jueves, 25 de abril de 2019

Pregón Semana Santa de Guaro 2019, Antonio Merino Tovar


Pregón
Semana Santa
Guaro 2019



 Jesús y los niños, Carl Vogel



Dejen que los niños vengan a mí
Marcos 10, 14

Enlace de youtube para visionar el pregón https://youtu.be/GSb54uCcmyo

Rvdo. José Amalio, presidente y hermana mayor de la hermandad, Sr. alcalde, hermano mayor de la hermandad de San Isidro, hermanas y hermanos, Ayuntamiento, asociaciones, paisanos, visitantes, amigos y conocidos.
Mis primeras palabras tienen que ser de agradecimiento a la Hermandad, y muy especialmente a su hermana mayor, Ana Ruiz, por ofrecerme este honor de ser el pregonero de nuestra Semana Santa.
Como le dije el día que me lo comunicó, es para mí una responsabilidad y una gran satisfacción.
Gracias Ana. Espero no defraudar.


Otra Semana Santa más. Otro año con su Semana Santa. Otra Semana Santa nos llama dentro de unos días. Otra Semana Santa igual y al mismo tiempo diferente, como siempre, a otras Semanas Santas.
Viviremos la de este año en nuestras casas, en las calles y en la iglesia. Con la familia y los amigos, con los que viven fuera y vuelven esta semana. Con los recién nacidos y con el recuerdo de los que se han ido a la Semana Santa del Cielo.

Conocí la semana santa de Guaro siendo novio de Maruchi. De su mano y con sus palabras, me empapé de tradiciones, costumbres,  usos y ambiente.
Para cuando nos casamos, ya había conseguido que me enamorara de Guaro, de su gente y de su Semana Santa.
Mi cuñada Ana también puso y sigue poniendo, su granito de arena. Y mi suegra Josefa me refería, contaba y recordaba cientos de datos, lugares, anécdotas y costumbres, muchas de ellas casi olvidadas.
Nada más llegar hice grandes amistades. Es tan grande su cariño y amistad, y son tantos, que me es imposible nombrarlos.
Quiero representarlos a todos en nuestro amigo José Gómez Villalba, que nos ha dejado hace unos días. Mi amigo Pepe, que le habría encantado acompañarme hoy escuchando mi pregón; pero que estoy seguro que desde el Cielo, junto a mi esposa Maruchi con la que tan bien se llevaba, nos ven, nos oyen y cuidan de nosotros.
Gracias Guaro, porque entre todos habéis conseguido que me sienta un guareño más, que hoy pueda hablar de la Semana Santa de Guaro, como de mi Semana Santa y, como propia, sentirla y vivirla.
Viviremos la Semana Santa de este año y volveremos a revivir otras Semanas Santas pasadas: nuestras Semanas Santas juveniles e infantiles.
Dejen que los niños vengan a mí. Quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él.
Todos hemos entrado en la Semana Santa guareña, como niños, desde muy muy niños.
Niñas y niños cuyo sentimiento dominante era la Ilusión. Ilusión mezclada con colores, sabores, olores y sonidos.
Nuestra ilusión por la Semana Santa se nos despertaba con el olor a azahar, el colorido de las primeras flores, el olor a dulces caseros inundando las calles de Guaro, el repiqueteo del almirez “mahando” la canela, con su olor prometiendo arroz con leche.
Impacientes esperábamos la larga semana con las largas noches del setenario y la novena, palabras que pronto aprendíamos que significan siete y nueve.
La iglesia iluminada (comparando la iluminación actual, iluminada es un decir); las mujeres llenando los bancos delanteros; los hombres, menos, en los traseros; los niños jugando detrás y los más pequeños dando cabezadas, arrullados por las avemarías. Todos esperando la canción que separaba cada misterio, con su machacón estribillo que se nos iba quedando grabado:
Por tus dolores
Ten compasión.
Pide y alcanza
Nuestro perdón.

Música: Estribillo del Setenario
El Domingo de Ramos, vestidos de domingo y repeinados, con una rama de olivo en la mano, formábamos dos filas, los niños delante, las niñas detrás, vigilados por el maestro y la maestra muy serios, para que no los “dejásemos en mal lugar” con alguna de nuestras travesuras.
A partir de ese momento, los recuerdos se entremezclan, el potaje de garbanzos, los mayores construyendo el Monumento, las tortillas de bacalao, vestir a los santos (un gran misterio que los menores teníamos vedado),   recorrer las calles haciendo sonar la matraca para anunciar la misa (Dios está muerto, se nos decía, y no se puede tocar las campanas: ¡Ni se os ocurra formar jaleo!), el arroz con leche, una misa larguísima que finalizaba con el cura subiendo por la escalinata del Monumento, el olor a incienso, los varales del trono adornados con pañuelos,  media misa que duraba como misa y media y otra misa donde a las doce de la noche repicaban las campanas. Soñando con hacernos mayores. Las niñas para asistir solas sin sus madres, los niños con subir a la torre a “darle vueltas a las campanas”.
Y, entremedio, las procesiones, sin recordar del año anterior cuando era cada una; pero “metiéndonos” en todas, por las calles medio a oscuras del Guaro de la época.
Las mujeres en dos filas delante del trono, vestidas de oscuro, con velillo y una vela en la mano.
Rezando y cantando. Algunas veces canciones en latín de las que nos gustaba la música, aunque no entendíamos nada.
Los hombres detrás, hablando bajito de sus cosas, y los niños correteando junto a los músicos.

Dejamos de ser niños pequeños para ser niños grandes y entonces  ayudábamos con los haces de olivo para el Domingo de Ramos.
En la novena y el setenario intentábamos contar las avemarías con los dedos, sin conseguirlo perdiendo siempre la cuenta, esperando las canciones para memorizar las letras, diferentes para cada misterio, y  entonando, sin darnos cuenta, el estribillo:
Por tus dolores
Ten compasión.
Pide y alcanza
Nuestro perdón.

Música: Estribillo del Setenario

En el Monumento, movíamos bancas, arrimábamos tablas, buscábamos el martillo siempre perdido o nos mandaban por clavos, flores, alfileres...
Algunos misterios se desvelaban: la Virgen y el Nazareno cambiaban de aspecto y vestuario. Nos parecían otras imágenes distintas de un día para otro.
Los niños subíamos a la torre a aprender a voltear las campanas. Cuando al fin le dábamos vueltas a la campana gorda… éramos mayores. En la Semana Santa siguiente nos dejarían atar nuestro pañuelo en algún trono. Esa era la tradicional forma de reservar un sitio bajo los varales. Nuestro pañuelo nos aseguraba  el lugar donde “meter el hombro” y llevar a nuestras imágenes por las calles.
Y las niñas irían solas con sus amigas en la procesión, sin la vigilancia, o eso creíamos, de nuestros padres. Reuniéndose de casa en casa antes de ir a la iglesia y escoger sitio en la fila.
Y comprendíamos mejor  el Viernes Santo, ese día “raro” en el que no podíamos formar ruido, gritar ni correr. Los hombres se quedaban en las casas porque las tabernas, aún no eran bares, estaban cerradas, lo mismo que el cine.
En la radio solo se oía una música extraña y triste, no el flamenco o las coplas del resto del año. Una música que inundaba Guaro de melancolía y silencio en las conversaciones.
Música sacra la llamaban.

Música: ¡Oh Señor, envía tu Espíritu!


Poco a poco, Semana Santa tras Semana Santa, dejamos de ser niños y nos convertimos en mayores.
Ahora otros niños han tomado el relevo, y se harán mayores con la Semana Santa en sus genes, como se dice ahora, porque nosotros aún no sabíamos de genes, por eso la llevamos en la sangre.
Y por llevarla en la sangre, este año la viviremos igual, con algunas diferencias personales, como ha ocurrido siempre.
Sin extrañarnos que nos asalten recuerdos, vivencias y nostalgias infantiles.

Volveremos a visitar y a rezar ante el Monumento.
Nuestro Monumento, con sus calas blancas, su seña de identidad que lo hace tan diferente al resto de monumentos. Los lirios de agua que las guareñas y guareños cultivamos con mimo y amor, para adornar y hacer lucir cada año nuestro Monumento.
El Monumento con sus lirios de agua, fue mi primera y admirada impresión cuando conocí la Semana Santa de Guaro.

El Jueves Santo acompañaremos a la Virgen de los Dolores y al Nazareno. Los esfuerzos por las subidas y bajadas de calle Málaga, Una acera o Teja, nos recuerda la larga noche de Jesús llevado, arrastrado, empujado de un lugar a otro de Jerusalén. Su penoso e insufrible recorrido por la Vía Dolorosa.

Avanzada la noche, siguiendo la Cruz,  recordaremos la Procesión de los hermanos. Procesión a la que solo asistían hombres, mientras las mujeres rezaban ante el monumento.
El resto de la noche del Jueves Santo serían relevadas por los hombres, y algunos recordaremos los turnos de vela, la lista de grupos, generalmente centralizada en el ayuntamiento, donde los hombres nos apuntábamos para que, durante toda la noche, hubiese un grupo velando la muerte de Cristo.
Cada grupo acompañado por algunas niñas, de las que se habían hecho mayores, para que los guiasen en el rosario y las oraciones.

Acompañaremos al Sepulcro, nuestra procesión que no es una procesión, sino casi un entierro.

Y en la Procesión del silencio a nuestra Virgen de la Soledad. Con nuestras oraciones casi susurradas.

Música: Perdona a tu pueblo Señor




Nuestra Semana Santa ha cambiado durante estos años. A la Procesión de los hermanos asisten mujeres. En la del Silencio no es necesario atar pañuelos en los varales, los jóvenes se han organizado de otra forma. Los turnos de vela son espontáneos, las campanas, electrónicas y la matraca, un recuerdo.
(Si alguien aún tiene una matraca, debería pensar en conservarla como una joya de museo, puesto que quedan muy pocas incluso a nivel nacional, y menos del modelo usado en Guaro).

La mañana del Viernes Santo es algo nuevo y un gran cambio, el Domingo de Resurrección.
He tenido la suerte de vivir los cambios de nuevo como un niño; pero ahora a través de las niñas y niños de Guaro, especialmente de mis hijos.
Los veo buscar cartulinas y grapadoras para hacer capirotes y barras de cortina para los bastones.
Hablando con las vecinas, que buscaban patrones, telas, cintas y diseños de túnicas y escapularios.
De pie, refunfuñando, pero aguantando que le tomen medidas y les hagan pruebas.
Los veo con su madre, entre risas, besos y bromas, ayudando con un trozo enorme de tela a cortar el vuelo de la capa. O ajustando los agujeros para los ojos del capirote.
Igualmente, con su tita, cosiendo túnicas e intentando que las cintas del bastón permanezcan en su sitio.
Los veo enfrentándose a la decisión de elegir el color de la túnica para que las nuevas procesiones luzcan lo más vistosas posible.
Y desde el escalón de la puerta, los veíamos salir corriendo, gozosos, alegres, con el capirote, la túnica, el escapulario y la capa al viento, a desfilar en las procesiones desde el Jueves Santo.

La Semana Santa Guareña, a diferencia de otras localidades, se centra en tres días: jueves, viernes y domingo; pero también se diferencia por la intensidad con la que se viven esos tres días.



El Jueves Santo festejamos el Amor Fraterno: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.
Y en Guaro aún seguimos llamando al Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno.

Música: Marcha Soledad de San Pablo

Y ahí sale nuestra Virgen de los Dolores acompañando a su hijo el Nazareno. Paso a Paso, recorren las calles de nuestro pueblo. Silenciando con su Pena nuestras miradas, a sabiendas que nada puede hacer, sino aguantar como una madre el Dolor que le aprisionará cuando vea el destino inamovible de su hijo, clavado al frío y perverso madero. Esa muerte terrible, horrible y despiadada de Cristo en la cruz, desde la que nos perdona y nos pide perdonar.
Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.
Dijo San Juan Pablo II: El perdón es la única salida a la violencia. Es difícil perdonar y tal vez parece imposible, pero el perdón es la única vía para que la venganza y la violencia no llamen a otras venganzas y a otras violencias.
Y en ese andar, en ese silencio solemne por mis calles a oscuras iluminadas por las velas, escuchando las canciones que desde pequeño me han acompañado, veo, que como dice Juan Pablo II: es hermoso hacer el Vía Crucis: caminar con Jesús en el momento en que nos da “el abrazo de perdón y de paz”.

Y el viernes despierta, con una procesión mañanera.

Música: Reo de Muerte

Una procesión que es una lección de catecismo en la calle. La Virgen de los Dolores, con su sufrimiento doble: Por su Nazareno, simbolizando todo el sufrimiento de la pasión previa a su muerte. Por su Hijo en la cruz, muerto por y para nuestra salvación, que la deja en Soledad.
Pero al mismo tiempo, una mañana que nos parece menos trágica, menos amarga; anticipando que la muerte no es el final, sino el paso necesario e ineludible de Jesús para llegar a la Resurrección.
Y con la plaza llena, con los niños rompiendo filas para rodear las imágenes mientras las vuelven, son levantadas a pulso y se saludan, entre aplausos, toques de campanillas y los sonidos de la banda de música y cornetas y tambores. La Madre contempla el sufrimiento y la Muerte, y desde allí, desde las alturas, desde esos brazos temblorosos que los elevan, cada Viernes Santo, Cristo al morir, nos recomienda y encomienda a su Madre:
Mujer, ahí tienes a tu hijo. Un acto de ternura y amor de un hijo con su madre. Jesús no quiere que su Madre se quede sola.
Ahí tienes a tu madre. Jesús nos pide nuestro comportamiento con María, como un hijo con su madre.
Al igual que el discípulo amado, la recibimos en el corazón. Durante todo el año, nuestra Virgen es nuestra Madre, nos encomendamos a ella y procuramos quererla, amarla, y no dejarla sola.

La noche del viernes se vuelve oscura y apagada.
Cristo ha muerto y lo acompañamos en el sepulcro. Delante, detrás o asomados en las puertas o esquinas. Como si de un entierro real de un paisano  se tratase. Un entierro, que al pasar por las sinuosidades y cuestas de calle Barranco, Parras o Enmedio, sumerge a Guaro en una noche de luto.

Y más tarde, nuestra Virgen de la Soledad. Todo se ha acabado, ha visto padecer a su hijo Nazareno, lo ha acompañado en su muerte en la cruz y acaba de darle sepultura. No existe mayor soledad.
Por eso Guaro convierte la Avda. de Andalucía en una travesía de amor y compañía, y la Plaza  en un remanso de paz y sosiego para su Madre.


El Domingo de Resurrección amanece.
Las campanas vuelven a repicar.
Cristo ha vencido a la muerte.

Música: Una Mirada al Cielo

Guaro despierta con el tañido alegre de las campanas de la Iglesia.
¡Alegraos!
No busquéis a Jesús, el que murió en la Cruz, pues no lo hallaréis aquí.  Salid a la calle y gritarlo: ¡Jesús ha resucitado!
Y Guaro lo celebra y lo grita.
Cristo Resucitado, además de recorrer las calles guareñas de su pasión, se aleja para visitar otros barrios, otras calles. Pasa ante otras puertas y bajo otros balcones y ventanas.
En los niños he sentido el cansancio, el sudor, la sed y el hambre tras la larga procesión del Resucitado, esa gran aportación de los guareños a la Semana Santa; dejando las túnicas para otro año repetir, mientras continúan resonado en su interior las cornetas y tambores.


Durante la Última Cena Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía. El núcleo de nuestra Fe. El corazón y la cumbre de la vida de la Iglesia.
Por la fe creemos que la presencia de Jesús en la Hostia y el Vino no es solo simbólica, sino real; el misterio de la transubstanciación, ya que lo que cambia es la sustancia del pan y del vino; la forma, color o sabor permanecen iguales.
En el Sacramento de la Eucaristía enaltecemos los tres días grandes de la Semana Santa: la última cena, el jueves, el sacrificio en la cruz, el viernes y la resurrección, el domingo.

Música: La muerte no es el final

Esta es la Semana Santa que hemos recibido de nuestros mayores y les hemos   dejado a nuestros hijos, que a su vez se las pasarán a los suyos.
No solamente nos han transmitido y transmitiremos el gusto y el amor a nuestras procesiones y a sus Titulares, también lo más importante como cristianos: La fe, la esperanza y la caridad; con sus creencias, devociones y conocimientos.
Conocemos que Cristo nos recuerda cada año, que padece, muere y resucita por todos nosotros. Es por todos nosotros, por toda la Humanidad; sin importar nacionalidad, raza, sexo o edad.
Guaro lo pone en práctica cada día, al recibir sin poner trabas ni hacer preguntas a quienes nos visitan, sea por unas horas, unos días o se queden entre nosotros como paisanos más.
Para entrar en el Reino de los cielos solo es necesario desearlo, si acaso hacernos un poco niños, confiar en Él y rezarle al Padre para que nos dé la Fe necesaria para lograrlo.


La Semana Santa no es solo las procesiones, con su importancia para mantener, acrecentar y fortalecer nuestra Fe, sino también nuestro sentir interior.
Mis nietas son muy pequeñas aún; pero disfrutan saludando a los músicos, y dándoles la mano a los nazarenos, pero también se enfadan con los romanos, que le hacen pupa a Jesús, le rezan al Señor en el trono y meditan cuando preguntan: ¿Por qué la Virgen tiene la cara tan triste?
Crecerán y encontrarán respuestas, y se harán nuevas preguntas,  participarán en nuestra Semana Santa y colaborarán en ella. Correrán por las calles, aprenderán a llevar una vela recta para no manchar de cera, y se sentirán guareñas.
Porque nuestra Semana Santa perdurará, porque así lo queremos y para eso colaboramos y participamos todos.
Si algo se nos da bien, es colaborar. Las guareñas y guareños, si hay que arrimar el hombro, no lo pensamos, colaboramos.
Tenemos y aplicamos muchas y diversas formas de colaborar.
Desde organizarnos todos a lo grande para restaurar la iglesia, hasta una sola persona arreglando un desconchón.
Desde un grupo que limpia, barre, friega, pinta y retoca la iglesia para tenerla “hecha un ascua de oro”, como podemos apreciar hoy; hasta la colaboración en la Liturgia, preparando y conservando los ornamentos, organizando las lecturas, leyendo o cantando.
Desde abrir y cerrar la iglesia, hasta tocar las campanas.
Desde impartir catequesis, hasta vender lotería.
Desde vestirse de mantilla o llevar un trono, hasta plantar flores.
Adornando un trono o cambiando una bombilla.
Entronando las imágenes o quitando el polvo.
Ejerciendo de monaguillos o clavando alfileres.
Formando parte de una asociación o de forma personal.
O formando parte de la Hermandad, y trabajando, cada cual como mejor puede, en lograr cada año una mejor más brillante Semana Santa.
Lo importante no es el cómo ni el cuándo ni con quién.  Lo que nos hace grandes es nuestra colaboración desinteresada. Individual, en grupo o de las dos formas; más o menos organizados, formando parte de un grupo o de varios a la vez.
Los mayores iremos apartándonos, dejando las tareas pesadas a otros menos mayores que cargan con ellas que, a su vez, dejarán su sitio a la juventud, que dejó de ser niñas y niños. Y otras niñas y otros niños volverán a despertar su Ilusión cada primavera, ante una nueva Semana Santa.

No sabemos cómo serán las próximas semanas santas. Tampoco debe importarnos. Decía San Agustín: El pasado ya no es y el futuro no existe todavía.
Vivamos, sintamos, recemos, reflexionemos, colaboremos y disfrutemos en la de este año, porque las Semanas Santas del futuro, pertenecen a nuestros niños.
Que nuestra madre la Virgen, los bendiga y nos bendiga a todos.

¡Feliz Semana Santa!