sábado, 2 de septiembre de 2017





PREGÓN DE FERIA DE GUARO 2017
ISABEL RUEDA VIDALES
“Beli de Juan Rueda”




¡Buenas noches!
Con el permiso de las autoridades, señor alcalde, quiero agradecer a todos/as los trabajadores/as del Ayuntamiento por su labor y a la Comisión de Festejos por delegarme el honor de dar el pregón de las Fiestas Patronales de Guaro 2017 y  a todos ustedes, amigos y familiares,vuestra presencia aquí esta noche.
Mis abuelos fueron:
Por parte paterna:  Ana Najarro Ocón y Juan Rueda Santaella
Por parte materna: Isabel Moreno Lara y Juan Vidales Mancilla
Es muy importante para mí el aclarar este punto.

Pues, aquí estamos.
Los que tenemos que estar, aunque no los podamos ver, estamos todos.

Yo me crie aquí al lado, en la casa donde Andrés “el Ditero” y su esposa, Encarna, tenían la tienda. Después viví en la casa de mi abuela Najarro, en la fuente de San Isidro, desde donde el coro rociero de su hermandad lo acompañaba todos los años en romería.
Actualmente, vivo en calle Granada, aunque paso largas temporadas en Fuerteventura, aquella bendita tierra.
Todos me conocen desde la niñez trabajando. Ahora toca estudiar y por más cultura que se quiera destruir, hay un patrimonio ético que sobrevivirá transmitiéndose de padres a hijos a fin de hacerle cosquillas al Universo para que sacuda la soberbia y no desear vivir en palacios, sino en pronombres.

Me contaba mi madre que, en el asedio a la población de Guaro, mientras que todos los viejos, mujeres y niños corrían hacia la Sierra para salvar la vida, ella, recién nacida, estaba en su cuna solita. Y su madre y su abuela, la una por la otra, pensando que habían cogido a la niña y la niña sola bajo el asedio. Mi mamá Isabel corrió cruzando todo aquel odio que explotaba por todas partes y rescató a la niña:aquel día, nacimos todos los guareños.
Después de aquello, unos se quedaron porque no tenían más remedio y otros se fueron porque no querían matar.
Este pueblo tuvo el valor y el acierto de cerrar casi todas sus heridas arrimando el hombro para prosperar. Unos, desde Suiza, Francia, Alemania…Otros, abriendo escuelas y sembrando conocimientos. Otros, guardando las armas y dándole paso a los nuevos tiempos. Los más jóvenes, enseñando hostelería en la Costa del Sol.
Poquito a poco, nos hemos recuperado y ahora vivimos todos juntos sin rencor, como dice la letra de la rumbita del coro de La Biznaga de Guaro.
Y, tomando como ejemplo a las tres culturas, que se homenajea todos los años en septiembre durante el Festival de La Luna Mora de Guaro, todo aquel que la viene a honrar a esta tierra, a este cachito de Málaga, es recibido con el corazón. Ese cachito que aportaba a las familias un respiro, un sustento, que, añadiéndole el trabajo, los meses de verano, en la Costa del Sol, permite abrirse paso a los años venideros.
Ese cachito que, todavía, no hemos destrozado del todo, es al que tenemos que mimar. Ese es el que volverá a sacarnos de los desvaríos de unos y otros. Eso sí: el que no tenga escritura que se la haga.

Este año, el homenaje es para esta bendita tierra. Tengo un corazón tan agradecido que no cabe quejarme, todo lo contrario: aquí están mis mayores y se crían mis nuevos genes.
Amar y proteger esta tierra es un derecho de todos. Aquí está la Savia que nutre a las nuevas generaciones y la raíz de los verdaderos héroes de esta época, los que están aguantando el chaparrón de mentiras y el espoleo de derechos.
Protegerla creando una barrera natural; explotando nuestros conocimientos; siendo maestros de nuestro oficio y virtuosos en nuestro arte; defendiéndonos, con nuestras tradiciones, del desprecio ajeno de quienes intentan, una y otra vez, desvalorizar la idiosincrasia de esta tierra, eso sí, sin estereotipos (cada uno cuenta).
Si vendéis, que sea a la familia, al vecino; este cachito hay que conservarlo para estos ojos azules, marrones… que van llegando y que tienen todo el derecho del mundo:
 al olor de su sierra, a saber cómo se hace un gazpachuelo, a oír las hojas secas del almendro a su paso, a saber cómo se canta y se baila una malagueña y al porqué hay dieciséis enterrados juntos.
Cómo le explicamos a las nuevas generaciones que había peces en el río, que la lluvia, cuando mojaba la tierra, desprendía olor a milagro, a vida, y a que el Sol bautizaba a todos los hijos del Universo sin distinción de raza, credo…
Y que nada en este mundo existiría sin la unidad fundamental de la vida: el amor de una madre.
Aunque Europa tiene planes propios para España y, concretamente, El Sur, tenemos el deber de apoyar a las nuevas generaciones para que no las arrinconen en un par de bloques de pisos en nombre del progreso.
Este Paraíso ya tiene su Adán y su Eva por derecho de nacimiento; los que se cuelan tocan llamarse Caín y Abel.

LA FERIA

            Una y otra vez hacía sonar en mi muñeca las pulseritas de colores mientras mi madre intentaba hacerme un nudo en la camisa de diminutas flores y volantes, que atada muy por encima del pantaloncito negro, dejaba la barriguita al aire. Por fin, consiguieron hacerme la foto. Pero, todavía, quedaba una dificilísima e importantísima tarea antes de salir hacia la feria: ¡a ver quién conseguía que me bebiera el vaso de leche!

            Yo trepaba por la reja de la gran ventana abierta que daba a la calle principal. Mi madre, después de haber agotado todas las amenazas posibles, gritó: ¡Si no te bebes la leche llamo a Pilili! Casualmente Pilili se asomó por la ventana. Yo me bebí la leche de un tirón, la vomité y me eché a llorar. Me daba tanto miedo ese hombre...

            Pilili padecía una rara enfermedad. Andaba con las manos y en cuclillas. Estaba tan delgado que solo se veían huesos plegados. El rostro era muy oscuro y serio. En la iglesia de Guaro, San Miguel Arcángel, tiene una imagen del demonio bajo sus pies que es idéntico a Pilili. Todos los niños le teníamos miedo. Pedía limosna con un platito marrón, como los que tienen los bares para cobrar. La gente era muy generosa con las limosnas. En todas las ferias, se sentaba junto a mi fachada. Cuando fui creciendo, le cogí un cariño especial, pero a la vez...

            Justo, frente al otro lado de la calle, Juana de León y sus hijos, que lo estaban viendo todo desde su caseta de turrón, me llamaban y me enseñaban las pirulinas de azúcar y colores. Yo salí disparada de mi casa y me cobijé con ellos. Entre turrones y peladillas crecimos juntos, una feria tras otra. El llanto se me pasaba con sus arrumacos y empezaba a ser consciente de las luces y banderitas que vestían mi calle. Era un fluir de gente muy guapa, iban y venían de la plaza. La alegría lo inundaba todo. Los niños con sus impecables trajes de flamenco, compraban piñones, trocitos de coco, garrapiñadas... Aquella caseta de turrón olía de una forma muy especial.

            El marido de Juana tostaba los “manises” y el puesto de perritos calientes de al lado tenía una parrilla donde el dueño, con mucha sabiduría, de vez en cuando le echaba un puñado de hierbas aromáticas y especias, que al contacto con el calor emanaban un olor especial envolviendo toda la calle. Nadie se resistía a comer algo allí. Aunque su mayor triunfo eran los bocadillos de jamón. Hay quien dice que nunca se vio a nadie capaz de sacarle tantas lonchas a una pata como él.

            Después de convencerme con un montón de promesas bonitas, mis padres me llevaban de la mano a la feria por la calle más bonita del mundo. Parecía una alfombra de vestidos de lunares, flores en el pelo y sombreros de ala ancha. Hicimos un alto en el kiosko de Margarita, donde tanto me gustaba jugar con Francis y Ana, sus dos hijos. Ella charlaba sonriente con mis padres, mientras yo intentaba coger un gorro de legionario de papel del puesto ambulante que estaba al lado. Mi madre, siempre pendiente, salvaba la situación. Entre saludos y besos de familiares y vecinos, nos dirigíamos a la plaza esquivando chiquillos que corrían hacia el otro lado donde los cochecitos, las sillitas locas y la noria los esperaban.

            El balanceo de los cartuchos de “manises”, que Mascanueces, muy sonriente, ofrecía en su canasto de mimbre, daba paso ante mí a una cúpula de miles de colores cimbreantes con las luces y la brisa. Salí corriendo hacia donde estaban los niños jugando alrededor del escenario. Saltábamos intentando coger una de las banderitas que lo decoraban. Entre los deditos de los pies, me cosquilleaban las serpentinas de colores, que mis sandalias doradas iban alborotando por la plaza engalanada para la feria. Al toque de la guitarra, todos los presentes guardaban silencio, menos los chiquillos, que alborotábamos bailando eufóricos de alegría. Mi padre reunió a la familia en una de las mesillas de la plaza, que mi tito Najarro tenía en la puerta del bar, y recuerdo que pedía un montón de cosas que yo no conocía: almendritas fritas, gambas a la plancha, zumo con burbujas... La Mirinda de naranja era la estrella. Apareció el camarero con esa chaquetilla tan blanca, el bolsillo izquierdo del pecho rebosante de pajitas de colores y una reluciente bandeja repleta de botellas naranjas y limón. Creo que ese día decidí la profesión que he tenido durante treinta y seis años.

            De vuelta al juego, hacíamos montoncitos con la serpentina. Mientras la gente aplaudía, yo miraba de vez en cuando hacia aquel escenario tan alto. Las luces se quedaron fijas, pero los farolillos y las banderitas seguían el juego de la brisa. Allí, en una silla verde de enea, una mujer de riguroso vestido negro con unas gafas oscuras, bebía el “quejío” que emanaba de una guitarra. El sonido de las notas me atrapó, captó toda mi atención. Dejé de jugar, algo me embriagaba. Miré hacia el escenario y, aunque no me cuadraba aquella figura tan lúgubre que me daba hasta miedo, fijé la vista en aquel espectáculo, mientras los demás chiquillos gritaban y corrían. Me llamaban y yo “embobá”.

            La cantaora se sentó al filo de la silla, le dijo algo al guitarrista, y al encenderse el foco para alumbrar a la pareja, aquellos artistas deslumbraron con el brillo de la guitarra y los colores de las flores pintadas en el respaldo de la silla de enea.
"En los campos de mi Andalucía..." empezó a cantar, y con la palma abierta a una de sus manos la paseó delante de su rostro hacia el cielo con un gesto elegante, dándole permiso a la voz para que tejiera cantando las leyendas de aquella fértil tierra.

            Allí estaba yo, frente al escenario, con una manita en la cintura y mi lazo de papel de seda en la cabeza. Solo miré hacia atrás una vez y vi cómo mis padres sonreían de satisfacción al ver que el cante flamenco entró aquella noche en mis venas. Con los años supe que aquella mujer era La Niña de la Puebla cantando "Los Campanilleros".


Seis añitos tenía yo, y cada vez que vuelvo a escucharlo me estremezco como aquella mágica vez. Nunca más volví a beber leche.

¡Viva Guaro!
¡Viva san Sebastián!
¡Viva la Feria de Guaro!