en el carro.

    En ese momento, empezaba su verdadera pesadilla. Uno de los que formaban el grupo que habían asesinado a la Vieja Trujillo, en su pueblo, le había acusado, ante la Guardia Civil, de ser él uno de los integrantes del mismo.


    Esta persona, a la que, a lo largo de su vida maldeciría constantemente su nombre, se llamaba Antonio Rojas.
    Una vez en el cuartel, le llevaron a una pequeña, sucia y maloliente habitación. Esta tenía una gran puerta de madera pintada en color verde. La habitación carecía de  ventanas, y el olor a humedad se sentía nada más se abrió la puerta.
    Una sola lámpara colgaba del techo. Una mesa. Enseguida, comprendió que aquello no era un cuartel: aquello más bien  era una cámara de tortura.
    No existió interrogatorio. No hubo un careo para esclarecer la verdad de lo que le acusaban.
  
    El teniente Vega[7], jefe, al parecer, de aquel cuartel, hombre de unos treinta y cinco años, moreno, alto y de complexión fuerte, entró con unos papeles en los que había redactado una declaración, en el que Paco se hacía culpable de participar en la muerte de la “vieja Trujillo” ocurrida en Alozaina meses atrás. Solo debería firmarla, y con ella, por supuesto, su pena de muerte.
  
    Él creía que lo habían detenido por haber luchado al lado de las tropas republicanas, pero acusarlo de la muerte de una anciana, eso jamás lo admitiría. No solo porque era una falsedad, sino que además, él había censurado esa acción, y en el pueblo todo el mundo lo sabía.
    Se negaba a hacerlo una y otra vez. Parecía como si a aquellos guardias civiles no les importara que se cometiera una injusticia. Solo querían que firmara aquella declaración.
    Ante las reiteradas negativas a firmar aquella falsedad, el teniente Vega se marchó de la habitación. Minutos después, aparecieron dos guardias civiles, con las mangas de la camisa, de color verde, dobladas a la altura del codo, con sendas porras de goma, rellenas de barras de hierro, y, sin mediar más palabras, comenzaron a golpearle por todo el cuerpo.
    Cada diez o quince minutos, paraban y entraba el teniente Vega quien sacaba de la funda que llevaba en el cinto su pistola pistola, del nueve largo, y poniéndosela en las sienes le decía:

    - Qué, ¿firmas o te pego un tiro?

    - No firmaré una cosa que no he hecho- respondía.

    Y volvían los golpes. Una y otra vez.

    El teniente Vega tenía otra diversión muy peculiar. Cuando acercaba la pistola a la cabeza de Paco, y ante la negativa de este a firmar, apretaba el gatillo. No tenía balas en la recámara, cosa que   Paco ignoraba, pero la cara de horror y miedo que este ponía le divertía. Disfrutaba con ver la cara de súplica y miedo del detenido.

    -¡ Matadme de una vez! - suplicaba Paco ante tanta atrocidad.

    - Te mataremos cuando firmes estos papeles- contestaba el teniente Vega. ¡Colgadlo!- ordenó a los guardias.



    En el techo había colgada una argolla. Tiraron una cuerda y, atándolo por los pies, le colgaron en ella.
    Lo que ocurrió después es inenarrable. Aquellos hombres no eran tales. Eran lobos hambrientos abalanzados sobre su presa. Los golpes ahora eran más virulentos, si cabe, que los anteriores.
    Se encontraba completamente bañado en sangre. La cabeza le daba vueltas. Transcurrido un tiempo, notó cómo las fuerzas le abandonaban.

    - ¿Quieres firmar ya, o seguimos con la función?- espetó nuevamente el teniente Vega.

     Esta vez, Paco no pudo responder. Las fuerzas definitivamente le habían abandonado y había perdido el conocimiento.

    - Mi teniente, este se ha desmayado- indicó uno de los guardias.

    - Está bien - replicó - dejadlo descansar un poco. Cuando vuelva en sí seguiremos. Tiene que firmar esto como sea.

    Transcurrido un corto tiempo, le rociaron un cubo de agua sobre su rostro. Paco, al despertar, pudo comprobar que su situación no había cambiado.
    Inmediatamente, sin tiempo para nada, siguieron con sus golpes y sus preguntas. Paco ya no tenía fuerzas para responder.

    Seis días duró aquella situación. Los golpes se sucedían de día y de noche. Cualquier momento era bueno para que aquellos lobos se cebaran con su presa indefensa. Por aquella habitación, pasaron muchos guardias civiles que no dudaban en descargar su furia y su rabia contra su cuerpo. Ya estaba irreconocible. Todo el cuerpo hinchado, marcado por los golpes recibidos y totalmente ensangrentado.

    - Mi teniente, este me parece que ya no tiene ni fuerzas para firmar- dijo uno de los verdugos.

    - Bueno, dejadlo ya. No vamos a perder más tiempo con este rojo de mierda – afirmó el teniente - total, tenemos la denuncia, los testigos, y además sabemos que ha sido combatiente.

    - Este “hijoputa” no se va a librar – prosiguió -  Lo vamos a presentar por rebelión militar y que el juez decida, seguro que con lo que tenemos lo condenan a muerte.

    - Firma tú por orden,- continuó, dirigiéndose a uno de los guardias allí presentes- es lo mismo, y preparadlo para el traslado a la cárcel.



    Los guardias bajaron aquel cuerpo inerte y maltrecho dejándolo tirado en el suelo de aquella habitación. Una vez que recobró el conocimiento, le llevaron al patio del cuartel donde había un bidón con agua. Le obligaron a que se aseara un poco y lo introdujeron en uno de los calabozos del propio cuartel.

    Llevaba seis días en los que había sido maltratado hasta la saciedad, y en los que no le habían dado nada de comer.
    Al día siguiente fue trasladado a la prisión provincial de Málaga.











                                               LA CÁRCEL DE MÁLAGA



“Bajo un gobierno que encarcele a alguien injustamente,
el sitio adecuado para una persona justa es también la cárcel.”

                                                                         Henry David Thoreau








   La cárcel provincial de Málaga había sido inaugurada el día 2 de febrero de 1934 y, según las crónicas “con agua corriente y servicios”.
    Allí lo dejaron, malherido, más muerto que vivo,  en el ala izquierda del patio de la prisión. Las fuerzas le habían abandonado una vez más. Gracias a varios compañeros, entre ellos José el "Delgado", Frasco" el de Tres Galletas", el hijo de Pepe "el Sordo" y José "el de Facio", todos ellos de Alozaina, pudo recuperar el sentido y fue curado de sus heridas. Por fin, pudo comer algo, aunque Paco apenas si tenía fuerzas para hacerlo.

    Desde que fue detenido, Paco no había podido ver a ningún familiar. La ropa que llevaba era la misma que cuando fue apresado, ya que salió con lo puesto, desgarrada y manchada por la sangre derramada durante el interrogatorio. Entre todos los compañeros le aprovisionaron de nuevas ropas, no solo para que estuviera más adecentado, sino también para mitigar el frío reinante.
    Al día siguiente recibió la visita de su hermana María. No sabía explicar el porqué le habían detenido. Tampoco quiso preocupar a la familia con lo que le había sucedido en el cuartel de la Guardia Civil.

    Días después, por la mañana,  lo esposaron junto a otros presos y, formando un grupo de unas treinta personas, entre hombres y mujeres, les trasladaron fuera de la prisión. El traslado se produjo en una camioneta completamente cerrada.
    Llegaron a un edificio grande, con grandes salas. Allí se iba a celebrar su juicio.

    Era el Juzgado Militar eventual número dos de los de Málaga, el encargado de juzgar a todos aquellos hombres y mujeres, salidos de la cárcel de Málaga.
    El franquismo tuvo especial cuidado en que los tribunales estuviesen compuestos por elementos afines. Estaban compuestos principalmente por militares, el defensor era otro militar al que no se le pedía una formación jurídica y debía subordinación al presidente del tribunal, que también era militar. Estos tribunales se encargaron de juzgar a aquellos que, como en un mundo al revés, eran acusados de promover o apoyar la insurrección. Los juicios duraban breves minutos, en ocasiones se juzgaban a grupos de sesenta personas las que podían o no ser escuchadas.

    Para aquel grupo solo había un abogado defensor, y, lógicamente, un fiscal.   Treinta acusados, por diversos motivos, y un solo abogado defensor el cual, ni tan siquiera, había podido hablar con sus defendidos para conocer su versión.

    El secretario del Juez dio lectura a las acusaciones, una detrás de otra, sin más argumentación.
    El fiscal dio un pequeño discurso en el que los puso a todos como un guiñapo y basándose en que todas aquellas personas eran antipatriotas, que profesaban el comunismo y que eran unos asesinos, por tanto, no merecían vivir. El abogado defensor solo se limitó a pedir clemencia para sus defendidos.

    Ese fue todo el juicio. Quince minutos para treinta juicios. En tan solo quince minutos se había jugado con la vida de treinta personas.

    - Pero, ¿qué pantomima era aquella?

    - ¿Cómo se podía jugar con la vida de las personas de aquella forma?

    No podían hablar, defenderse por sí mismos. El Juez fue mucho más rápido. Rápidamente, resolvió la sentencia. A uno de los acusados, 12 años y un día de cárcel. A otro 20 años. Al resto pena de muerte.

    Los acusados se quedaron petrificados, perplejos por lo que acababan de oír. Sus rostros reflejaban la incredulidad, el desengaño, el miedo...
    Jugaban con las vidas de las personas como si de una partida de cartas se tratara. La vida de un “rojo” no valía nada. Bastaba cualquier sospecha, cualquier comentario, para que la vida de una persona perdiera todo su valor.

    En la causa nº 74/37 del Juzgado Militar eventual número dos de los de la plaza de Málaga, Paco era condenado a la pena de muerte por “rebelión militar”

    El discurso ofrecido por el abogado defensor no había calado en la sensibilidad del juez.
    No se puede decir que lo que dijo aquel abogado defensor fuera, ni mucho menos, un discurso. Cuatro palabras formaron el alegato que este buen hombre utilizó para defender a cerca de treinta personas, cada una de ellas con una acusación distinta a las del resto.

    Sí había surtido efecto el alegato del fiscal. Un hombre pequeño, enjuto y con un don de palabra muy convincente. Este fiscal, que gracias a juicios como estos ascendió en el escalafón político, no puso en duda el acusar a muchos, miles, de hombres y mujeres malagueñas, para conseguir objetivos personales.



    Ese fiscal quien, posteriormente, y teniendo como aval su participación en los consejos de guerra celebrados en Málaga, en los que fueron asesinados más de 4300 personas, llegaría a ser el que durante algún tiempo durante los últimos años del franquismo regiría los destinos de España.

    Su nombre, maldito para miles de familias malagueñas, era Carlos Arias Navarro quien, por todos aquellos crímenes recibiría el apodo de “el Carnicero de Málaga”.
    Los estudios realizados sobre la incidencia de Carlos Arias Navarro en la represión franquista en Málaga, le atribuyen más de 4.300 muertes.
    Solamente él podía condenar a muerte a cientos de personas diariamente. Por esa labor, se ganó el sobrenombre de "el Carnicero de Málaga".

    Según testimonio de Francisco Vera, exiliado en México desde 1939, para la revista Cambio 16, sobre Arias Navarro dice:
 “Era un muchacho anodino, con poca personalidad, fiscal de la Audiencia de Málaga”.

    - “Cuando el 18 de julio se sublevaron las tropas de Franco, mi padre –dice – que era funcionario de la Audiencia lo refugió en su casa. Allí vivíamos yo y mis tres hermanos y mi madrastra. A Carlos Arias lo conocíamos por mi padre, republicano de toda la vida, y mi hermano que era abogado. Estuvo oculto en nuestra casa con sólo un pequeño intervalo que pasó en el barco-prisión anclado en el puerto”.
    “Cuando los italianos toman Málaga en febrero de 1937 el joven fiscal se lanza a la calle, con su camisa azul. Poco después se organizan los Tribunales de Guerra”.
    “Arias Navarro toma su puesto como jurídico militar – continúa Varela - . Mi padre y mi hermano Fernando caen prisioneros de los italianos. Mi madrastra también. Arias forma parte del tribunal que condena a muerte a mi padre y mi hermano por rebelión militar. Pocos días después fueron fusilados. Mi madrastra fue condenada a dieciséis años de cárcel”.

    El historiador Gabriel Jakson describe así la toma de Málaga por las fuerzas franquistas: “Los invasores aguardaron en las colinas durante tres días y luego entraron en la ciudad prácticamente sin disparar un tiro. Con ellos traían una lista interminable de personas que habían de ser ejecutadas: por haber sido dirigentes del Frente Popular, por saqueos, por responsabilidad en lo ocurrido en los buques-prisión, por participar en huelgas en los pasados años. Los prisioneros fueron amontonados en el patio del Ayuntamiento y fueron juzgados sin testigos por tres jueces militares y condenados a muerte por rebelión militar. Con los brazos atados con cuerdas fueron sacados a la calle, cargados en camiones y llevados a las afueras de la ciudad. Pelotones de ejecución italianos y españoles compartieron el trabajo. Las autoridades militares italianas se sintieron horrorizadas ante el número de ejecuciones y por las mutilaciones practicadas a los cadáveres de los ejecutados y de los heridos.” (Cambio 16).

    Terminado el juicio, o aquella pantomima de juicio, en el que condenan a Paco y al resto de presos, fueron devueltos a la cárcel malagueña, donde reingresaron incorporándose a las distintas celdas o brigadas. Los que habían sido condenados a muerte fueron trasladados a la octava brigada. Los que entraban en una de estas brigadas, por aquellas fechas, solo salían de ellas muertos o para morir.
 
    Al finalizar el día, en la octava brigada solo quedaban quince  de aquellos hombres que por la mañana habían sido condenados. Se daban prisa en efectuar las "sacas", como popularmente llamaron a las remesas de hombres que sacaban de la cárcel para fusilarlos. No había tiempo para alegaciones, recursos... Era la “nueva justicia” impuesta en España.

    -¿Pero qué hacía él allí? – se preguntaba - ¿Cómo había ido a para a aquella cárcel?

    Paco tubo tiempo de pensar en su futuro, ¿su futuro?, pero ¿qué futuro le esperaba?
    Estaba condenado a muerte. El futuro ya no existía para él. Un grupo de personas habían decidido negarle el futuro, negarle la vida. Se la iban a arrebatar, sin más, porque un paisano suyo, al que siempre había considerado un amigo, y al que, ni él ni nadie de su familia le habían hecho daño alguno, había decidido jugar con su vida.

    -“¿Qué les pasaba a la gente por sus mentes para llegar a esos extremos?”- se preguntaba.

    Ya no le quedaban esperanzas. Lo que estaba viviendo en aquella brigada de la cárcel de Málaga le dejaban las cosas muy claras: “solo saldría de allí para morir”.

    Decidió que había llegado la hora de decirle a los suyos cuál era su futuro, y qué es lo que le esperaba. No quería que nadie sufriera más de la cuenta, pero sí que supieran quién le había llevado a aquella situación.
    Contenía la rabia a duras penas, y no pasaba ni un solo instante en el que no pensara en cómo había llegado allí. ¿Tenía que haber actuado de otra forma aquella maldita noche?
    En las largas horas que pasaba esperando una llamada de la muerte, las imágenes de su vida se sucedían en su mente: su infancia, los juegos, sus amigos, la familia, su novia… una vida plena de alegrías, de cariño…
   También recordaba su decisión de alistarse y luchar por lo que él creía justo. ¿Se habría equivocado? ¿Debería haber tomado otra actitud?
    Entonces recordaba las palabras que, con la sabiduría que dan los años, le repetía, una y otra vez, su madre antes de marcharse: “Paco, hijo, no te metas en líos, que hay gente muy mala por ahí. Ten cuidado con quien andas y con lo que dices”.
    Él estaba seguro de no haberse equivocado en la decisión que tomó, pero maldecía constantemente a quien, creyéndose Dios, le había cambiado el rumbo de su vida.

    Esperaba que la visita de su hermana María se produjera antes de que le fusilaran. Tenía tantas cosas que decirle, tantas palabras que transmitir a su familia. Ella sería la primera en enterarse de su condena a muerte y la encargada de transmitir la noticia a la familia.
    Pensó en cómo le afectarían a sus padres. Sobre todo a su madre.   Mucho estaba sufriendo ya, y encima, otro duro golpe. Y su novia, una mujer joven que tendría que rehacer su vida con otra persona.

    Consiguió, de uno de los presos, al que le habían dejado tener una libreta y un lápiz, que le facilitara una hoja para poder enviarle una nota a Nati. En la nota, cargada de sentimentalismo y añoranzas,   Paco le explicaba su situación y le pedía que se olvidara de él, que continuara su vida como si él nunca hubiera existido. Su vida ya no tenía ningún futuro y pensó que jamás volverían a verse.

    Varios días llevaba ya ingresado en la cárcel de Málaga cuando, por fin pudo ver a su hermana María, que había ido a visitarle. María ya sabía que estaba condenado a muerte, ya que habían seguido todos sus pasos desde que le detuvo la guardia civil. Le llevó ropas, comida y le puso al día de cómo se encontraba el resto de la familia, de cómo estaba la situación en su pueblo, y de lo que estaban haciendo para intentar sacarle de ese horrible lugar. El principal objetivo que la familia tenía era librarle de la pena de muerte a la que había sido condenado. Era menor de edad, y esa era la baza con la que intentaban que la sentencia se anulara, o al menos, se cambiara. Sería un primer paso.
    Paco no albergaba esperanzas sobre las gestiones que su familia estaba realizando para liberarle, y así se lo hizo saber.

    -“En cualquier momento me van a sacar de aquí y me van a fusilar” – le dijo.

    - “Ten fe, hermano, veras como pronto sales de aquí “ – le contestó María. – “Si no podemos sacarte, al menos vamos a conseguir que te anulen la pena de muerte. Después lucharemos para que te dejen libre” 

    Antes de despedirse de su hermana, Paco le entregó la nota que había escrito para que se la hiciera llegar a Natividad. Se despidió de ella como si fuera la última vez en la que se fueran a ver.

    Los días pasaban, y las buenas noticias no llegaban.

    Los regímenes de visitas eran muy estrechos. Estos se limitaban a una visita al mes, en el que era permitida la entrada a dos familiares, tras ser registrados y reconocidos como tales. La mayoría de las visitas de familiares llevaban paquetes con comida o ropa que, difícilmente llegaban a los presos.
    Los represaliados vivían inmersos en un régimen de terror en el interior de las prisiones. Junto con el hambre, los malos tratos, la tortura y la omnipresente amenaza de asesinato y la pena de muerte, no había nada mejor para aniquilar el espíritu de los recluidos que la disciplina y las constantes formaciones en los patios, para dar las voces de rigor, levantar el brazo, cantar el Cara al Sol, pasar listas y comunicar la identidad de los próximos en ser ejecutados.

    De vez en cuando, un oficial aparecía en la puerta de la brigada y, con una pistola en una mano, y un papel en la otra, daba lectura a los nombres de los que iban a morir. Normalmente, los pasaban a otra celda donde permanecían hasta la noche, cuando los sacaban al patio central para fusilarlos allí mismo, o trasladarlos al cementerio de San Rafael, donde llevaban a efecto la sentencia. Así día tras día. Noche tras noche.
    El oficial leía muy despacio los nombres de cada uno de los integrantes de esa lista. Salían uno a uno, y a cada nombre que leía el oficial, se escuchaba un ¡Salud camarada! ¡Viva la República!
    Todos sabían que no se volverían a ver más. Pero todos salían erguidos, orgullosos de morir por la causa que creían justa.

    En la brigada octava, junto a Paco, se encontraban tres hermanos de Yunquera, pueblo cercano al suyo. José, Andrés y Francisco Martín Martos. Su delito: haber sido carabineros durante la República.
    El día 28 de ese mes, en la lista solo aparecieron dos de ellos. Los dos mayores, José y Andrés. Era doloroso ver a esos tres hombres, abrazados, llorando. El menor pedía al oficial ir junto a sus hermanos a la muerte.
    A empujones, fueron sacados los dos mayores. El menor recibió un fuerte golpe con la culata de un fusil, quedando inconsciente en el suelo.




    Las noches eran largas, solamente se oía el tintinear de las ametralladores que acababan con las vidas de los que habían sido seleccionados ese día.

    Entre las personas que se encargaban de leer las listas se encontraba un tal don Antonio. Este hombre, de baja estatura y regordete, tenía una forma muy peculiar de leer. Lo hacía tan despacio, silabeando una a una, que todas aquellas personas cuyos nombres o apellidos empezaran igual que el elegido, creían que eran ellos los que iban a morir. Era una persona sádica, disfrutaba leyendo las listas. Además, las sacas no las hacía de una sola vez.

    Cuando había leído un cierto número de nombres, decía:

    - Bueno, por hoy, nada más.

    Media hora más tarde, volvía a leer varios nombres más.

    La familia de Paco no reparaba en gastos tratando de buscar una solución para él. Querían verlo libre, a su lado, en el seno familiar. 
    Pero todos los intentos resultaban fallidos.

    A través de una prima suya, hija de sus tíos que vivían en la Colonia de Santa Inés, y que trabajaba como asistenta en el consulado de Suecia en Málaga, consiguió que el propio cónsul se interesara por su causa.
    El hecho de que Paco aún fuera menor de edad fue fundamental para su defensa. No se pudo conseguir su libertad, pero sí, después de varios recursos de alzada, un indulto de la pena de muerte, por el de 20 años de reclusión temporal.

    En las cárceles españolas existían básicamente dos tipos de actividades laborales que realizaban los presos. Una de ellas era realizada por los llamados destinos. Estos presos se encargaban de trabajos relacionados con el funcionamiento de la cárcel y las tareas que realizaban abarcaban desde trabajos en la cocina hasta albañiles, barrenderos o recaderos. No eran presos políticos sino presos comunes los que ejercían estas tareas. El régimen no se fiaba de los presos políticos.

    El día 14 de agosto, uno de estos presos destino apareció en la brigada octava.

    - ¿Francisco Santos Rodríguez?- preguntó.

    - Si, soy yo- le respondió.

    - Enhorabuena muchacho. El Caudillo ha conmutado tu pena de muerte por ser menor de edad. Ahora solo tienes veinte años de cárcel. 

    Paco no se lo podía creer. Le habían perdonado la vida. Pero inmediatamente una duda pasó por su mente ¿cómo aguantaría veinte años en esas circunstancias? Todos sus compañeros de celda le felicitaban y le daban ánimos.

    - Toma – le dijo indicándole un lugar en aquél escrito- firma aquí tu conmutación de pena.



    Fue la firma que más a gusto realizaría en toda su vida.

    Su cuerpo era como una gran noria, capaz de detener. Sentía que era incapaz de coger el papel entre sus manos.




    Junto a la conmutación de la pena vino un cambio de brigada.   Aquella misma mañana, fue trasladado a otra brigada. Esta ya no estaba destinada a los que habían sido condenados a muerte.

    Ese día el patio central de la Prisión Provincial de Málaga era una verdadera colmena. Más de cinco mil hombres esperaban que la pesadilla que se avecinaba, pasara lo antes posible.
    El calor reinante, junto con el hacinamiento, hacían que todos aquellos hombres sudaran de forma copiosa.




    El poder salir al patio fue para Paco una nueva y sorpresiva realidad. Se sentía como niño con zapatos nuevos. Eso era otra cosa, allí podía ver a personas conocidas, muchos paisanos suyos, hablar con ellos, saber de la familia. Ante sus ojos aparecía una nueva vida que le albergaba nuevas esperanzas.


    Pero esas esperanzas pronto se desvanecieron. El toque de la corneta hizo enmudecer todas las gargantas.
    Las caras fueron cambiando, reflejando el miedo que sentían ante lo que anunciaba aquel toque.

    - ¿Cómo era posible que, un simple toque de corneta, acallara tantas gargantas?

    Aquella masa humana en unos segundos, del griterío había pasado al más completo de los silencios.
    Todos empezaron a formar en filas, callados. Paco realizaba los mismos movimientos que sus compañeros sin saber ciertamente qué pasaba. En pocos minutos, todos aquellos hombres quedaron perfectamente formados.
    Ante ellos, con una pistola en una mano, y una porra en la otra, se presentó un hombre: " El Estampillado". Alto, muy espigado, con  aire marcial y perfectamente uniformado. Tanto su cinto, de cuero color negro, como las botas altas, igualmente negras, brillaban junto a la luminosidad del día. A este le seguían dos mujeres, completamente vestidas de negro. Una, de edad avanzada. La otra, de unos veinte y cinco años, alta, esbelta. Escondía su rostro tras un velo negro." El Estampillado" era el siervo de esa mujer joven. Y ella era la mismísima muerte:" La Niña Estrada".  El silencio era sepulcral en el patio de la cárcel malagueña.



    A esta mujer natural de la cercana localidad de Álora, al parecer le habían matado a su padre y marido, y su forma de vengarse era llegar a la prisión, elegir a varios hombres, decir que habían participado en dichas muertes, y condenarlos a morir ese mismo día.
    Pasaba, junto a su acompañante y al" Estampillado", entre las filas de hombres perfectamente formados. De cuando en cuando señalaba a algunos de los prisioneros, que eran inmediatamente apartados del resto.
    En menos de cinco minutos, esa mujer había sembrado el terror en el patio de la cárcel. Los “elegidos” por "La Niña Estrada" desaparecían inmediatamente camino del cuerpo de guardia. Ese mismo día eran fusilados.

    Esa era una de las formas en las que, en Málaga, en aquella época, se quitaban de en medio a los "rojos".

    Un día era "La Niña  Estrada", otro día, otra persona. Cualquiera era bueno y válido para eliminar aquella plaga de indeseables rojos. Aquellos rojos que, lo único que habían hecho era defender su libertad. Defenderse de las injusticias a las que se habían visto obligados.

    Esa era la única razón que movía a estas gentes a eliminarlos, el haber luchado contra ellos. Eso de que, tanto en el juego como en la guerra hay que saber ganar y perder, no iba con ellos. Ellos no habían sabido ganar.
   
    Mientras tanto, en la calle, la represión no paraba. En Alozaina, como en muchos otros pueblos, a las mujeres sospechosas de pertenecer a grupos de izquierdas, o por el simple hecho de ser familia directa de algún huido, le rapaban el pelo y le daban de beber aceite de ricino[8], y la paseaban por todo el pueblo[9].

    También, por su hermana María supo que a  una joven del pueblo,de unos 17 años, no solo la habían rapado el pelo y hacerle beber aceite de ricino, sino que la violaron en el mismo cuartel de la guardia civil, por gente del pueblo. Después la pasearon por todo el pueblo con un cartel colgado del cuello que decía: “Por Roja”

    Paco permanecería en esta prisión hasta finalizada la guerra civil española.

    Sus padres, de vez en cuando, le mandaban ropas y comida. Pero la escasez de ambos provocaba que la mayoría de ellos no llegaran a su poder. Eran los propios funcionarios de la cárcel los que, aprovechando que debían revisar todo lo que entraba, requisaban la mitad o más de ellos y se los llevaban. La mitad de los alimentos que llegaban se encontraban en mal estado, debido al tiempo que los retenían, y el resto aprovechable, Paco los compartía con sus compañeros. En ese aspecto era bastante solidario. Pensaba que, aunque poco, algo podía ofrecer a los demás para que no murieran de hambre, ya que la comida que se daba a diario a los reclusos era poca y de baja calidad, sin apenas vitaminas que pudieran efectuar sobre el organismo una acción protectora contra las enfermedades de la época.

    En el año 1939, la población reclusa de la prisión provincial de Málaga ascendía a 8.523 personas. Aunque a diario se fusilaban o ejecutaban (los menos) con el garrote vil a muchos de aquellos presos, también las detenciones en el exterior de aquellos muros era numerosa, por lo que el flujo de presos no cesaba.

    El día 2 de abril de 1939, por la mañana y tras el toque de corneta, apareció el director en el patio de la cárcel. Esta presencia suponía una novedad, ya que él nunca aparecía en el mismo. Esto hizo presagiar que algo importante sucedía.


    - Hoy os traigo una buena noticia - comentó - os voy a leer el último parte de guerra.

    Y comenzó a leer, parsimoniosamente, el último parte de la guerra civil española:

    “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares.
La guerra ha terminado. El Generalísimo Franco.
Burgos, 1º de abril de 1939.”

    Terminó su lectura  con un ¡Viva Franco! ¡Arriba España!.

    El murmullo que antes de la lectura existía en todas las galerías se acalló por completo. Sus palabras retumbaban como si las pronunciara en un cementerio, solo se rompió por uno de los presos que, desde una de las galerías, se había lanzado al vacío, cayendo junto al lugar donde se encontraba el director. Mientras caía lanzaba un grito de ¡Viva  la República!
    Esa fue la única contestación que obtuvo a la proclama de  finalización de la guerra.



    Paco sintió que todas las esperanzas puestas en una victoria de las tropas republicanas habían desaparecido. Ya nadie les sacarían de allí. Por un momento pensó que lo mejor sería correr la misma suerte que aquel compañero que había puesto fin a su vida. Esa sería la única forma de poner fin a tanto sufrimiento. La única forma de poner fin a aquella pesadilla.

    Pero solo fue un pensamiento. En seguida, volvió a la realidad y se propuso seguir luchando contra aquella tiranía implantada contra su voluntad y la de una gran mayoría de españoles, además, impuesta de forma ilegal. Tenía alma de luchador y, por mucho que los otros se lo propusieran, y le dieran motivos suficientes para hacerlo, él seguiría luchando por vivir y poner su granito de arena para que lo que se estaba empezando a producir en España, desapareciera.
  
    Días después, empezaron a llegar soldados republicanos a la prisión. Todos aquellos hombres se convertían en prisioneros de guerra. No se podía pasar por ningún lado. Las brigadas, las celdas, los corredores, las galerías. Todo lleno de prisioneros. Las cárceles, cuarteles, conventos, campos de concentración. Toda España era una gran prisión donde se hacinaban “los enemigos de la patria”, como a ellos les gustaban llamarles. Aquello era impresionante. Ya no sabían dónde iban a meter a la otra media España que había perdido la guerra. Los ganadores debían de tomar una decisión para solucionar aquel problema.
    Y la tomaron: matarlos.
    Las ejecuciones que, hasta entonces se habían producido, serían “pecata minuta” con lo que a partir de entonces iba a ocurrir.

    En el cementerio malagueño de San Rafael, cercano a la prisión, instalaron dos ametralladoras que no cesaban de escupir fuego por sus bocas, ni de día ni de noche. Había que erradicar aquel problema lo antes posible. Era como el carnicero que trabaja por cuenta propia.

    Se cree que unos 4000 cadáveres fueron enterrados en fosas comunes en el malagueño cementerio de San Rafael.[10]

    Los que llevaban más tiempo en la prisión, entre ellos Paco, fueron trasladados a una nueva brigada, la segunda.
    Una nueva experiencia les habían tocado vivir a todos aquellos hombres.

    El día 19 de abril de 1939, la cárcel de Málaga vivió una jornada inusual y distinta a las demás. El motivo: la visita de Franco a Málaga. Las autoridades, aunque Franco nunca visitaría la cárcel de Málaga, habían intensificado la vigilancia, tanto dentro de la prisión, como en sus alrededores, impidiendo además que los familiares que, a diario se agolpaban a las puertas del centro, pudieran ese día acercarse.


   
    De vez en cuando, Paco recibía la visita de sus familiares, mayormente la de su hermana María ya que, sus dos hermanos más mayores, Rodrigo y Antonio, estaban luchando en el frente.
    En una de aquellas visitas de su hermana, que antes no se lo había querido decir, le comunicó la noticia, hasta ahora, más trágica de su vida: sus hermanos mayores habían muerto en sendos campos de batalla. Rodrigo, que había sido movilizado por el bando rebelde, había caído en la batalla del Ebro, en el mes de octubre de 1938; Antonio, en la defensa de Marbella había muerto entre los meses de enero y febrero de 1937.
    El pecho le oprimía. La rabia contenida y el desconsuelo afloraron en un llanto que no podía contener.
    De una tacada, Paco había perdido a dos de sus hermanos. ¡Cuán cruel era la vida! Pensaba en su madre, ¿cómo debía estar sufriendo?. Dos hijos muertos, uno encarcelado…

    El 14 de mayo de 1939, el gobierno franquista implantó en España, para paliar la falta de alimentos que se sufría al no haber cosechas propias de las principales materias primas, y sobretodo por el aislamiento internacional que estaba sufriendo, un sistema de racionamiento de alimentos.
 

Se instauró  la famosa “cartilla de racionamiento”[11]

    El día 27 de septiembre de ese año, lunes por la mañana, un oficial de la prisión llegó a la brigada donde Paco se encontraba destinado. Fue leyendo los nombres de unas sesenta personas. Les indicó que prepararan sus pertenencias que iban a ser trasladados a otra prisión. Ni una palabra más. Tampoco se podía preguntar.
    En el patio de la prisión les esperaban guardias civiles. Una vez realizada la formación habitual, los fueron esposando de dos en dos y, entre dos filas de guardias, salieron de la prisión con destino a la estación malagueña, recorrido que hicieron a pie. Un destino incierto les esperaba.
    En aquella remesa de presos no iba nadie más de su pueblo, sí algunos conocidos de pueblos cercanos y otros con los que más había hablado.

    Paco había permanecido más de dos años en la cárcel de Málaga. Más de dos años de sufrimientos y sin esperanzas de salir en libertad. Todos los recursos que contra la sentencia se habían puesto en su nombre, habían sido denegados.
    Pero el destino aún le tenía reservadas nuevas experiencias. Era verdad que se había librado de morir fusilado como miles de hombres y mujeres, muchos de ellos compañeros, amigos… pero todavía debería sufrir aún más si cabe.

     La puerta de la prisión era un enjambre de personas, todas esperando ver a sus seres queridos. Padres, madres, hermanos, novias. Todos querían acercarse a ellos y poder abrazarlos, besarlos. Pero la barrera que los guardias civiles habían puesto era imposible traspasarla. Desde la cárcel, situada en la carretera de Cártama, hasta la estación, en la calle Cuarteles fueron seguidos por miles de personas. Les preguntaban por su suerte:

     - ¿Dónde les llevaban? Nadie sabía nada. La única contestación que se escuchó, por parte de un cabo de los guardias fue:

     - Al infierno, que es donde deberían haber estado siempre.

    Hacinados en el tren como animales, sin haber podido despedirse de sus seres queridos, sin saber cuál era su destino, emprendieron el viaje hacia lo desconocido.

    En el tren, como en la calle, los guardias civiles respetaban  a rajatabla el conducto reglamentario militar. Si alguien deseaba acercarse al baño, para hacer sus necesidades, se lo comunicaba al guardia que tenía junto a él, este a su vez se lo indicaba al cabo, el cabo al sargento, y así sucesivamente, hasta llegar al capitán, que era el único que podía autorizarlo. De esa forma, muchos de ellos, cuando llegaba la autorización, ya se lo habían hecho encima. Si tenías la suerte de aguantar, te dirigías a los servicios, esposado al compañero y, lógicamente, con la vigilancia de un guardia civil.

    Tres días duró aquél maldito viaje. Tres días donde no les dieron nada de comer, sentados en aquellos viejos asientos de madera, sin poder moverse. Tres días sin poder apearse.
     Paco escuchó, en aquel tren, y por primera vez, una frase que los miembros de la guardia civil habían popularizado: "Vista larga. Pasos cortos. Y mala leche".




    Por fin, después de tres días y dos largas noches, sin poder bajarse, sin más comida que la que les habían podido dar sus familiares a la salida de Málaga, extenuados y cansados, se puso fin a aquel viaje. Era el día 30 de ese mes, en el que por fin pudieron salir de aquella cámara de tortura en la que se había convertido aquel medio de transporte.
    Allí, les esperaban otro gran contingente de guardias civiles armados hasta los dientes.

    Con todas las medidas de seguridad del mundo, al igual que cuando salieron de la prisión de Málaga, se encaminaron, andando, hacia su nuevo destino.







                                                             


[1] El Convento de La Trinidad, también conocido como Convento de San Onofre de Padres Trinitarios Calzados, es un antiguo convento trinitario situado de la ciudad de Málaga, (España). Se trata de una edificación del siglo XVI alrededor del cual se originó el barrio de La Trinidad, a extramuros de la ciudad medieval. Combina elementos arquitectónicos renacentistas y mudéjares. Destaca su claustro con arcos de medio punto y columnas de mármol. Además de convento, ha servido como cuartel de la Guardia Civil.

[2] Agrón es un municipio situado en la parte centro-este de la comarca de Alhama (provincia de Granada), a unos 31 km de la capital granadina, en el sureste de España. Limita con los municipios de Ventas de Huelma, Escúzar, Alhendín, Jayena, Arenas del Rey y Cacín. Aunque la agricultura y ganadería suponen, con diferencia, la mayor parte de su actividad económica el pueblo fue cuna del fundador de "Plásticos Andalucía de Granada", empresa de éxito en la provincia. Tras la Guerra Civil Española, se produjeron trágicos sucesos en esta población, al unirse a la guerrilla republicana al menos una veintena de jóvenes del pueblo. Meses después, todos fueron abatidos tras ser acosados durante varios días, y derribarse el cortijo donde se ocultaban .Fuente: ABC pueblos

[3] Wikipedia
[4] 27 de Agosto, 1936. Primer bombardeo aéreo en Madrid.

[5] Wikipedia: Masacre de la Carretera Málaga-Almería.
[6] Simón Campos “el Menuito” falleció en la ciudad de Córdoba (Argentina) en el año 2005.
[7] Leopoldo Vega Ochoa, teniente de la Guardia Civil en Málaga, había participado en el mes de julio en una reunión celebrada en el cuarto de banderas del campamento Benitez, para preparar el golpe militar, junto al Capitán Huelin, el Capitán Hernando (enlace con Sevilla), el Teniente Coronel Bello Larrube, los Tenientes Segalerva, Ramos Díaz de Vila, González Adame, el Capitán de Asalto Navarro y los Tenientes del mismo Cuerpo Triviño y Espejo. Como elemento civil asistió Amador García Moyano, soldado de cuota, presidente de las Juventudes de Acción Popular, que actuaba como enlace de Huelin y de contacto con las fuerzas políticas implicadas.

[8] Desde los tiempos faraónicos se utiliza la planta de ricino con fines medicinales. La aplicación más conocida es como purgante. En dosis elevadas se pueden producir náuseas, vómitos, cólicos y diarrea aguda.

[9] Cuando las mujeres eran detenidas se les pelaba a algunas les golpeaban pero rapadas y paseadas para burla de los vecinos de los pueblos y como distintivo para diferenciarlas del resto de la población, en la mayoría de los casos era un castigo en sí mismo y no tenía que estar asociado al cumplimiento de pena. Más bien significaba una amenaza desde el poder que ponía en posición de humillación a quien tenía que temer.
Fuente: Encarnación Barranquero Texeira “Malagueñas en la posguerra franquista”

[10] Más de 4.300 victimas del franquismo fueron enterradas durante 20 años en el cementerio de San Rafael, donde las excavaciones han recuperado restos de 2.840 cuerpos. Fuente Diario Málaga Hoy 4 marzo 2010.
[11] En los años 40, debido a la guerra, la política económica de Franco y el aislamiento internacional, en España escaseaban los alimentos. El gobierno decidió controlar la distribución de las mercancías, asignando a cada persona cierta cantidad de los productos básicos más escasos: azúcar, arroz, aceite, pan, judías… , que había que recoger con la Cartilla de Racionamiento. Estas cartillas se establecieron el 14 de mayo de 1939 y se suprimieron en 1952..